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Ago 03 2017

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EL PROGRAMA DE LA FALDA: 60 AÑOS DE UN DOCUMENTO ORIENTADOR

 Por Luis Rodeiro

Alguna vez escribí que el Programa de la Falda de la CGT, recuperada en 1957, constituyó una suerte de Manifiesto Liminar del peronismo revolucionario. Hoy sigue teniendo vigencia y es un verdadero parteaguas hacia el interior del propio peronismo.


El golpe de 1955 terminó con el gobierno popular, que supo concretar nuevos derechos y bienestar para las mayorías en el país. La convergencia de la derecha liberal, que lo había combatido desde su consagración por el voto democrático, y la derecha nacionalista, oligárquica y clerical, junto al apoyo externo del imperialismo, establecieron una dictadura que se propuso restaurar el orden conservador. La mal llamada “libertadora” se planteó como objetivo, desde el vamos, acabar con el peronismo, ya sea por la integración o la represión. El odio y el revanchismo, que guarda increíble relación con la realidad actual, fue su característica central. Se interviene la CGT, columna vertebral del peronismo, se disuelve el Partido Peronista y la Confederación General Económica, la entidad empresaria que apoyaba el modelo justicialista; se inicia la persecución –incluida la inhabilitación para ocupar cargos públicos- de los funcionarios anteriores y se llenan las cárceles de militantes sindicales y políticos. El famoso decreto 4161, de triste memoria, prohibía utilizar los nombres de los líderes, de las organizaciones y los símbolos del peronismo. El movimiento obrero es identificado como el enemigo principal.

A través de un decreto se impone una nueva ley de Asociaciones Profesionales que ataca la base de su poderío, reemplazando la vigencia de un sindicato por rama y una central obrera única por un supuesto “pluralismo” que instaba a crear varias organizaciones, en las distintas instancias del movimiento obrero.

Con muchas semejanzas a la coyuntura actual se sostenía –caso del contraalmirante Rial- que “la revolución libertadora se hizo para que el hijo del barrendero, muera barrendero”. El programa económico planteaba privilegiar la producción agropecuaria, acudir al crédito externo, derogar el control en el mercado de cambio y de precios, congelar los salarios, disciplinar el movimiento obrero. El programa del liberalismo económico, de antes y ahora.
En tales circunstancias, la resistencia no era fácil. Había respuestas espontáneas a través de paros, que eran reprimidos, y la apelación a bombas caseras (los famosos “caños”, según la jerga popular) expresando la bronca popular. Se recurrió incluso a un levantamiento cívico-militar, encabezado por el General Valle que dejó fusilamientos formales y no formales, como el sucedido en el basural de León Suárez, con el ametrallamiento de un grupo de civiles. Con motivo de la convocatoria a la Convención Constituyente, Perón llamó al voto en blanco, como repudio, produciéndose en esas condiciones adversas lo que pasó a la historia como “la nevada”.

En ese contexto, hay quienes comienzan a plantearse seriamente que una estrategia realista de resistencia a la política antipopular, debía pasar por la recuperación de la CGT. Muchos dirigentes políticos habían sucumbido a los intentos de integración, surgiendo lo que se llamó “neoperonismo”, que trataba de “negociar” con el régimen, a espaldas del liderazgo de Perón. Con líderes sindicales encarcelados, con otros inhabilitados y con algunos burocratizados que buscaban “no hacer olas”, la tarea recayó sobre una nueva y joven dirigencia.

El protagonismo del Negro Atilio

Acá Córdoba juega un papel fundamental. Es la primera central obrera que logra recuperarse. Y el protagonismo central le pertenece al entrañable Negro Atilio López, que tras reconquistar su gremio, la Unión de Tranviarios Automotor (UTA), es designado Secretario General de la CGT, Regional Córdoba, normalizada a través de la lucha y la negociación. El movimiento obrero comenzaba a moverse. El planteo de López, inspirado en el pensamiento de Perón, es que es imposible dividir lo sindical y lo político y quienes lo predican sólo persiguen debilitar al movimiento obrero como factor de poder. Logrado el objetivo, esa CGT recuperada, convoca y concreta el primer paro contra el gobierno gorila, con gran acatamiento.

Es en ese proceso que comienza a madurar la necesidad de convocar a las regionales del Interior y formular un programa político, claro y contundente. Con la presidencia del Negro Atilio, la reunión se realiza en La Falda, en agosto de 1957, con la fuerte presencia de sindicatos de todo el país.


Allí se consagra el Programa de La Falda, el primer documento programático del movimiento obrero después del golpe gorila. En él se plantea la independencia económica, a través del control estatal del comercio exterior, la liquidación de los monopolios extranjeros de importación y exportación, la denuncia de todos los pactos lesivos de la independencia económica y la integración con los pueblos hermanos de Latinoamérica.
En el orden interno, se plantea una política de alto consumo interno, altos salarios, y mayor producción; desarrollo industrial planificado; política energética nacional; desarrollo de las economías regionales; control centralizado del crédito; programa agrario con expropiaciones de los latifundios y extensión del cooperativismo.

Y va más allá todavía: control obrero de la producción y la distribución de la riqueza nacional; participación en la dirección de empresas públicas y privadas; estabilidad absoluta de los trabajadores; creación de un organismo estatal que con el control obrero posibilite la vigencia real de las conquistas y legislaciones sociales.

Programa histórico para una alternativa nacional, popular y democrática. Muchos lo invocan, pero dentro incluso del propio movimiento, desde lo político y lo sindical, no están dispuesto a asumirlo, configurando nuevas formas de “neoperonismo”.


 

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