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Abr 18 2017

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CARNE, FRIGORÍFICOS Y MATARIFES (Otro sinceramiento tardío)



Por Rubén Emilio García

En virtud de que el gobierno tomó medidas de estrictos controles en el sector, aumentó la cantidad de matarifes; son intermediarios que llevan animales a faenar a los frigoríficos para sus propias carnicerías o distribuir a terceros.

De los 212 registrados oficialmente, se amplió a 600 operadores tras el blanqueo y, según estimaciones, el volumen de evasión alcanza hoy los 10 mil millones de pesos. Esta situación es de vieja data y lo explico en el libro “LA AFTOSA EN EL SENASA, Y EL VIRUS EN LA SECRETARÍA DE AGRICULTURA”:

“El mundo del frigorífico empieza tranqueras afuera y termina con la res en la carnicería. En el norte la jornada frecuentemente comienza muy a la madrugada para evitar los fuertes calores y las moscas. En el amanecer del invierno todo el frigorífico es una heladera, pero a medida que la faena se desarrolla, a​l calor del animal desollado hace subir en igual intensidad la temperatura, aun más en el estío.

En este ambiente se desarrolla concomitantemente el submundo del trabajo ilegal de los evasores. El más antiguo es la faena clandestina, actividad que viene de la época de la colonia cuando el contrabando del cuero permitía subsistir a los primeros habitantes porteños de la ciudad de Nuestra Señora del Buen Ayre. El modo operativo es totalmente marginal y en la volteada caen animales propios y los venidos del cuatrerismo. Al final, el vacuno termina en los intermediarios obligados, los mercaditos de barrios periféricos donde se junta con la res adquirida legalmente.

Son carnicerías donde la inspección municipal visita muy de vez en cuando y tampoco encontrará nada raro, porque la res sellada está enterita colgada al gancho como prueba de la legalidad comercial, al contrario de la otra totalmente trozada, el artilugio que borra la prueba del delito.

La faena en negro es otra clase de transfugada. Se popularizó aun más por el IVA tan elevado que tienta a la evasión. Si faenan cien se declara setenta o menos según la impune avaricia del trasgresor.

Generalmente se da con la complicidad de muchos o por falta de inspección en el establecimiento faenador.

A esta dos formas de violaciones al fisco se suma otra tan o más fuerte que las anteriores: es la sub-facturación del precio de animales adquiridos tranqueras adentro. Se factura a un precio menor del que se paga y así la hacienda se traslada al frigorífico y luego a las carnicerías. En toda la cadena se mantiene el valor inicial de comercialización, aun en las narices de los inspectores.

Constituyó, con los otros “modus operandi”, la gran pelea de los años noventa entre funcionarios de la SAGPyA y propietarios de frigoríficos sospechados de estar metidos en este tipo de fraude que, según los expertos de la AFIP, asciende a la friolera cifra

​d​e ochocientos millones de pesos evadidos anualmente. Lindo monto ​para comprar voluntades.

Todo este sub-mundo impune​,​ atenta contra la mayoría de los que trabajan legalmente, quienes protestan y denuncian, en cuanto lugar tengan posibilidad, la competencia desleal que genera, inclusive largan la sospecha de que los evasores gozan de la protección de la autoridad política del lugar, para mantener bajo el precio de la carne y favorecer al grueso de la población carenciada.

Como no soy indiferente a estos hechos, me sumo a quienes creen que los remates de animales con destino a faena, al estilo del mercado de Liniers, son las formas más genuinas de transparentar el comercio legal de la carne.


Dr. Rubén Emilio García

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