¿QUÉ HACE UN ESTADO CON SUS EXPULSADOS?



Por Paulo López

Migrantes paraguayos desalojados del barrio Papa Francisco, al borde de la Villa 20, al sur de Buenos Aires. Fueron en búsqueda de trabajo y una vivienda propia.

Barrio Papa Francisco

El mate circula en torno a la fogata para intentar aplacar el frío de la tarde que avanza en Villa Lugano. Tras sortear las barreras policiales que cerraban el paso, llegamos hasta el campamento de las personas que habían sido desalojadas el pasado sábado 23 de agosto del barrio Papa Francisco, al borde la villa 20, Soldati.

El asesinato de una joven durante un asalto fue la coartada para llevar a cabo el procedimiento en que, de acuerdo a los testimonios, fueron golpeados hasta niños y discapacitados. El terreno, que era un cementerio de chatarras, empezó a poblarse en febrero de este año como una extensión de la villa.

“Chéko aju ko’ápe amba’ápo haguã y porque amo Paraguáipe ndaikatúi niasoña con una casa propia”
, nos cuenta Daisy, una mujer de 32 años, de hablar bajo y pausado, casi subrepticio. Refiere que hace seis años dejó su casa familiar en el Bañado para probar mejor suerte en Buenos Aires, ya que trabajando en el vertedero apenas le daba lo mínimo para sobrevivir.

Rememora que, en horas de la madrugada, mientras dormían, la policía irrumpió a gritos y a patadas ordenando a los habitantes que salgan de sus casas porque se iba a realizar un allanamiento. Sin embargo, luego no les permitieron volver a recoger sus pertenencias y procedieron a tumbar y quemar las viviendas, además de robarles lo poco de dinero que tenían, señala.

“Yo perdí todo ahí. Hasta mis documentos”,
se lamenta mientras pasea los dedos sobre el manubrio del carro donde se mueve inquieto un niño de apenas unos meses. Cuenta que se llama Jonathan y que nació durante la ocupación. Mientras intenta apaciguar sus llantos, revela que tiene cuatro hijos, dos de los cuales quedaron a cuidado de la abuela en Paraguay. “Ñande mboriahu ha rovy’aiterei kuri la ore róga míre porque ápe ko erekorõ mitã ndereikatúi ni ealquila peteî koty. Ore ndaha’éi mondaha. Si tenía un trabajo seguro no iba a dejar mi país”, añade.

“El Consulado y la Embajada no sirven para nada”
, irrumpe Juan, quien se queja airadamente de la inacción de las autoridades diplomáticas paraguayas, que “no aparecen por ningún lado”. Agrega que como muchos vino en busca de la vivienda propia y que ahora está en la calle. “A los extranjeros nos tildan de lo peor.  La prensa habla mierda de nosotros y ni siquiera está acá”, refuerza.

“Argentina para los argentinos”

Reseñan que en la noche anterior al desalojo, empezó a circular un volante con leyendas que instaban a expulsar a los inmigrantes. Me tienden la hoja y la leo: “Que los extranjeros no ocupen lo que nos pertenece por derecho propio. Para que nuestro barrio vuelva a ser lo que era antes. Gobernado por y para argentinos”. El mensaje está firmado por el Movimiento Social Nueva Soldati.

Un pequeño grupo aún resiste frente al predio, que se encuentra cercado por la policía. Nadie puede pasar ni quitar fotografías. Los acampados se mantienen en su reclamo de una vivienda propia, rechazando la oferta del gobierno de la capital, que ofrece un pequeño subsidio y unos días en un albergue provisorio a cambio de abandonar el lugar. Según refirieron en una protesta que realizaron frente a la Jefatura del Gobierno porteño, hace unos nueve años muchas familias recibieron la promesa de la construcción de viviendas, pero ante la falta de respuestas ocuparon el predio adyacente a la villa.

De fondo, una nueva noche fría se cierne sobre el barrio. Las voces en guaraní no cesan de canturrear bajo el cielo invernal porteño. “Moóiko aháta, mba’éiko ajapóta?”, es el clamor de la gente apostada frente a los escombros de lo que fueron sus viviendas.

A pesar del desamparo de vivir a la intemperie tras perderlo todo, muchos no se plantean volver. “Heta che rasêvae’kue aju ramóme, pero ko’ãnga ndahamoavéima. Acá nuestros hijos tienen salud y educación, algo que en nuestro propio país no nos dan”, dice una mujer de canosa caballera y que prefiere no dar su nombre.

¿Y ahora qué van a hacer? “Y bueno. Vamos a ver si le pedimos una ayudita al Consulado para la colectividad paraguaya”, dice Richard.

Habrá que ver qué hace un Estado que expulsa con sus expulsados.

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