LA «VAGINA» Y EL PENE DE MILEI



Por José Luis  Lanao   ***

En las sociedades occidentales la izquierda nunca logró dominar el “establishment” cultural, y menos la moral, las creencias y los medios de comunicación. El liberalismo neo y la extrema derecha pervierten el relato anunciando que un nuevo fantasma recorre el planeta, el llamado “marxismo cultural”, enemigo de los valores de la sociedad occidental, liberal y cristiana.


Nos han domado. Cuesta reconocerlo. Le estamos echando migas a las palomas. Existimos a ratos, en un mundo donde el último gran avance de la especie ha sido especializarnos en posar. Esa hipervisibilidad tóxica que ofrece la vida conectada. Un montón de poses y mentiras que se van repitiendo una y otra vez hasta convertir toda realidad en sospechosa. Algo de la vida verdadera ha devenido en falso, al tiempo que la vida falsa se ha vuelto más y más verdadera. Hay algo de poesía triste en esta urgencia por habitar el desamparo. Es esta herida abierta, que no cicatriza. Supura.

Este mundo duele. Se ha parado en los umbrales de una realidad desfigurada. En un nihilismo radicalizado y obtuso. Un mundo que no deja de acumular escombros a nuestros pies. Mundos extraños que no se nombran, convertidos en caparazones huecos de vida. Una cicatriz más en esta nueva forma de vida articulada a través de dos ideas: control y deseo. Hay que salir en busca de otros placeres. Retirarse a descansar al interior de uno mismo. Valorar las cosas minúsculas que llevan su tiempo. Esa “primavera de los sentidos”, como diría Rimbaud, que ofrece la vida pequeña. Nos jugamos la vida en los deseos.

En la suntuosa escenografía del vacío, el algoritmo lo rige todo. Te controla, te desnuda, te delata. Un dato, solo uno: las cinco grandes tecnológicas mundiales han alcanzado este año un valor bursátil de 10 billones de dólares. En 2030, su  valoración será de 20 billones de dólares. El mismo PIB de EEUU, o el producto interior bruto de Alemania, Gran Bretaña, Japón, Francia, Canadá, Australia, Italia, España, Rusia, Noruega, Suecia, Dinamarca, Brasil y Países Bajos juntos. Solo cinco empresas. Hablar de cómo hemos llegado hasta aquí nos llevaría una vida entera. Para entonces, se deberá tomar de nuevo el Palacio de Invierno. Le estamos echando migas a las palomas.

Cuando te duelen cosas que antes no te dolían, vete a la cama. Uno se “resetea” todas las noches durante el sueño. El cerebro se apaga, pone en orden todos los cables y de ti depende encenderlo cada mañana para ver el sol por la ventana. Apagar o incluso desenchufar por completo la “vida” y volver a encenderla antes del desayuno es un capricho existencial que solo te permite la razón cartesiana. Elige un poema de Horacio y verás que el encendido matutino desprende una belleza eterna, infinita, una cadencia áurea, con sonido de manantial. “Resetearse” es una acción casi mística, que cada cual debería aplicar a su propia vida. Es de obligado cumplimiento antes de inventarse una vida virtual. Si con los años te has vuelto un tipo esquinado de extrema derecha con el pelo huracanado, si te “reseteas”, puede que vuelva a emerger del pasado aquel chico progresista deseoso de librar al mundo de las injusticias universales. Ante tanta obsolescencia ideológica programada la “nube” se ha llenado de “reseteos”. Lejos de ser un elemento poético, la “nube” es una metáfora del universo virtual: ese inmenso sobrante de irrealidad en el que vivimos.

En la “nube” se vende una vagina. Algo que invita a pensar y repensarnos. La propia modelo confesó no saber muy bien lo que estaba vendiendo. Se trata de un NFT (non fungible token).”token no fungible”, y consiste en una obra de arte digital única que se compra a través de la red. La actriz Cara Delevingne, un icono de estilo con más de 43 millones de seguidores en Instagram y nueve millones en Twitter, ha creado una obra de arte virtual en torno a su vagina. En el vídeo promocional se puede ver a la joven de 28 años desnuda, frente a una puesta de sol, y transmitiendo el siguiente mensaje al público: “Mi vagina es mía y de nadie más. Y con ella hago lo que quiero”, expresó. El agitador de la “alt-right” Jack Posobiec, uno de los portavoces de la extrema derecha estadounidense, consideró la obra de “porno basura” alineada con el llamado “marxismo cultural”, enemigo de los valores de la sociedad occidental, liberal y cristiana. Este “marxismo cultural” se enmarca en el rearme ideológico de la extrema derecha, que sostiene que la izquierda, incapaz de triunfar en el terreno político y económico, se atrinchera en el terreno cultural para conseguir sus objetivos. Una forma sugerente de viralizar ciertas ideas de la ultraderecha contra un enemigo inexistente.
Hoy ese “marxismo cultural” es demonizado en su vertiente ecológica, LGTBI+ o feminista. Hasta el cambio climático es percibido como una estrategia por imponer una “marxista dictadura verde”. Javier Milei ya lo dejó dicho: “En mi gobierno no va a haber marxismo cultural, y no voy a pedir perdón por tener pene”. Tal vez habría que pedir perdón por los cuatro o cinco milenios de falocracia. El diputado de extrema derecha pasará a la historia como el político que adaptó la demagogia clásica a los modales falocráticos de las redes sociales. Cuando Donald Trump habla de “la dictadura de lo políticamente correcto”, habla a grandes rasgos de lo mismo. Estos sofistas del neofascismo libertario, de sotana y crucifijo, proliferan como autoritarios falócratas conversos o renacidos, que se suman a los autoritarios falócratas de siempre.  Esta toxicidad de género se deriva del veneno informativo que algunos medios y las redes sociales vierten sobre la atmósfera. Cuando sientas que el aire se hace irrespirable, aspira profundamente, y entrega tus pulmones a ese minúsculo mundo tuyo que todavía sigue respirando.

En la semblanza de toda desilusión nos queda siempre la esperanza de amasar un mundo nuevo, un mundo mejor, un lugar donde edificar un espacio social de crecimiento íntimo y colectivo. La única forma de hacer algo útil por el futuro es tener el pasado siempre presente. Marx estableció que lo importante era transformar la base económica y que sobre ella reposaba la “superestructura” donde se encontraban las facetas culturales de la sociedad. Antonio Gramsci creyó necesario lograr la hegemonía cultural, es decir, dominar el panorama del pensamiento, el arte, la educación, los medios de comunicación, las creencias, la moral, donde incluía a la cultura. En las sociedades occidentales la izquierda nunca logró dominar el “establishment” cultural, y menos la moral, las creencias y los medios de comunicación. El liberalismo neo y la extrema derecha pervierten el relato. Quien domina el lenguaje domina la realidad.

Estamos condenados a la esclavitud de que alguien nos toque para sentirnos vivos. Después de todo somos un conglomerado de carbono, hidrógeno, oxígeno y nitrógeno. La lucha por la vida consiste en defender a ultranza esa parte de carbono orgánico que somos todavía. De esta aleación se ha servido nuestro cerebro para crear la idea de inmortalidad; y de esos cuatro bioelementos se compone el miedo, la culpa, la moral y la crueldad unida al instinto de supervivencia.

Cuando la muerte del invierno pase, que pasará, laterá el hermoso parto de la primavera. De noche la brisa traerá risas y canciones de los felices tiempos del pasado. Verás pasar la vida por encima del sombrero de paja, y esa línea azul en el horizonte no es un espejismo, porque en medio de la fiesta oirás el clamor de un llanto inagotable que traen las olas desde el fondo del mar hasta la orilla. Es esa inasible belleza del mundo que se despierta fulgurosa con el rocío tenue de la madrugada, antes, mucho antes, de que el sol del mediodía te acompañe de la mano al cotidiano ritual de echarles las migas de siempre a las palomas.


*** José Luis Lanao

Periodista. Colabora en Página/12, Revista Haroldo y El Litoral de Santa Fe. Ex periodista de “El Correo”, Grupo Vocento y Cadena Cope en España. Jugador de Vélez Sarsfield, clubes de España, y Campeón Mundial Juvenil Tokio 1979.

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