MILAGRO SALA: «EVITA NO HUBIERA DEJADO QUE PASE ESTO»

 

Por Juan I. Muñoz   ***

Desde la primera marcha peronista en una vieja estación de colectivos hasta el presente y el sentido de lo que aquella figura dejó en su vida: «Muchos ya saben que el odio no es sólo contra nosotras –dice–, lo que molesta son los pobres organizados».

 


Peronista desde los 16 años, la líder de la Túpac Amaru recibe a Página12 en su prisión domiciliaria. .
Imagen: Gentileza Blas Moreau

El 26 de julio de 1952, con 33 años de edad, pasaba a la inmortalidad Eva Perón, la mujer que, en tan solo 7 años de actividad política, generó un impacto inédito en la vida cultural de nuestro país, volviéndose un símbolo de la lucha por los derechos de las mujeres, las infancias, las personas mayores y “los descamisados”.

En 1950 Evita visitó la provincia de Jujuy. Durante su estadía, junto con el gobernador Alberto Iturbe, inauguró el Hogar Escuela y la Clínica de Recuperación Infantil (actualmente Hotel Termas de Reyes), y también entregó escrituras de viviendas del actual barrio 12 de Octubre. A 70 años del fallecimiento de Evita, al pensar su figura, su obra y la continuidad de ese legado en Jujuy, la referencia ineludible es otra mujer: Milagro Sala.

Peronista desde los 16 años, líder y fundadora de la Organización Tupac Amaru, Milagro fue detenida en el 2016 por participar de un acampe frente a la Casa de Gobierno de Jujuy, a pocos días de la asunción de Gerardo Morales, y desde entonces se encuentra presa.

La conversación con Milagro ocurre en su prisión domiciliaria, mientras se recupera de un problema de salud. En sus manos tiene una prueba de imprenta original del libro La razón de mi vida.

— «Yo sé que ustedes recogerán mi nombre y lo llevarán como bandera a la victoria”. ¿Recordás en qué situación de tu vida escuchaste el nombre de Evita y decidiste llevarlo como bandera?

— Bueno, primero tengo que contarte parte de mi historia. Yo pertenezco a una familia de clase media. Mi papá trabajaba en la Universidad Nacional de Jujuy como chofer y ecónomo, y mi mamá trabajaba como supervisora en el Hospital de Niños. Mi papá se llama Miguel Sala y mi mamá Desideria Leitón. A nosotros nos llevaban a la escuela en auto; nos íbamos de vacaciones. A los 16 años me fui de mi casa, muy enojada, cuando me enteré de que mis padres biológicos eran otros. Los primeros días fui a dormir al Hospital Pablo Soria. Ahí iban los que no tenían dónde vivir. Comencé a sentir el frío, el hambre, y me di cuenta de que eso no solo me pasaba a mí, sino que había muchos niños y muchas personas mayores que dormían en la calle, que se tapaban con cartón. Descubrir eso me reventó la cabeza. Una vuelta, estábamos vendiendo picolé en la terminal vieja (mi papá siempre me inculcó que hay que ganarse la vida trabajando) cuando escuchamos que cantaban la marcha peronista. Yo me pregunté: ¿Eso qué es? Nos acercamos y vimos que había un acto. Estaba el ingeniero Snopek hablando de Evita y Perón, de la necesidad de reconstruir la patria. Al terminar el acto fuimos a una Unidad Básica. Me gustó y comencé a militar en la Juventud Peronista. Allí conocí a Tuchi Cáceres, a Olegario Machaca, a Tito Soria y a otros compañeros.


(Imagen: Gentileza Blas Moreau)

— Más de una vez dijiste: “Les molesta que soy negra, coya y peronista”. Evita también les molestaba. Ella dijo: “Me quieren los descamisados, y los otros me odian y me calumnian”. La consideraban indigna de ser parte de la clase política. ¿Te sentís identificada con Evita?

— Más que sentirme identificada, para mí Evita fue un ejemplo de lucha, un ejemplo porque se le paró a la oligarquía, contra la idea de que el que nace pobre tiene que morir pobre. El mensaje de Evita nos quedó a muchos de los que hoy somos dirigentes y tomamos su ejemplo para tratar de revertir las cosas y tener un mundo mejor. Ya muchos se dieron cuenta de que el odio no es únicamente hacia nosotras. Lo que les molesta es que los que menos tienen se organicen. Primero fue asesinar, torturar a los militantes y hacerlos desaparecer. Ahora es la mesa judicial. Nosotros decimos que armaron un laboratorio en Jujuy, que después lo ampliaron e hicieron lo mismo con Cristina, con Lula, con Evo. Hoy la oligarquía tiene como cómplices a la mesa judicial y a un sector del periodismo. Yo no maldigo lo que me pasa. En la década del 90, muchos compañeros se habían quedado sin trabajo con la privatización de las empresas públicas y del Banco de la Provincia, que ahora es el Banco Macro. Yo era secretaria gremial de ATE. Ahí nacieron las organizaciones sociales, gracias a la torpeza de los sectores políticos, porque ellos hicieron que los pobres y los desocupados nos organicemos. Así comenzó la Tupac Amaru, con la copa de leche, con los roperos y los centros comunitarios. Íbamos a las villas a buscar a los que realmente lo estaban necesitando. Vos mirabas lo que estaba pasando y se te caían las lágrimas. Y yo decía: “Si Evita estuviera viva, no hubiera dejado que pase todo esto”.

— “Donde hay una necesidad, nace un derecho”. Si, como acabás de decir, Evita estuviera viva, ¿qué creés que haría primero para empezar a generar los derechos que hoy faltan?

Evita no hubiese acordado con el Fondo Monetario Internacional y estaría trabajando muchísimo, como lo hizo Néstor, para la redistribución de la riqueza, para que los chicos dejen de comer en los comedores y que sus padres puedan llevar la comida a la casa con trabajo genuino. Ella siempre buscaba futuro para los niños y para los jóvenes. Hoy en Jujuy no hay futuro para ellos. Y es lamentable porque Jujuy tiene muchos recursos: ingenios de azúcar, tabaco, hierro, mineral, litio, ahora también cannabis. Si todo esto pagara impuestos como corresponde, Jujuy no sería una provincia pobre. Para nosotros, la cultura es la cultura del trabajo. No nos conformamos con tener un plan y un bolsón de mercadería: el que hoy tiene un plan mañana debe tener un trabajo. En la Tupac dijimos siempre que no tenemos techo, quisimos hacer realidad lo que Evita buscaba: que los más pobres puedan tener cerca de su casa una escuela, una pileta, un trabajo y una plaza para que los chicos puedan jugar. El buen vivir
(como dice Evo Morales) para todos.


(Imagen: Gentileza Blas Moreau)

— “Volveré y seré millones”. Al parecer, esta frase no solo la dijo Evita, sino que ya había sido pronunciada por el líder indígena Tupac Amaru en 1871, antes de ser asesinado. ¿Se encuentran el peronismo y el indigenismo? ¿Ves con optimismo el resurgimiento de gobiernos populares en Latinoamérica, con una mujer afrodescendiente como Francia Márquez en Colombia o un líder aimara como David Choquehuanca en Bolivia?

— La bandera de nuestra organización tiene a Evita, a Tupac y al Che, y no es casual.
En Latinoamérica ahora estamos más organizados. En Chile la lucha de los estudiantes universitarios y los pueblos originarios les permitió recuperar su país. En Bolivia la derecha no pudo avanzar gracias a los movimientos sociales y originarios. Y espero que pronto se recupere Brasil también. Hoy los pueblos originarios se están reencontrando después de mucho tiempo y están saliendo a defender la democracia. Cuando vinieron los colonizadores fue el Pachakuti de la oscuridad. A quienes tenían la osadía de no hacerles caso, los mataban delante de todos, para dar un mensaje. Nosotros decimos que en nuestra Abya yala ahora estamos viviendo el Pachakuti de la luz. Poquito a poco los pueblos originarios comienzan a resurgir. El que vino aquí a robarnos las tierras en algún momento tendrá que sentarse con los verdaderos dueños y hablar para ver cómo empieza a devolverlas.

— Este resurgimiento de los pueblos originarios ¿implica también otro modo de vincularse con el planeta?

— El covid es una señal de la Madre Tierra de ponerle un tope al avance de la contaminación. En muchas ciudades pudieron ver el Sol, las estrellas porque tuvieron que parar las fábricas y dejar de contaminar. Los animales volvieron a salir. Dejaron de andar los barcos y de tirar basura y el mar se empezó a recuperar. Entonces, la Madre Tierra nos está demostrando que el ser humano tiene que parar con la contaminación, parar con el desmonte. Muchas personas no entienden que los árboles tienen vida, que las piedras, el río, el fuego y el aire también tienen vida. Dirán que estoy loca, pero deben entender que la naturaleza, la Madre Tierra, nos está dando un mensaje muy fuerte.

(Imagen: Gentileza: Blas Moreau)

— Dijiste que durante la conquista castigaban públicamente a quienes se resistían para dar una lección a todas las demás personas. ¿Creés que pasa lo mismo con vos y la Tupac?

— A la Tupac Amaru la quisieron condicionar, desaparecer. Hoy la Tupac Amaru sigue reorganizada, trabajando en el territorio; se moviliza. Esta semana hubo dos movilizaciones grandísimas, una en Libertador recordando la Noche del Apagón y otra en Jujuy para pedir que se deje de judicializar a las organizaciones sociales, en solidaridad con los compañeros que sufrieron allanamientos. A pesar de que quisieron ponerme de ejemplo y desarmar la Tupac Amaru, el pueblo sigue luchando. Les fue mal queriendo poner mi castigo como lección: creyeron que todo el pueblo iba a quedarse sumiso y hoy está saliendo de nuevo a la calle.

— Evita dijo también: “El amor alarga la mirada de la inteligencia”. En el contexto que describís, ¿se puede hacer política desde el amor?

— Cristina dijo: “El amor vence el odio”. Evita también trabajaba para que el pueblo fuera feliz. Y nosotros luchábamos por el buen vivir y decíamos que había que recuperar la alegría que el pueblo había perdido. Y a pesar de todas las cosas que nos pasan, seguimos transmitiendo que no sirve tener odio hacia el otro. Nuestros antepasados nos enseñaron que no podés vivir con odio, con rencor. Cuando dejás estos sentimientos de lado, tu espíritu se tranquiliza y podés tener la mente abierta para hacer muchísimas cosas. Tupac Amaru y los hermanos de los pueblos originarios lo aplicaban. Lo dijeron Evita, Néstor y Cristina: tenemos que seguir trabajando desde el amor, el cariño y la no violencia.


— ¿Qué vas a hacer el día que se termine tu encierro y recuperes la libertad?


— Ese día quiero llevar a mis hijos y a mis nietos a Yala. Abrazar los árboles, estar al costado del río y tomar esa agua. No quiero nada fuera de lo común: quiero tocar las piedras, caminar con mis pies descalzos, hacer lo que nos enseñaron nuestros abuelos y seguir diciéndoles a mis nietos y a mis hijos que esa es la riqueza más grande que tenemos. Porque yo estoy encerrada y también tengo encerrada a mi familia, a los compañeros militantes, a todos los que me quieren. Para una persona que pertenece a los pueblos originarios, el peor castigo que te pueden dar es tenerte encerrada, no poder sentir el olor de la naturaleza, el amor que te da la naturaleza al abrazarte con el viento, con el Sol (que nosotros llamamos Tata Inti), con la mamita Killa, que es la Luna, el agua y los apus (como llamamos a los cerros). Aunque no lo crean, todo esto es fundamental para nosotros. Eso es lo primero que me gustaría hacer cuando salga.

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