CERDOS Y PECES: UN EXPERIMENTO QUE ROMPIÓ TODAS LAS BARRERAS

 

Por Gabriel Sánchez Sorondo   ***

La mítica publicación lanzada en el albor democrático de mediados de los ’80 involucra este mes una gran novedad: desde abril, sus 59 números digitalizados están disponibles online. Télam conversó con algunos autores de aquellas libres y malditas páginas que hoy no resistirían la cultura de la cancelación.


El primer número de C&P, tras «independizarse» de El Porteño. Foto: Archivo Histórico de Revistas Argentinas.

Cerdos y Peces nació como un suplemento de la revista El Porteño, pero para abril de 1984 se independizó. Salió a los quioscos con portada propia desde donde un punk argentino miraba amenazante y los títulos gritaban “Drogas, venenos para volar”; “Matadero Borda”; “Sección gay”, entre otras arengas, apenas a tres meses de que la sociedad argentina superara a la peor dictadura de su historia.

Corría la primavera alfonsinista y, con ella, la ilusión de una democracia que alcanzaba para hermanar casi todo lo no-castrense en torno de felices excesos.

Los autores de las notas e ilustraciones de aquel número inaugural –Eduardo Berti, Marcelo Fernández Bitar, Carina Ponieman, Jorge Gumier Maier, Rocambole, Raúl Perrone, Erika Kirchner, Sanyú, Martín Kovenski, Eduardo Blaustein, Gabriel Levinas, Alfredo Rosso, Indio Solari– son prueba de un semillero que dio frutos.

Pero la heterogeneidad de aquellas voces y estilos sin freno no pudo haber prosperado sin la impronta de Enrique Symns, su histórico director, épico monologuista de los Redondos, autor de novelas, biografías e investigaciones varias, cultor del “estilo gonzo” que lo había impactado en Europa y, ante todo, un devoto del vértigo.


El semillero

La Cerdos fue pionera en muchos aspectos; no tan solo por los autores –tras el primer número se sumarían, por ejemplo, María Moreno, Néstor Perlongher, Vera Land, Tom Lupo, Ricardo Ragendorfer, Osvaldo Baigorria, Daniel Molina, Maitena, Damián Tabarosky,– y los entrevistados –Eugenio Zaffaroni, Joe Stefanolo, Rodolfo Fogwill, Luca Prodan entre otros– sino por los temas que obsesivamente mandaba a tapa: Drogas, sexo, marginalidad y, en particular, una filosa, desaforada burla a las instituciones, a la decencia, a todo orden.

A partir del número 13, llevó una bajada que subrayaba su malditismo: “La revista de este sitio inmundo”. Así exaltaba, por si hiciera falta, la naturaleza de sus contenidos extremos y una pasión editorial por lo innombrable.

Marginales, adictos, locos, caídos del sistema, solitarios, desesperados: el mundo de Bukowski, Tom Waits, Rimbaud, Baudelaire, pero con burla y voluntad de escándalo: esa era la galaxia Cerdos. Quizás por la misma razón, al correo de lectores llegaban cartas de presos, prostitutas, buscavidas, personas comunes pero desbordadas y, de algún modo, almas frágiles, refulgentes, como los personajes que le interesaban al medio. Esa fauna, a su vez, nutría notas de opinión, entrevistas e investigaciones.

La inmoralidad al palo

La dinámica de la revista era tan impredecible como sus objetivos periodísticos. “Para hablar de las notas –comenta Lucio Fernández Moores, uno de los pioneros de C&P– nos encontrábamos con Symns en un bar frente al entonces diario Sur, en Bartolomé Mitre entre Maipú y Esmeralda, o por ahí… Alguna vez fui a un departamento de un edificio abandonado y ocupado donde él vivía en un piso 10, por escalera, frente a Parque Lezama. Creo que el edificio ya fue demolido y que él vivía allí con Vera Land, encargada de la revista cuando uno no encontraba a Enrique. No había teléfonos celulares ni laptops, claro; mis textos los entregaba escritos a máquina en papeles con membrete y pauta del diario Sur, como el que se usaba para presentar las notas a ese diario donde yo trabajaba”.

C&P había logrado ocupar un lugar único, ajeno a cualquier juicio moral, acaso solo comparable a un programa de televisión igualmente mítico de esos años: “El otro lado”, de Fabián Polosecki. Pero el de Polo (otra gran firma en la Cerdos) era un viaje más serio, acaso más dramático. La revista, en cambio, exudaba una ironía feroz, impiadosa.

“La época más divertida de la Argentina”

Hacia el año 1985, Ricardo Ragendorfer había vuelto de México y trabajaba en medios de lo más variados, por ejemplo, en Piel Suave, una revista porno de la época. La entrada a C&P lo marcó respecto de un tema que sería luego su sello:

“Anclé en una sección donde me sentía muy cómodo: se llamaba Vidas Ejemplares. Una constelación de factores, me había llevado a escribir sobre tipos como Jorge Villarino, el Pichón Laginestra, Lacho Pardo: pistoleros de las décadas del ’50 y ’60, que para mí es la época de oro de la delincuencia argentina. Me fascinaban esas historias; les había encontrado un valor literario que podía ser encauzado en formato periodístico” recuerda Patán, como se lo conoce en el medio, quien, en efecto, ahondó en ese cosmos oscuramente seductor del hampa hasta hacerlo marca personal de su obra escrita.

“La Cerdos irrumpió en la época más divertida de la Argentina
–recuerda Ragendorfer–, cuando el futuro se había convertido en el presente y ese presente en una utopía que, como tal, fracasó; por eso la revista también estaba imbuida de eso, de ese desengaño que se reflejaría en la bajada ‘la revista de este sitio inmundo’ Se abordaban temas muy polémicos y de manera muy polémica. No dejaba de ser una ‘Billiken dark’, aunque hoy nos hubieran cancelado, y con razón. No teníamos conciencia sobre ciertas problemáticas que ahora están merecidamente instaladas”.

“Sucedían cosas surrealistas. Una vez, al cierre, nos encontramos con que teníamos dos páginas en blanco. Para llenarlas, improvisamos un Manifiesto Antipapa , que justo venía por segunda vez a la Argentina. Convocamos, en el texto, al Obelisco, en una fecha y hora determinada donde supuestamente tendría lugar la inventada manifestación en su contra. Increíblemente, llegado el día, cuando ya nos habíamos olvidado del asunto, vemos por televisión que hay un revuelo tremendo, carros de asalto, corridas ¡era nuestra convocatoria! Symns lo veía conmigo y repetía ‘no puede ser… no puede ser…’”

Otro nexo con Los Redondos se daría, desde el número inaugural de la revista, en la pluma y texto Rocambole –histórico ilustrador de los discos y afiches de la banda– cuyo personaje, el Barón Zamba, abre el primer número en la página 2 contando la historia de un hippie que a la vejez deviene policía.

Foto: Archivo Histórico de Revistas Argentinas.

Una revista rocambolesca


“Conocí a Symns a través de todo el grupo de La Plata que había dado origen a Redondos. Antes de subirse al escenario con la banda él ya hacía monólogos; la Negra Poli y Skay lo vieron por primera vez, creo, en el Parakultural, un teatro muy de los ’80
–evoca hoy Rocambole consultado por Télam–. Enrique me convocó y nos hicimos amigos, los dos estábamos casi recién llegados de Brasil, como tantos otros que se habían rajado con el golpe del ’76.

“El personaje que elegí para esos primeros números
–recuerda el ilustrador– era un artesano medio filósofo amigo nuestro de La Plata que se llamaba Oscar Galiccio, pero le decían Zamba, y contaba historias, algunas de las cuales yo pasé al formato historieta, siguiendo esa disciplina que traía de San Pablo, donde ya laburaba el género”.

“Me siento muy orgulloso de haber participado en la Cerdos –confirma Rocambole– donde la libertad era total, y creo que muchos de esos textos hoy pueden leerse con bastante actualidad, porque había, pese a todo, cierto temprano desencanto. Sin embargo, eran buenos tiempos; hay que pensar que en el 84 veníamos de atravesar la época más terrible de la vida argentina”.

Los nombres que se suman traen ecos de una dimensión calidoscópica cuando se escudriña en los desprendimientos de la Cerdos. Sabemos, por ejemplo, que a través de su amigo, el poeta Néstor Perlongher, Osvaldo Baigorria también pasó a escribir en las diabólicas páginas que aún celebra, a tal punto que re-publicó sus artículos en el libro “Porteños y Cerdos”, editado en 2014. El volumen vale la pena tanto para acercarse a aquellos textos como para impregnarse del clima de época en que todo parecía posible.

Era realmente la zona maldita de la contracultura. Había una relación entre anarquismo, alucinógenos, nomadismo, Burroughs, Castaneda, amor libre y transgresión (…) yo escribía sobre el suicidio, las orgías, el verano del amor
” relató hace poco Baigorria a la revista Rolling Stone a propósito de sus días en la Cerdos y Peces.

Foto:
Archivo Histórico de Revistas Argentinas.

Ayer y hoy

La gran noticia es que todas las notas, ilustraciones interiores y portadas de C&P resultaron finalmente digitalizadas por iniciativa del Archivo Histórico de Revistas Argentinas, y hoy, gracias a dicho proyecto, quien quiera recordar o conocer este maravilloso contenido puede consultar gratuitamente el material en el website de esa organización.

En cuanto a la revista en sí, como aquel punk de la primera tapa, la publicación corrió a la velocidad de un Sid Vicious y murió, en consecuencia, relativamente joven. Pese a elongarse por casi dos décadas, sus últimos años fueron agónicos e irregulares en cuanto a continuidad. Hubo, es cierto, un único número recordatorio en 2020 titulado “La aventura del Adiós”, cuyo lanzamiento cubrió Télam.

En definitiva, pese y gracias a todo, la Cerdos y Peces fue escuela y universidad de un periodismo salvaje y fresco. A lo Hunter Thompson, con prosa bukowskiana, y un cinismo digno de Truman Capote. Plantó, así, un gesto de hasta dónde pueden llegar la inteligencia y la temeridad potenciadas desde una publicación colectiva. Con el tiempo, hubo quienes recogieron esos brotes fundacionales. En homenaje ellos, a los que ya no están, y a los lectores que sostuvieron la aventura, vaya este recuerdo.

Espionaje en el confesionario

Antifamilia, anticontrol, antisistema, son palabras que podrían definir los contenidos editoriales a los que apuntaba la revista con notas inefables, como la columna “Espionaje…” de Lucio Fernández Moores –luego editor de Judiciales de Clarín por más de dos décadas–, quien repasa esos días para Télam:

“Fue una serie de tres o cuatro notas, idea de Symns. Consistía en confesar pecados en iglesias y contar luego en una nota lo que me habían dicho los curas. Llevé un grabador de cassette chiquito, como el que usaban los abogados en Tribunales para leer los expedientes. Me lo ponía en el bolsillo de la camisa, donde van los cigarrillos, con buen registro para desgrabar después. Symns quería que confesara un aborto, pero empecé inventando que había robado un montón de plata como cadete de una financiera”.

La aventura, inimaginable para un periodista primerizo, entraba incluso en conflicto con su pasado, haciéndola todavía más atractiva: “Fui primero a la iglesia semi-castrense de la avenida Cabildo, donde mi madre me llevaba a misa de chico –recuerda Lucio–.  La misma confesión llevé al confesionario del colegio Guadalupe, del que había sido alumno, después a la Iglesia del Pilar, junto al cementerio de la Recoleta, y a una de La Boca.

El cura de Recoleta me regaló una estampita de monseñor Escrivá de Balaguer, recomendándome devolver esa plata a la financiera; el de la Boca, prácticamente me propuso socializar con su iglesia lo obtenido de mi apócrifo robo. En la iglesia de mi infancia, justo cuando me absolvían, terminó la cinta del casette y el ‘clack´’ sonó estridente en el confesionario. Me fui con vergüenza. Pensé que había sido descubierto”.

 

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