BLACKROCK vs ARTIGAS

 

Por Horacio Rovelli   ***

Condicionamientos a la soberanía de ayer y de hoy.

 


Paralelismos a 200 años de La Batalla de Cepeda

 

En el arroyo de la China, hoy Concepción del Uruguay –en esa época con un puñado de ranchos–, se juntaron los representantes de Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes, Misiones y la Banda Oriental y votaron por la independencia de la Nación aquel 29 de junio de 1815. Ese Congreso dictó el Reglamento Provisorio para el fomento de su campaña y seguridad de sus hacendados, que fue la primera reforma agraria de América Latina, ya que expropiaba las tierras a los españoles y las repartía entre los que la trabajaban bajo la consigna de que los más infelices sean los más beneficiados.

Paralelamente, en las amplias llanuras del oeste del Río de la Plata, se decretaba para la misma fecha la llamada “Ley contra la vagancia”: “Todo hombre de campo que no acreditara ante el juez de paz local tener propiedades, será reputado sirviente y queda obligado a llevar papeleta de su patrón. Igual trato se le da al que transite el territorio sin permiso del mismo juez”. De esa manera se constituía la primera unidad capitalista en estos lares, la estancia.

En ese 1815, Juan Manuel de Rosas puso su saladero para producir carne (tasajo), sebo y cuero. De hecho, se va configurando un país dividido en dos, el puerto de Buenos Aires (y su renta aduanera) con su pampa húmeda, por un lado, y el interior empobrecido por la competencia desleal de las mercancías importadas, mayormente de la “rubia Albión”.

En agosto de 1816, 16.000 soldados del imperio portugués, bajo el mando del barón Carlos Federico Lecor, invaden la Provincia Oriental. Atacan por tierra y mar. Debido a su superioridad material y numérica (los criollos, indios y morenos, no del todo bien armados, eran no más de 8.000 hombres), ingresan a Montevideo el 20 de enero de 1817, aunque la lucha continuó por más de tres años en todo el territorio de los Pueblos Libres.

José Gervasio Artigas decide dividir sus huestes: una parte bajo la conducción de “Pancho” Ramírez y Estanislao López debe enfrentar a los porteños y, la otra, con su hijo adoptivo, el cacique guaraní Andrés Artigas, a los portugueses. Tras las batallas de Santa Ana, San Borja, Ibirocay, Carumbé, India Muerta, Los Sauces, Arroyo Catalán, Arapey, Apóstoles, San Carlos, Chapicuy, Queguay Chico, Arroyo Grande y Santa María, se llega a una batalla final en Tacuarembó, en enero de 1820, donde las fuerzas patriotas son vencidas y es traicionado por uno de sus lugartenientes, Fructuoso Rivera, que se pasó al ejército brasileño de ocupación.

En Cepeda, el 1° de febrero de 1820, las tropas de López y Ramírez vencen al ejército porteño del director supremo José Rondeau y avanzan sobre Buenos Aires. Más allá de los jefes militares, fueron las mayorías populares del interior las que lograron aquella hazaña: gauchos, indios, negros, paisanos y paisanas también. Esos representantes de la gauchería llegaron hasta la mismísima Plaza de Mayo y ataron sus caballos en la pirámide.

Pero la rubia Albión estaba preparada para la derrota y corrompe a los dos principales jefes, López y Ramírez. Les mostró que ellos podrían ser estancieros y no dirigir a los paisanos, indios y negros, corriendo siempre el riesgo de sus vidas por una causa perdida como la de Artigas, enfrentando al imperio portugués. (Detrás de Portugal estaba Inglaterra. El segundo del barón Lecor, era el general William Beresford, quien comandó la invasión de Buenos Aires en 1806.)

López y Ramírez firman el Tratado de Pilar y les dejan el manejo del puerto de Buenos Aires a los comerciantes ingleses.
Eran los más ricos y privilegiados de los porteños, y accedían a que los ríos Uruguay y Paraná fueran navegables para las provincias amigas [i].

Han pasado 200 años y el río Paraná tiene los principales puertos en poder de empresas extranjeras y de grandes acopiadores y comercializadores de granos locales: ADM, Bunge, Cargill, Glencore, Louis Dreyfus y COFCO, entre las primeras; y Aceitera General Deheza, Molinos Agros y ACA (Asociación de Cooperativas Argentinas), entre las segundas.

Es más, el Puerto de Rosario en Santa Fe, con sus 31 terminales en 70 kilómetros de costa sobre el río Paraná, que van desde la localidad de Timbúes (al norte) y hasta Arroyo Seco (ubicada al sur de la ciudad), está concesionado hasta 2022, y es el principal desembarcadero de exportaciones agroindustriales del mundo.

Finalmente, y ante la presión de la población –encabezada por Mempo Giardinelli y más de 300 organizaciones de base en todo el país– el gobierno decidió, mediante el decreto 427/201, que al finalizar la prorroga dada a Hidrovía S.A. el 30 de septiembre 2021 y, después de administrar el río Paraná por 25 años, sea la Administración General de Puertos Sociedad del Estado la encargada del dragado, balizamiento y cobro de peaje en el río Paraná/Plata, la que en un plazo de 12 meses (lapso que  puede ser prorrogado), debe llamar a licitación en los términos del decreto 949/2020

En el listado de las cien empresas que fugaron 24.679 millones de dólares durante los cuatro años del gobierno de Cambiemos y que publicara este medio en la nota “Los 100 de Macri” del 24 de mayo de 2020, aparecen dos empresas del sector: Aceitera General Deheza S.A., comprando 257.262.770 dólares, e Hidrovía S.A., con 128.538.032 dólares.


La historia no termina

El generoso crédito otorgado por el FMI al gobierno de Cambiemos tuvo la finalidad inmediata de que Mauricio Macri no perdiera las elecciones. La mediata fue condicionar a la economía argentina, y la de largo plazo, que la subordinación fuese para siempre.

Por eso, en primer lugar, todos (pueblo y gobierno) debemos tener en claro que el problema no se reduce a que nos reduzcan la tasa de interés que nos cobran, ni tampoco a que nos otorguen cuatro o cinco años de gracia para no pagar el capital, e incluso (que el FMI, desde ya, dijo que no) que en lugar de darnos 10 años de plazo para pagar, lo hagamos en 15 ó 20 años. El problema principal es que se debe investigar adónde fueron, cuál fue el destino de los 32.200 millones de DEG (Derechos Especiales de Giro) [ii], unos aproximadamente 45.400 millones de dólares que le otorgaron al gobierno de Cambiemos y que se fugó en su totalidad.

La verdad es que esa deuda, sin ser observada por el FMI, pasó a engrosar el capital que los ricos del país tienen en el exterior. Sin embargo, pretenden que la pague el pueblo argentino.

Por eso, antes que nada, se debe exigir en el acuerdo a firmar que el FMI, como corresponsable de la fuga [iii], brinde todo su apoyo con las investigaciones para determinar y diferenciar deuda legítima de ilegítima y que, asimismo, colabore en encontrar los fondos fugados del país. Es más, se debe condicionar que, de no hacerse así –en un plazo prudencial y antes de que se comience a pagar el capital de la deuda (supongamos después de los cuatro o cinco años de gracia) –, por incumplimiento de una de sus partes (el FMI), la Argentina quede librada de esa obligación hasta que esa investigación finalice.

Hay datos fehacientes de quiénes compraron, en qué fecha y por qué monto, como consta en los registros de los bancos públicos y privados que le compraron esos dólares al Banco Central de la República Argentina (BCRA) y lo hicieron para sí y para sus grandes clientes.

Obviamente, el acuerdo con el FMI, sin estar todavía firmado, está vigente. Lo demuestra que en plena pandemia, en la llamada segunda ola de Covid-19, se hizo un fuerte ajuste en las cuentas públicas para reducir el déficit fiscal, incluso por debajo de lo presupuestado en la ley 27.591, dado que el déficit fiscal primario (antes del pago de los intereses de la deuda) fue del 0,5% del PBI y el déficit total fue de 514.005 millones de pesos (1,3% del PBI) en el primer semestre 2021, cuando estaba previsto que iba a ser del 2,6% del PIB y, el año pasado fue del 5,6% del PIB.

E incluso en este acuerdo implícito con el FMI, el Tesoro de la Nación Argentina se financia mínimamente con emisión monetaria (palabra prohibida por el FMI para los países dependientes, no para la Unión Europea y los Estados Unidos, que durante la pandemia emitieron para pagar los gastos) y lo hace colocando títulos de deuda y pagando intereses (que acrecienta la deuda pública y se convierte así en un factor cada vez más importante del gasto público).

Para cubrir el déficit fiscal se efectuaron, en el primer semestre de 2021, tres licitaciones de títulos de deuda que lograron captar financiamiento por un total de 402.511 millones de pesos, o sea el 78,3% del déficit fiscal total del semestre, que fue de 514.005 millones de pesos. Son letras y bonos del Tesoro de la Nación, como los LEDES [iv] y LEPASE [v], mientras que las LECER se ajustan por inflación (CER es el coeficiente de estabilización de referencia que se basa en el IPC del INDEC) más un plus. Por ende, se realiza un fuerte ajuste del gasto público cuando las empresas son reticentes a invertir y prefieren prestarle al Estado sin correr ningún riesgo (y además, acrecienta el déficit por pago de intereses), por lo que, en conjunto, reduce el nivel de actividad.

Para sostener este programa de reducción del déficit fiscal en el tiempo, su financiamiento por parte de los inversores de la plaza doméstica y para evitar la necesidad de una asistencia mayor del Banco Central a través de emisión de pesos, proponen un plan que denominan de “Creadores de Mercado”, una iniciativa que contó con asistencia técnica del Fondo Monetario Internacional y que busca, a grandes rasgos, establecer un sistema de liquidez “adicional” para los títulos públicos de deuda en pesos, como los que coloca la Secretaría de Finanzas de la Nación, para hacer más atractivos esos bonos y letras para inversores minoristas.

La idea es que los sectores medios, en lugar de reñir para comprar dólares por las distintas alternativas (blue, turista, CCL, dólar bolsa, etcétera), van a ganar plata prestándole al Tesoro de la Nación, que les asegura el pago por inflación o por “dollar linked” que son los títulos públicos ajustados por valor dólar oficial.

De esta manera, el gobierno se plantea enfrentar los fuertes vencimientos de deuda en títulos públicos colocados en el mercado local que ronda los 800.000 millones de pesos en el segundo semestre de 2021, importe al que se le debe sumar un déficit fiscal que la Secretaría de Hacienda de la Nación prevé en unos 1.300.000 millones de pesos (o sea 1,3 billones de pesos), conformando unos 2,1 billón de pesos. Para ello se confía en un roll over (renovar deuda vieja por nueva) del total de los 800.000 millones de pesos en títulos que vencen en el período y en tratar de colocar la mayor cantidad de títulos de deuda nueva en el sistema “Creadores de Mercado” y que el BCRA asista al Tesoro de la Nación con la diferencia (que estiman en tono a los 900.000 millones de pesos). Por lo tanto, la asistencia del BCRA al Tesoro de todo el año rondaría 2,9 puntos del PBI y no 3,5%, como estaba previsto en la ley 27.591 de Presupuesto de la Administración Nacional 2021.

Para que todo este andamiaje creado funcione, se debe contar con el apoyo del FMI, que es para el capital el verdadero y único garante. En consecuencia, la exigencia del FMI para que sigamos reduciendo el gasto público (y que parte del déficit lo financien los sectores medios del país), es que el gobierno de Alberto Fernández acepte toda la deuda sin investigar la fuga.

Los beneficiados de esa transferencia de deuda al pueblo argentino (las menores jubilaciones y el menor gasto público lo demuestran) tienen nombre y apellido. El principal es BlackRock, que como dice su mismo CEO, Larry Fink, tiene importante participación accionaria en Telefónica Argentina y en Pampa Energía, los dos principales fugadores. También tiene parte del capital de los bancos Galicia, Macro, Santander-Río, y BBVA. Y en YPF [vi] y en Central Puerto, Loma Negra, IRSA, Coca Cola, Bayer, Exxon Mobil, Chevron, Apple, Microsoft, Procter & Gamble, Tenaris, Mercado Libre, TGN, Arcos Dorados y Adecoagro, más la tenencia de títulos de deuda pública argentina por unos 3.000 millones de dólares.

Así como detrás del Buenos Aires de Rondeau y Sarratea de 1820 estaban los ingleses, detrás del FMI están BlackRock y las grandes empresas del mundo, como ADM, Bunge, Cargill, Glencore, Louis Dreyfus: grandes acopiadores y comercializadores de granos que tienen sus garras sobre nuestro río Paraná.


[i] Hernán S. Ferns, Gran Bretaña y Argentina en el Siglo XIX, Editorial Solar/Hachette, 1974.

[ii] DEG nace de una canasta de moneda de los países miembros del FMI, aproximadamente de un valor de 1,41 dólares por unidad.

[iii] Constitución del FMI: artículo sexto, inciso a) Salvo en el caso previsto en la Sección 2 de este artículo, ningún país miembro podrá utilizar los recursos generales del Fondo para hacer frente a una salida considerable o continua de capital, y el Fondo podrá pedir al país miembro que adopte medidas de control para evitar que los recursos generales del Fondo se destinen a tal fin. Si después de haber sido requerido a ese efecto, el país miembro no aplicara las medidas de control pertinentes, el Fondo podrá declararlo inhabilitado para utilizar los recursos generales del Fondo.

[iv] Las letras del Tesoro de la Nación (LEDES) son títulos de deuda (o bonos) de corto plazo denominados en dólares estadounidenses (es en pesos, pero se ajustan por el valor del dólar oficial, por lo que sus tenedores quedan a salvo de una devaluación) o en pesos, que son emitidas por el Tesoro Nacional.

[v] Las letras del tesoro nacional (LEPASE) son en pesos, a tasa variable más 3,50%.

 

[vi] Donde más importante y polémica es la presencia de BlackRock es en YPF, donde posee 9,77 millones de acciones correspondientes al 5,67% de los papeles en circulación en los mercados de capitales de Buenos Aires y Nueva York. Es el segundo inversor institucional privado luego del fondo mutualista Wellington. Ambos entraron como accionistas en los tiempos en que el gobierno de Néstor Kirchner abrió el capital de la empresa para el ingreso del Grupo Petersen, en diciembre de 2007.

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