ARGENTINA, EL PAÍS DE LOS 45 MILLONES DE INMUNÓLOGOS


Por Eugenia Mitchelstein   ***

-¿Te darías la vacuna rusa?

– Mejor espero la de Pfizer.

– Yo prefiero la de Oxford.

Estos diálogos, repetidos en cientos de grupos de WhatsApp de la Argentina, suman una nueva profesión al país de los 45 millones de directores técnicos de la Selección de fútbol y ministros de Economía: todos discutimos como especialistas en inmunología y opinamos sobre logística para el traslado de material médico.

La discusión sobre las vacunas -tanto las del covid-19 como otras- también es un síntoma de la creciente desconfianza en los expertos, un fenómeno que no solo es argentino. Uno de los argumentos a favor del Brexit, propuesto por el entonces canciller del Reino Unido, Michael Gove, fue que los británicos estaban “hartos de expertos de organizaciones con acrónimos que dicen saber qué es lo mejor y se equivocan consistentemente”. La desconfianza en los especialistas -sean burócratas, científicos o médicos- puede tener varios motivos: la caída del nivel de vida de la mayoría de la población en varios países de occidente, las mentiras difundidas por medios y políticos, o los errores en las gestiones de crisis anteriores.

En Argentina, la confianza en profesionales de la salud al inicio de la pandemia mutó. Primero, en llamados a que otros expertos -sociólogos, economistas- integraran el comité asesor del gobierno, y luego en acusaciones de infectadura. Ya muy lejos de las tapas de todos los diarios en azul, con la frase “Al virus lo frenamos entre todos. Viralicemos la responsabilidad”, la evaluación de la gestión de la pandemia entró en la grieta política. Pro o anti cuarentena, pro o anti testeos masivos, pro o anti barbijo, pro o anti vacuna. Esta discusión se vio reflejada en la comunicación oficial, los medios y las redes sociales.

Luego de varias conferencias de prensa en las que el presidente, Alberto Fernández, comparaba de manera favorable el desarrollo de la enfermedad en Argentina y otros países -a veces con datos erróneos, luego rectificados por las embajadas de los estados mal representados- los contagios y las muertes se aceleraron. Argentina llegó a estar entre los seis países con más muertos per cápita. Cuanto más avanzaba el virus, menos parecía comunicar el gobierno: la extensión de la cuarentena del 18 de septiembre al 11 de octubre se difundió a través de un video en el que la única voz oficial era la de una locutora.

Muchos medios convocaron a figuras con escaso conocimiento para discutir el tema. Por ejemplo, citaron a un científico que afirmaba que la propagación del virus disminuía a cero después de 70 días. En un caso extremo, una conductora de televisión tomó dióxido de cloro en cámara como tratamiento preventivo contra el coronavirus. Como se trata de un fenómeno nuevo, los expertos también dieron mensajes contradictorios. En abril, la Organización Mundial de la Salud aconsejó que la población no utilizara barbijos, y solo dos meses después recomendó el uso generalizado de cubrebocas para frenar los contagios.

En las redes, la ciudadanía discute la pandemia y su gestión, en algunos casos recirculando información falsa o descontextualizada producida por políticos y medios. La difusión de contenido falso no siempre es maliciosa: muchas veces compartimos un mensaje porque coincide con nuestra forma de pensar, un mecanismo conocido como “razonamiento motivado”. La corrección de esta desinformación por parte de expertos y expertas, periodistas de ciencias y chequeadores de datos, por más precisa que sea, se enfrenta al mismo mecanismo: nos cuesta aceptar información que contradiga nuestras opiniones. Sin embargo, burlarse de quien cree información falsa, sean terraplanistas o antivacunas, como también se ve en las redes y los discursos de algunos líderes políticos, tampoco logra el efecto deseado.

En el caso de las vacunas, la desconfianza no surgió con el covid-19. La vacunación contra el sarampión cayó en las últimas décadas y solo entre 2018 y 2019 se triplicaron los casos reportados a nivel mundial. Para frenar la desconfianza, dos especialistas en inmunología, Tonia Thomas y Andrew Pollard, proponen dar información “de manera incansable” sobre la evidencia y la ciencia detrás de las vacunas. Sugieren contestar preguntas comunes sobre la inmunización y dar información precisa y cuantitativa sobre riesgos y beneficios, en lugar de decir simplemente que el riesgo es bajo y los efectos adversos son raros. Esto permitiría a las personas decidir por su cuenta si inmunizarse o no. Si bien algunos funcionarios, entre ellos Carla Vizzotti, explicaron al público los resultados de las pruebas de las distintas vacunas, otros dirigentes y periodistas sugirieron confiar en la ANMAT o tirar todos los medicamentos, que puede ser gracioso, pero no ayuda a cimentar la confianza de la ciudadanía.

Como no podemos ser todos especialistas en inmunología, necesitamos que los funcionarios a cargo de áreas que requieren conocimiento especializado expliquen de la manera más transparente posible los tratamientos que recomiendan. Para mejorar la calidad del diálogo democrático, los medios deberían contratar periodistas especializados en ciencia y salud, que consulten expertos en estos temas para informar mejor a su audiencia. Como ciudadanos y ciudadanas, seamos cuidadosos con el contenido que retuiteamos, reenviamos en WhatsApp y compartimos en Instagram, para no hundir el covid-19 y sus tratamientos a la misma grieta político-mediática en la que caen la cotización del dólar y los convocados para la Selección.

 

 

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