EL MILAGROSO LÁPIZ DE QUINO

 

Por Carlos Ulanovsky

Todavía, en mi casa, frente al lugar en donde trabajo conservo dos tiritas de Mafalda. “Uno manda un padre a la mañana a la oficina y le devuelven esto”, dice . ¡Y cuántas veces, temprano o no, me sentí un “esto”! La otra contiene una pregunta de respuesta compleja: “¿Justo a mí me tenía que tocar ser como yo?”.


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EFE

Hoy, cuando me enteré de su despedida lo primero que hice fué abrazarlo mentalmente, agradecerle por tanto y admitir que le debo muchas risas y salidas inteligentes. Y de inmediato pensé en quiénes estuvieron siempre cerca suyo, ayudándolo a ser y a crecer. Desde Alicia Colombo, su mujer, que era sus ojos sobre la tierra; pasando por Julieta Colombo, su sobrina, que ofrecía la palabra en su nombre; Kuki Miller y Daniel Divinsky, ordenadores y cuidadores de su obra desde Ediciones de la Flor; Judith Gociol, a la que Quino consultaba cuando necesitaba recordar algo de su obra. Judith sabe tanto de la vida del maestro como Emilio Divinsky que cuando era un adolescente inventó una trivia fabulosa sobre los personajes de Mafalda. Y en ese dichoso y a la vez triste pensamiento repartido incluí a Miguel Rep, su mejor alumno.

Falta uno, es cierto. Pero la cuestión es que no tuve el gusto de conocerlo. Su tío, Joaquín Tejón, andaluz, artista plástico y entretenedor que una noche, cuando no había ni televisión ni redes sociales deslumbró a Quinito dibujando. “Ahí descubrí que, con un lapicito, uno podía inventar personas, personajes y hasta mundos enteros”, dijo cuando ya era Quino.

Sin ser su amigo, siempre tuvimos una corriente de afecto y reconocimiento. En muchas ocasiones lo entrevisté para la gráfica, en la radio y en la televisión. En 2013, en un programa de la señal Encuentro llamado Negro sobre blanco ofreció su testimonio sobre sus inicios en la emblemática revista Leoplán. En 2014, junto con Cristina Mucci, tuvimos un privilegio memorable: entrevistarlo en el acto de inauguración de la Feria del Libro número 40. En esa media hora, o poquito más, que duró la charla dijo que se sentía “curioso, inquieto y alegre”. A mí lo que más me gustó es que, aunque era parco, habló mucho y aunque no era una campanita hizo reír varias veces al público que colmó la sala principal de la Feria. De ese intercambio, que volví a ver hoy, rescato algunos de sus dichos.

* “Yo siempre dibujé con la intención de que el mundo cambie para el lado de los buenos, para los beatniks, para gente como John Lennon. Lamentablemente no fue así, porque el sistema me dejó plantado”.


* “Nunca terminé de aprender a dibujar a Mafalda. Es cierto. Tenía que calcarla para que cada día no me saliera diferente. Cualquier dibujante sabe que tener que hacer diariamente un mismo personaje se vuelve algo pesado. Mucho más creativo y entretenido, y más libre, era dibujar a los otros personajes”
.

* “Buscando temas para mis dibujos en una época leí mucho la Biblia. Nunca la leí con un sentimiento religioso, porque no soy creyente, pero durante años me atrajo su lectura porque, la verdad, es un gran libro”.

* “Mi principal tema siempre fue el del poder. Cualquier clase de poder, que se ejerce en ámbitos inimaginables. Muchos de mis dibujos ocurren en restaurantes, porque ese lugar es un espacio político comparable con la sociedad. Todos llegamos queriendo comer, que es lo que todo pueblo quiere y pide, pero hay que atenerse a lo que te diga el maitre, o el chef,o el mozo que te cuentan que tal cosa se acabó, que tal otra no tenemos. Y encima, hay que pagar”.

* “Soy un dibujante político. Crecí en una casa en la que se discutió la guerra civil española, la segunda guerra mundial, Corea, Vietnam. Y pensar que hay gente que dice ‘Yo en política no me meto’ . No sabe que eso también es hacer política”.

Murió Quino, la gran siete. Su ciclo vital se reiniciará en cada ocasión en que alguien vuelva a leer a Mafalda o recupere algunos de sus soberbios libros de dibujos sueltos: tal vez pronto haya una aplicación que de cuenta que algo de eso sucede en muchos lados del mundo . Lo que debe importarnos es que deja una obra fenomenal que acompañó a los argentinos de varias generaciones (también a españoles y mexicanos, a colombianos e italianos, a uruguayos y franceses) y que nos hizo mejores a cada palabra y a cada línea. No lo olvidemos.

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