LEÓN FERRARI: EL LEÓN HERBÍVORO

Por Luis Bruschtein

Cuando un artista interpela a la sociedad y tiene devolución, cuando produce ondas en la superficie que se filtran hacia zonas más sensibles, es un artista importante. León fue un artista importante. Para mí era también un ser cálido y muy querido.


Imagen:
Marcelo Brodsky

Hace ya un tiempo lo fui a ver con un amigo alemán, Mickael Kipping, que quería comprarle obra. Mientras nos mostraba sus trabajos, hablamos un rato porque museos de arte de diferentes países le habían pedido obra suya.

“¿Te das cuenta Luis?
–me dijo–: cuando lo hubiera necesitado, no me daban bola, hasta me ninguneaban, y ahora me dan bola, que tengo más de 80 años… La historia al revés”. León era un artista conocido desde la época del Di Tella, pero como no encuadraba en los cánones de la producción culturalmente correcta, no se le daba la importancia que tenía. No vivía del arte en aquella época. Como era ingeniero, tenía un laboratorio en el garage de su casa de Castelar, donde fabricaba una sustancia de uso industrial.

Cuando secuestraron a Arielito, su hijo menor, y tuvo que marchar a Brasil, siguió trabajando en el exilio y ganó la bienal de San Pablo. Cuando volvió después de la dictadura, se dedicó exclusivamente al trabajo artístico. Y como antes, empezó a chocar con el status quo. Eso lo divertía, no lo enojaba, era lo que buscaba. Y cuando se reía del escándalo que provocaba, tenía algo infantil en la mirada. No era un provocador violento, sino que podía hacer transcurrir su inteligencia abrazada a la picardía de los chicos. Su personalidad era así.

Kipping, además de amigo, era una especie de mecenas que, en los días posteriores a la crisis de fines del 2001, me ayudaba a publicar una revista cultural que se llamaba Lezama, con la idea de la batalla cultural con el neoliberalismo que había llevado el país al desastre. En ese momento, León hacía unos collages donde el mundo aparecía como una pelota de fútbol a veces pateada por Bush, a veces cubierta de cucarachas con la bandera norteamericana. Los hacía de manera que pudieran ser reproducidas por cualquiera con escáner o con fotocopias.

La revista era bimestral. Hablé con León y le pedí permiso para usar esas imágenes como si fueran un editorial o una columna de opinión. La columna de León. Por supuesto me dijo que sí, pero que no iba a hacer una para cada número de la revista y me mandó un disquette con toda su obra, para que la usara como quisiera.

Eramos vecinos en Castelar en los ’60, y los hijos de León: Marialí, Pablo y Ariel, eran compañeros de escuela y amigos míos y de mis hermanos y de otros pibes. Por eso no puedo recordar a León sin hablar de Alicia, su compañera que lo completaba en forma perfecta con una dulzura y calidez que calmaba a las bestias que éramos. Alicia nos invitaba a los atorrantes del barrio a tomar el té, con una nube de leche, en su juego de tazas de porcelana y cucharitas de plata. Y nos sentábamos todos a la mesa tratando de parecer educaditos.

Siempre nos unió el dolor y los recuerdos porque varios de esos chicos después engrosaron las listas de detenidos-desaparecidos por la dictadura. Cuando lo veía, a veces me regalaba algún trabajo, que me daba un poco de vergüenza aceptar, pero que nunca hubiera rechazado. En casa tengo la mamadera con la Constitución adentro, dos cuadros de caligrafías, y otros dos de sus collages donde mezclaba el Durero con los noticias de actualidad, más otro más grande grabado con los pictogramas de los planos de arquitectura que él usaba repitiéndolos hasta el infinito.

Es casi imposible cumplir cien años. No nos da el cuero de la vida. Pero son los que hubiera cumplido León y así se los festejamos.

 

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