LA PARADOJA NEGRA

Por Alcira Argumedo   ***

El asesinato de George Floyd en manos de un policía blanco, ha sido la última manifestación del racismo endémico que afecta a la cultura occidental dominante -la cultura de las clases dominantes del Occidente central- desde sus orígenes en las invasiones germanas del siglo V: francos, alamanes, anglos, sajones, visigodos y otros, que son sus ancestros.



El momento del asesinato de George Floyd.

Desde la devastación y el saqueo de Roma o Rávena, hasta las guerras del Eje del Mal en el siglo XXI, con sus millones de muertes, mutilados y refugiados -víctimas además de la destrucción de culturas milenarias que nacieron en la mítica Mesopotamia entre los ríos Tigris y Eufrates- han pasado más de 1.500 años.

Un recorrido por la historia de ese largo período, puede dar cuenta de la reiteración de esas conductas contra los pueblos y las culturas dominadas, que en Nuestra América sufrieron las poblaciones precolombinas. Baste mencionar que en el primer siglo de la conquista murió el 90% de los habitantes originarios, debido a guerras, pestes, explotación, hambrunas, quiebra de los equilibrios ecológico-sociales de las principales civilizaciones; y también a causa de la tristeza ante el derrumbe de sus mundos. Quinientos años más tarde, después de atravesar demasiadas experiencias dolorosas, conocimos la ola sincrónica de dictaduras genocidas.

No obstante, tal vez la historia más dura y paradojal de esa cultura occidental dominante, ha sido su relación con los pueblos negros africanos. Convencidos de que portaban una inferioridad congénita, desde su tradicional soberbia civilizatoria, en junio de 1452 la Bula Papal de Nicolás V dirigida al rey Alfonso de Portugal, le autorizaba a conquistar sarracenos y paganos -árabes que aún dominaban la península ibérica y negros africanos- y someterlos a una esclavitud indefinida. Tomando la idea aristotélica acerca de la existencia de «siervos por naturaleza», en tanto esos seres carecían de alma humana, esta definición también laica, legitimó a partir de entonces la caza y trata de esclavos en el África Occidental. En el siglo XVI, la Reforma Protestante cuestionó todos y cada uno de los postulados católicos, menos el derecho a someter a una esclavitud indefinida a los negros africanos. En el siglo XX, el Papa Juan Pablo II viajó al África, besó el suelo y pidió perdón por esa historia.

La persistencia de esas ideas de inferioridad congénita, sería una constante que llevó a ignorar o encubrir el papel de las culturas negras en la historia. No por casualidad, ese papel recién comenzará a ser reconocido por las ciencias occidentales a partir de fines de la década de 1960, luego de la descolonización del África Subsahariana. Francia permitía que algunos jóvenes de las colonias fueran a estudiar a la Sorbona con el fin de crear una elite simpatizante de la metrópolis. Entre ellos, el senegalés Cheik Anta Diop aprobó tres tesis de Doctorado: en Física Atómica, en Biología y en Historia. En la cuarta tesis presentada, demostraba que la cultura del Alto Egipto, que data de 3.500 años antes de Cristo, era negra.

Aceptar que la cultura del Alto Egipto, considerada madre de la cultura griega y ésta a su vez madre de la cultura occidental, era negra, fue demasiado para la Sorbona: obviamente, la rechazaron. Durante casi diez años, sus investigaciones y conocimientos de biología le permitieron demostrar, por los cabellos y otros rasgos de las momias, que era negra; y finalmente la Academia occidental debió aceptarlo. Pero además se demostró que todos tenemos ancestros negros: la ciencia occidental también debió aceptar que el Homo Sapiens, origen de la raza humana, nació en África y desde allí se fue expandiendo por los distintos continentes. Así que nuestros abuelitos o abuelitas más cercanos o más lejanos, fueron negros.

Otro mito occidental fue el de sus avanzadas universidades desde el siglo XIII. En realidad, estaba mucho más avanzada en sus conocimientos la Universidad de Timbuktu en el Imperio Mandinga de Mali. Con una marcada influencia islámica -que en su expansión había ido absorbiendo los aportes culturales de las más diversas civilizaciones, como la de India o Mesopotamia- a fines del siglo XIII, contaba con unos 25.000 estudiantes negros, la biblioteca más grande del mundo y una enciclopedia elaborada 500 años antes que la Enciclopedia de la Ilustración de 1751. Entre otros aspectos, los doctores negros de Timbuktu hacían cesáreas y operaciones con anestesia; anestesia que recién será utilizada en Occidente a mediados del siglo XIX, 600 años más tarde. Lo cual permite poner en duda tanto la soberbia occidental como esa supuesta inferioridad congénita.

En contraste, la debilidad más dramática de los pueblos africanos, fueron sus constantes guerras y enfrentamientos. La capacidad para manipular esos conflictos, aliándose con unas comunidades e incentivándolas a cazar como esclavos a sus rivales a cambio de armas, alcohol y otras vituallas, sería la perdición y decadencia de las culturas negras a partir de fines del siglo XIV. Dividir para reinar fue la consigna dominante de Occidente; y, en la suerte trágica de esta raza -tres siglos de esclavitud y dos siglos más de colonialismo- se cumplió una vez más aquello del Martín Fierro: «Los hermanos sean unidos…pues si entre ellos se pelean, los devoran los de afuera».

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