¿Y SI FUÉRAMOS COMO DICEN QUE SOMOS?

Por Carlos Caramello   ****

Anotaciones sobre un peronismo de época.



Hagamos crítica, pero primero autocrítica; crítica interna con sentido político.

Juan Perón, Actualización Doctrinaria

Gran decidor, gran citador sin nota al pie, Juan Perón parece —y cada vez más— haberlo dicho todo. Ahora, ¿cuándo lo dijo? Como bien lo expresa Alejandro Grimson, pocos tienen bien en claro si fue en el ’45, en el ’55 o en el ’72; en Puerta de Hierro, en Gaspar Campos o desde el balcón de la Rosada. Y de ser este último el escenario, cuándo ocurrió: ¿en la primera, en la segunda o en la tercera presidencia? Estas preguntas revelan la imprescindible temporalidad que requiere el análisis del peronismo y, como es obvio, también la espacialidad.

Partamos de una base: el antiperonismo ya existía cuando el Pueblo fue a reclamar por el Coronel Perón el 17 de octubre de 1945. Sólo que era un odio que no sabía su nombre. Desde el origen mismo de la Patria, hombres y mujeres con complejo de superioridad denigraron y estigmatizaron a otros hombres y mujeres por su condición humilde, su color de piel, su nivel educativo o las tareas que desempeñaban. Sarmiento partió a los argentinos entre civilizados y bárbaros, Alsina cavó una zanja para separar al país educado del salvaje y Mitre concluyó esa tarea dividiéndonos entre lectores de La Nación e… iletrados: es por todos sabido que somos un Movimiento ágrafo.

El peronismo, entonces, bautiza al antiperonismo pero, a su vez, se ve constituido por este: una suerte de tango que se baila de a dos, abrazados, deslizándose morosamente al ritmo de un sentimiento. Sí. Todos hemos oído decir, alguna vez, en la orfandad de las definiciones contundentes, que el peronismo es un sentimiento. Pues bien, también lo es el antiperonismo: una pasión oscura atada al devenir; una furia reactualizada, una violencia de época. Desde ese lugar el antiperonismo actúa sobre el peronismo: cuanto más beligerante, grosero, provocador y criminal se muestra, más conciliadora, educada y moderada se vuelve nuestra dirigencia. Tanto que, algunos, hasta no parecen peronistas o, lo que es peor, parecen socialdemócratas.

¿Ocurre lo mismo con las bases?
No. El Pueblo “perdona” menos (acaso porque sufre más los embates y puede mostrar en el cuero las marcas de esa violencia), tal vez sólo porque es más visceral (léase menos político). Y uno se pregunta muy a menudo si la razón no lo asiste. Si esos siglos de estigmatización y desprecio que, finalmente, se resumen en el título de antiperonista, no ameritan que, por una vez, seamos como dicen que somos. Y hagamos lo que dicen que hacemos. Una pregunta que nunca tendrá respuesta en lo fáctico. Al menos en estos tiempos.

Vamos hacia un nuevo gobierno peronista que, inevitablemente, administrará condicionado por estas cuestiones. (Además de las de orden financiero, que son aún más espantosas). Seguramente a muchos no les gustará del todo. Probablemente sufra alguna oposición en su mismo seno. Deben saber los que lo integren que no será el Pueblo quien la ejerza. Que en tiempos en los que se han desarticulado las jerarquías, los hombres y las mujeres justicialistas siguen siendo verticales, disciplinados, amorosos con la conducción. Por eso es deber no traicionarlos. No arrugarles las ganas. No mentirles los sueños. No hablarles con post verdades… Aunque la época lo indique.

*** Carlos CaramelloLicenciado en Letras, escritor y autor junto a Aníbal Fernández de los libros “Zonceras argentinas al sol” y “Zonceras argentinas y otras yerbas”,  y “Los profetas del odio”. Su último libro editado es  “Zonceras del Cambio, o delicias del medio pelo argentino”.

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