​EL GAUCHO Y EL AVÁ

por Rubén Emilio Tito García   ***

Si hombres del poder central escribieron historias a su antojo e impusieron el 10/11 día de la tradición, al hombre del interior periférico le corresponde lo suyo. Veamos:

Al llegar los conquistadores a lo que después sería el Virreinato del Río de la Plata, encontraron dos tipos bien definidos de habitantes:​​ los de las regiones del guarán y andina dedicados a cultivar la tierra, y los primitivos del sur bonaerense que se alimentaban únicamente de la caza y de la pesca, similar a los aborígenes de la región chaqueña.

A su tiempo, antepasados del avá, hombre guaraní, migraron desde muy al norte de la selva amazónica y se asentaron en las sabanas entre los ríos Paraná y Uruguay. Lentamente dejaron de alimentarse del fruto obtenido de natura y trocaron por lo cosechado en labores agrícolas mediante el cultivo del suelo, condición que le dio sentido de pertenencia. Esto le permitió evolucionar de la escala salvaje, en que el hombre no labra la tierra y se alimenta del producto que le brinda el ecosistema, al de bárbaros; situación de quien ignora conocimientos pero cultiva el suelo para nutrirse. A la llegada de los Jesuitas los guaraníes exhibían cubos de huesos humanos enterrados por anterior cultura; conservaban como amuleto al creer que contenían sus espíritus y les transmitían dones ocultos. Estos primarios habitantes fueron desalojados por los guaraníes y absorbidos por la pujanza de un género humano más fuerte que les impuso costumbres y creencias. Suceso frecuente en la historia de la humanidad.

El mismo hábito laburante también desarrolló el grupo de indígenas de la región de la Puna y cordillerana. Diaguitas y calchaquíes principalmente, destacándose por ser excelentes agricultores que cosechaban maíz, papa, quinoa y por manipular piedras y maderas fabricando palas, azadas y cuchillos. Domesticaron la llama utilizada como bestia de carga y la alpaca de la que obtenían carne y lana. Conocían especies vegetales y de ellas cultivaban diversas variedades, destreza sedentaria que lo hizo sentirse dueño de la tierra y aquerenciarse.

En cambio querandíes y pampas del sur bonaerense, nómades sin arraigo alguno y carente de amor por un lugar, lo dirá Martín Fierro, no conocían una sola planta y por consiguiente ignoraban las prácticas agrícolas. Entonces, el cultivo terrestre y la elaboración de materia prima fue la gran diferencia socioeconómica de los originarios de bosques y montañas con los del sur bonaerenses que, sumado al desconocimiento de la vaca y del caballo, carecieron de la etapa intermedia pastoril como en las regiones euroasiáticas continuando con su condición salvaje en la escala de la evolución, inclusive cuando el poblado del Buen Ayre sumara mayor cantidad de habitantes. Consecuencia de la mixtura del aborigen con el español y el criollo, dio en las regiones que cultivaban el suelo un tipo de mestizo con amor al terruño y profundo sentido de pertenencia, su patria chica. En cambio, con el indio nómade que se mantenía de la caza, de la pesca y asaltaban tribus débiles alumbró el gaucho, sujeto que hizo de la captura del ganado cimarrón -las vaquerías- su verdadera escuela de hombre nómade y vagabundo modelando de esa manera su vida y sus hábitos. Se acostumbró a vivir en el límite de civilización y las tolderías consumiendo como alimento la lengua y entrañas de la vaca, el resto dejaba de osamenta para las carroñas. Esto explica muy bien por qué el gaucho, cuando las partidas van en su busca para engrosar el ejército y cuidar fortines, emigra a los toldos asociándose a las correrías con el indio. La falta de voluntarios también explica que la leva se vuelva en busca del peón de campo, de los orilleros y changarines de la ciudad, arreándolos de mala manera y sin ningún tipo de contemplación. En la época, llamar gaucho o gauderio como se lo conoció al principio a cualquier poblador de campaña era una vil ofensa, término despectivo sinónimo de vagabundo y cuatrero.

Este gaucho pastoril habitante del sur bonaerense y del litoral, a falta ganado cimarrón para el abigeo cruzó el río conformando ese arquetipo en la Banda Oriental. Por tal motivo Artigas jamás los trató de gauchos a sus adeptos, usaba el epíteto paisano. Otros políticos y militares eliminan gaucho de su léxico, como Belgrano, Estanislao López, José María Paz, Tomás de Iriarte y el mismo Rosas. Güemes es la excepción, adopta para los suyos en tren de desafío a los españoles que los tildan de gauchos como insulto aberrante, porque él ni sus paisanos lo eran. Tampoco eran gauchos los granaderos de San Martín, fueron avá misioneros y mestizos correntinos, pues el Teniente Coronel supo de las hazañas en la Batalla de Mbororé, de las invasiones a Colonia del Sacramento y la guerra guaranítica donde por primera vez en esta parte de América se enfrentaron en Caibaté regimientos organizados localmente, aunque uno muy débil pero lleno de coraje: ​​el misionero.

Por eso se comprende que San Martín formó el ejército de los Andes con mestizos provenientes de las regiones que sentían pertenecer al terruño y peleaban por defender su suelo, sus creencias y costumbres, que el gaucho sin tradición alguna no la tenía, inclusive, le daba lo mismo que el gobierno ejerciera un Virrey, la Primera Junta o el Triunvirato.

¿Y de dónde salió el gaucho patriota venerado por la elite porteña, el establishment? Salió de los grandes creadores de la poesía gauchesca que lograron convertir el gaucho real en el gaucho ideal representativo de lo nacional; merced a las obras, relevantes por cierto, de Ascasubi, Obligado, Lussich, Estanislao del Campo y demás, destacándose el Martín Fierro, tipo que jamás agarró una azada y en el cual José Hernández crea un personaje que representa a todos los gauchos.

Para Borges, hombre del establishment, “Martín Fierro no fue un rebelde. Desertó porque no le pagaban sus haberes y se pasó al enemigo, no sin esperanza de participar fructuosamente en algún malón.”

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