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Por Luis Bruschtein   ***

Entre tanta encuesta, lista corta y sábana, más vuelta y segunda vuelta, se metió la nota que desafina, o no tanto, que es la historia que recuerda que sin ella no hay democracia y entonces las Abuelas anunciaron que encontraron al nieto número 130. Sucedió al mismo tiempo que se lanzaron las candidaturas.


Imagen: Bernardino Avila

No hay doble intención al cronicarlos juntos en una nota política. Porque así pasó y no es casual, es la realidad del proceso democrático que construye este país. Se podría pensar que se trata de oponerlos: por un lado el juego político y por el otro, los derechos humanos. Pero en realidad, no solamente no se oponen, sino que se completan.

Y no porque la restitución de identidad a un nieto apropiado durante la dictadura forme parte de la campaña de ningún partido, sino porque todo el universo de esta transición democrática ha sido atravesado por los derechos humanos. No todos están de acuerdo. Aunque la gran mayoría los ha incorporado a conciencia, también están los que simpatizan con los represores.

Gran parte de los funcionarios que integran este gobierno piensa así y no lo oculta
. Pero a pesar del desfinanciamiento institucional a los centros de memoria, a pesar de los intentos de poner en libertad a los genocidas, de la guerra mediática de baja intensidad contra los organismos, y del discurso de mano dura, no han podido desviar la centralidad que tienen los derechos humanos en la vida democrática argentina.

Estos treinta y cinco años de democracia que comenzaron con la salida de la dictadura, con sus idas y vueltas, con sus golpes de mercado y su periodismo de guerra, con fake-news y guerra jurídica o lawfare, a pesar de toda esa carga antidemocrática y autoritaria, nostálgica del viejo palo de las dictaduras, el ciudadano común se conmueve con la lucha de las Abuelas y siente gratitud y afecto por las Madres de Plaza de Mayo.

Y cada vez que las quieren ensuciar terminan por ensuciarse ellos. Muchos de los funcionarios de este gobierno hubieran querido lograr la libertad de los represores y su reivindicación. Tienen el poder, lo intentaron con los viejos discursos de los amigos de la dictadura sobre “dejar atrás el pasado”, la “reconciliación” con los asesinos y le agregaron su nueva herramienta con campañas de difamación de los organismos y de los familiares de las víctimas. Pero no pudieron.

Por eso no desentona en este marco que las Abuelas presentaran con alegría al nuevo nieto que recuperó su identidad. Y tampoco desentona que el nuevo candidato del oficialismo, el senador todo terreno Miguel Angel Pichetto haya estrenado en campaña un discurso que fue utilizado en los 70 para masacrar a la juventud.

Las bandas de la Triple A, la Alianza Anticomunista Argentina, se basaron en ese discurso para comenzar una masacre que se continuaría en un baño de sangre durante la dictadura. La Triple A, Alianza Anticomunista Argentina, consideraba que la sola acusación de comunista contra un militante peronista, bastaba para que fuera secuestrado y acribillado a tiros. A veces los cuerpos eran destrozados con explosivos en barrios populares, como sucedió en Lomas de Zamora con varios vecinos.

Pichetto, que se acaba de alejar del peronismo, se da el lujo desde el macrismo de denunciar que fue todo el peronismo, y no él, quien ha descarriado. Y su primer aporte para la campaña de la gobernadora María Eugenia Vidal ha sido acusar, como antes lo hacía la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A), de comunista al candidato del peronismo, Axel Kicillof.

Por la experiencia histórica de los argentinos, las acusaciones de Pichetto lo asimilan junto a la banda de criminales que se anticipó a la dictadura de Jorge Rafael Videla. Muchos de los integrantes de la Triple A, después pasaron a formar parte de los grupos de tareas que de­sataron el terrorismo de Estado en la Argentina en consonancia con los dictados de Washington en aquella época.

Acusar de comunista a un adversario político es una figura que recuerda también a los viejos macartistas de los Estados Unidos, a los fascistas italianos y españoles y a los nazis. Está incrustado en la historia reciente de la humanidad como uno de los rincones más oscuros y siniestros de la política.

Si fue un mal paso o algo pensado porque se supone que eso tendría efecto en algún sector del peronismo, es secundario. Pichetto irrumpe en la campaña bonaerense con el uniforme de los intolerantes y los extremistas, el discurso de barricada de las bandas violentas, algo que los argentinos han tratado de superar.

El senador se ha ganado una falsa imagen de dialoguista y negociador, simplemente porque siempre estuvo de acuerdo con quien tuviera el poder. Pasó olímpicamente por el menemismo, el duhaldismo, luego el kirchnerismo y ahora, se suma al macrismo tras aplicar una estrategia conciliadora a la que, con cierto humor, la sociedad calificó como “opoficialista”. Así cualquiera es dialoguista porque siempre acompañó al gobierno de turno.

Pero el dialoguista en cuestión tomó esta decisión sin dialogar con sus compañeros de la bancada que presidía.
Ni siquiera se permitió la regla elemental de comunicarles su decisión antes de que se enteraran por los medios.

Es una actitud que quema las naves. Y en la historia nada sale de un repollo, todo surge de algo que lo precedió. Si es que llegara a ganar la fórmula del macrismo, como vicepresidente Pichetto se convertiría en titular de un Senado donde estarán los mismos senadores a quienes dejó en banda sin consulta ni aviso. Aunque Argentina es un país generoso, no es el mejor antecedente de dialoguismo.

Esta decisión no se toma de la noche a la mañana. Es lógico que haya empezado mucho antes con conversaciones con viejos punteros del peronismo menemista que no pesan en la provincia y con los llamados peronistas del macrismo.

Los senadores de su bloque, la mayoría de los cuales responden a gobernadores que fueron apretados económicamente o que coquetearon de motu proprio con el oficialismo, dicen que no fueron avisados, pero es evidente que también les ocultó las conversaciones que mantenía desde hace varios días. La decisión debió esperar primero los sondeos al radical Ernesto Sanz y al gobernador de Salta, Juan Manuel Urtubey.

Pero Pichetto la estaba trabajando desde antes; su designación estaba en la gatera y se disparó con la dispersión de Alternativa Federal. Por lo menos ya estaba en discusión en abril cuando se subió al viaje a Nueva York, que organizó el banco HSBC para tranquilizar a Wall Street. El senador ya trabajaba en ese momento con un pie en Alternativa Federal y otro en el macrismo.

El gobierno intenta presentar a Pichetto como un dialoguista o un moderado porque ha sido capaz de cambiar de bando. El senador muestra un flanco cuando tiene que defender lo que piensan los oficialismos y otro muy diferente cuando dice lo que piensa. Y allí surgen los exabruptos como cuando dijo que “Perú transfirió todo su esquema narcotraficante: las principales villas de la Argentina están tomadas por peruanos, Argentina incorpora toda esa resaca” y otras expresiones de corte xenófobo.

Son declaraciones que lo aproximan al estereotipo del peronista fascista con que algunos radicales y algunos socialistas caricaturizan al peronismo.
El exabrupto contra Axel Kicillof reafirma esa imagen que deberán votar esos mismos radicales y socialistas.

El hecho de que sus primeras declaraciones se hayan enfocado hacia el distrito bonaerense demuestra que el macrismo tratará de utilizarlo para fortalecer un flanco que temen perder por el peso del peronismo. Sacan al ruedo a un Pichetto con el estereotipo del viejo macartismo de derecha.

Es una de las peores caras que le pueden ofrecer a su votante radical y a la mayoría del peronismo, que desde el advenimiento de la democracia prefirió dirimir sus internas en paz y no regresar a los viejos discursos del odio como el que acaba de proferir el candidato a vicepresidente de Mauricio Macri.
El anticomunismo es un discurso del pasado, ha sido excusa para ensangrentar el  país. Esas palabras traen el fantasma terrible de la Triple A.

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