​TAREFERO: EL MENSÚ MODERNO



Por Rubén Emilio Tito García

En el Boletín Oficial por Resolución N°69/19, la Secretaría de Agricultura de la Nación fijó el precio de yerba mate y despertó el enojo de los tareferos por el ruin valor de la hoja verde. Expresaron: «Nosotros tenemos un instituto con una ley impecable, el problema es cuando no se cumple y esa es la realidad. Lamentablemente el INIM de la manera en que funciona no sirve».

Es que en ese organismo provincial sus representantes no se pusieron de acuerdo y le tiraron la pelota a la Nación para que fije el precio. Y la realidad indica que la Secretaría fija el precio a su arbitrio sin importarle quienes dejan el sudor de su vida en el rudo oficio de la cosecha. Por eso, como rencor acumulado por tanta situación penosa e injusta que viene de años, poemas dedicados al sufrido cosechero del principal cultivo misionero.

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1. LA COSECHA EN TIEMPO IDO

Monta el avá, al caá como los monos,

blandiendo el machete con ágiles manos;

cortando de un tajo el ramaje espeso

que presto derrumba al follaje denso.

No hiere de muerte puesto que venera

a la verde especie hecha santuario;

pues del sacrificio que de tiempo en tiempo

obtendrá la esencia del jugo sagrado.

Es la yerba mate bendición del cielo

que Tupá les brinda como su regalo;

para que la tribu del guarán recoja

la bendita hoja que ofrece la fronda.

El avá bien cree en su condición humilde

que Tupá transita en la savia nueva;

por eso en la impronta de su alma simple

afirma que Dios habita en la selva.


​​2. EL YERBAL

​​En el año 1612 llegaron los curas jesuitas

allá por el Guaira, al norte del Iguazú;

cuando en la selva virgen no había senderos

y se guiaban con pasos torpes de pioneros.

Heredaron de los cruzados del cristianismo

la insignia de Jesús, la Biblia y el Rosario;

juramentándose batir al paganismo

de su santa lucha el sórdido adversario.

Al principio con los hijos del guarán

levantaron treinta pueblos fabulosos;

unos hacia el Uruguay rumbeando al Este

y otros del Río Paraná hacia el Oeste.

¿Y el Caá? por supuesto debía recogerse

brotando disperso y solitario; aquí y allá;

dificultando en forma ruda la cosecha

y por real necesidad debía resolverse.

En la espesura la realidad se hizo milagro

cuando el avá Marangatú halló la forma;

de cultivar el árbol de Caá tras la semilla

que en tal “tiempo” era imposible de obtener.

Y así el milagro concluyó como vergel

al cultivar el Caá de línea en línea;

pues hay “tiempo” de reír y de llorar…

(Está en la Biblia)

y en el final venciendo al “tiempo”.

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1641, RELATO DEL CURA JESUITA​​

“Una vez por semana visitaba la choza del Marangatú
(Santo Caminante).​​ Se alegraba al verme sin emitir gesto alguno, pues bastaba una leve sonrisa para aprobar mi presencia. Poderosamente llamaron mi atención las anotaciones de sus preparaciones en perfecto castellano cuando nunca había asistido a las aulas. Supuse que habría encontrado la forma de aprender debido a su capacidad e inteligencia, dejando a un lado las murmuraciones que daban a entender que sus conocimientos se debían por ser Marangatú. En una de las visitas me mostró unos dibujos. Se trataba de tucanes comiendo semillas, tucanes defecando y plantitas dentro de calabacitas. Miré sin entender e interpretando mi ignorancia, me llevó hasta el patio donde exhibía sobre una mesa varias calabazas con plantines. Acto seguido señaló a los tucanes y al árbol de las semillas: ​​¡Se trataba del Caá!, ¡la planta de la yerba!

​​El Marangatú había logrado germinarla milagrosamente en forma empírica lo que siempre resultó imposible, pues el árbol crece desparramado sin orden establecido haciendo difícil su cosecha y sin que la semilla sembrada se reproduzca. El milagro consistía en que germinaba previo pasaje por el tubo digestivo del tucán. ¡Él lo descubrió!

Después, tratamos las mil maneras de hacerlas crecer hasta que logramos implantarlas en tierras previamente preparadas y fertilizadas. Fueron veinte hectáreas. Veinte hectáreas cultivadas con tesón y que obligadamente destruimos ante la llegada del invasor bandeirante. No obstante, sé que esta forma de cultivarla se extenderá en el futuro a los pueblos de las Misiones.

​​Hermanos, siempre debéis recordar que el Caá es el árbol más valorado por el pueblo guaraní. Acordaos que cuando llegamos a estas tierras lo utilizaban como alimento bebible, o mascaban para darse energía, o sorbiendo en poronguitos por medio de canutos huecos hechos de caña.

Hermanos, nunca olvidéis que siguen rindiéndole culto con devoción, porque siguen creyendo que en el Caá reside el alma de Dios. Y nuestro deber es respetar esa creencia.

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3. EL MENSÚ MODERNO

El sol de enero esparce su fuego

sobre el laberinto del viejo yerbal

y el mensú abatido de tiempo sin tiempo;

humea en su espalda martirio y dolor.

El salario probo es una entelequia

como son sus gozos del diario vivir;

y aquel gobernante de promesa vana

sigue prometiendo como siglo atrás.

El suelo reseco de la tierra roja

surcada por  grietas de venas hendidas;

clama por el agua que el cielo le niega

símil al salario del mustio mensú.

Ya Febo se asoma en nueva mañana

insensible anuncia martirio fatal;

y los mensualeros de tierra sin tierras

marchan cabizbajos a meandro infernal.

Ya nada conmueve al fiero capanga

ni el llanto del niño de la panza inflada;

ni la madre enteca de cabello hirsuto

ni el diablo que emana azufre y horror.

Corta que te corta rama tras la rama

del árbol leyenda de Caá Yarí;

y la verde  hoja envuelta en ponchada

va para la finca del amo feliz.

Descreo del tiempo de humana justicia

si el hombre no enmienda su pérfido error;

dando justo sueldo a los tareferos

sutil eufemismo de los mensualeros.

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