POR AMOR A LA CAMISETA

Por Rubén Emilio Tito García   ***

El Dr. Hugo Orlando, posadeño por adopción, fue un personaje singular en la ciudad. Se distinguía por el fraseo de su verba de hombre salido de los barrios medios de Buenos Aires, mezcla rara de porteño arrabalero y niño bien.

Mantener diálogos con él causaba deleite por el uso tan particular que hacía del vocabulario, siempre con un remate exacto que daba sentido y contenido a la palabra, su sello distintivo. Daba clases de Higiene en el Colegio Nacional, ejerció la dirección del Hospital de Leprosos y se desempeñaba como Jefe de Salud Pública Municipal, conformando a partir de los años cincuenta el trío sanitario del municipio junto al bioquímico Eduardo González, quien fuera profesor en el Instituto del Profesorado Antonio Ruiz de Montoya como lo fue su hermana Alicia Isasa, y en saga el Dr. Guillermo Guibert, médico bonachón y amable que supo atender Ad honoren la asistencia pública al lado del baldío donde después construyeran el club Tokio, colaborando en su construcción.

Ya jubilado, concurría igual a su puesto de trabajo municipal ante el regaño amable de las enfermeras aconsejando que disfrute de su jubilación, pero el hombre-médico no hacía caso. Los chicos del barrio en las vacaciones se allegaban a su consultorio de calle Belgrano en busca del certificado de buena salud para tirarse a la pileta del club Itapúa. Y él, a las madres, les recomendaba tintura de yodo para los hongos, el lavado de cabeza con infusión de crisantemo para los piojos y cataplasma para el invierno.

De los tres, el Dr. Orlando sentía pasión por el boxeo y el fútbol como que fue por años presidente de la Comisión Municipal de Box. Hincha futbolero, se inclinó por los colores del club Independiente de Avellaneda llegando a jugar en las inferiores. Es decir, aquel período juvenil que dedicara tiempo a practicar ese deporte y meter la nariz en los libros de medicina. Aquí en Posadas logró formar un equipo de fútbol muy fuerte para participar del primer campeonato infantil “Evita” en 1950. Incansable, se lo veía recorrer en su jeep descapotable por los barrios de la ciudad en busca del chico seleccionado para cada puesto. Se lo observaba fisgonear sentado en los tablones de la cancha del club Atlético, la única perimetral con ladrillos a la vista, o en la humilde de paredes de tablas, después remozada, del club Guaraní en Villa Sarita, donde don Claudio Báez, el ciego más famoso era una institución en esa institución. Su hija menor tomaba la posta en las tardes domingueras para transmitirle los partidos de fútbol de su querido club. Enternecía la postal de la figura del padre y de la hija en comunión dialéctica por amor a una camiseta y por el amor que indudablemente se brindaban entre ellos. Pero don Claudio también se solazaba en otra clase de dimensión, aquella donde solamente caben los privilegiados que saben ejecutar un instrumento musical, y él dominaba el acordeón a piano. Resuelto se decidió a formar con otros músicos una orquesta que se sumaba a otras del medio, entre las que se hallaba la del famoso Paquito Bulotta, quien escenificaba su centro de ensayo en el hotel Internacional, donde hoy está Vitrage, al lado de la perfumería Riol de Carmencita Arbelaiz de Barrios. Y cruzando la calle, frente a estos vecinos, don Idilio Núñez tenía su negocio de ventas de muebles de mimbres, que a su vez competía con don Claudio, también mimbrero de profesión, por ver quien tenía la mejor mercadería de la ciudad, porque en realidad, la de ellos, eran de las mejores.

Don Idilio tenía entre sus hijos dos buenos jugadores de fútbol: “Cacho”, que fuera exquisito número cinco de Guaraní Antonio Franco, considerado el último “centroja” de los de antes, aquellos gladiadores que dominaban el centro de la escena y que jamás se los volverá a ver. Otro hijo mayor, Ricardo, quien jugó en el club Jorge Gibson Brown junto a Oscar “Cartero” Valle, Pepe Alonso, José Mazzó, entre otros, y Antonio Pescado Sokol, su máximo ídolo y goleador histórico, época en que un chico de quince años se ponía la camiseta de un club y se retiraba de la actividad con la misma. El nombre Brown fue dedicado en honor de aquel gran jugador del club Alumni, disuelto en 1913, quien también fuera figura del seleccionado nacional.

Fundado el 16 de marzo de 1916, el club Jorge Gibson Brown es una de las instituciones más longeva del medio local. Por la presidencia pasaron buenos dirigentes, pero dos se destacaron porque en su tiempo supieron ejercer la Intendencia de la Ciudad de Posadas: Don Cayetano “Cayé” Castelli, el también primigenio presidente de la Liga Posadeña de Fútbol desde que fuera creada en 1935. Su gestión, valorada por cierto, será recordada por siempre ya que en su mandato se adquirió el actual predio de avenida Cabred en el año 1924, un lodazal que gracias al esfuerzo de socios y simpatizantes logró rellenarse como se exhibe actualmente. El otro Presidente de la institución verdirroja, electo Intendente por el voto de los ciudadanos posadeños en 1965, fue don Balbino Brañas. Periodista, político humanista, conservacionista, fundador de diarios y escritor. En su libro “Ayer, Mi Tierra en el Recuerdo” escribió este párrafo dedicado a su ciudad de adopción: “Niños éramos cuando conocimos a Posadas en sus primeros esfuerzos por ser ciudad. Su querida y florida plaza 9 de Julio, centro geográfico de la población en marcha, resumía el comienzo y fin de todas las actividades locales. La vida oficial, bancaria, comercial, política y social se desenvolvía a su alrededor y bajo el influjo, podríamos afirmar, de la sombra bienhechora del monumento que ha señalado a la generaciones el rumbo victorioso de la libertad”.

Esa tan amada libertad que todo ser humano anhela, y los gobiernos hegemónicos se empeñan en cercenar.


Rubén Emilio Tito García

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