​ROMANCE FEDERAL Y UN DULCE CASUAL

Por Rubén Emilio Tito García   ***

Un 20 de octubre bajo el signo de escorpio del año 1838, y joven aún, fallecía ​​Encarnación Ezcurra de Rosas a los 43 años de edad. Fue mujer de agallas y considerada la dama de hierro de la causa Federal, por cuanto luchó a favor de su marido bregando incansablemente por la vuelta de Juan Manuel de Rosas a la gobernación de la provincia de Buenos Aires.

La extensa carrera del Restaurador de las Leyes no hubiese sido posible sin su decidida e invalorable intervención, pues mientras él andaba en la inmensidad solitaria de la campaña bonaerense persiguiendo a indios belicosos que asaltaban poblados y raptaban mujeres, se encargó de impulsar la  Revolución de los Restauradores y a organizar la Sociedad Popular Restauradora que derrocó a Juan Ramón González Balcarce del gobierno. Después de aquella sedición organizó con puño de hierro la Mazorca, el brazo armado de la Sociedad Popular que actuaba con la persuasión del garrote, presionando para que la honorable y temerosa Junta de Representantes que mandaba la ciudad de poco más de 50 mil habitantes, designara a su esposo como la única alternativa válida para restablecer el orden social del caos en que se hallaba inmerso. Esa misma ciudad hoy tiene casi tres millones de residentes porteños, aporteñados y refugiados buscando sustento y algún conchabo, entre ellos, belicosos antidemocráticos que presionan por ver un helicóptero sobre la casa Rosada.

Volviendo al tiempo aquel, hubo entre la política y la organización de los mazorqueros una historia romántica entre estos dos seres que marcaron un hito en la historia nacional. Es que en los primeros años de su vida Juan Manuel vivía en la campaña y cada tanto solía allegarse hasta Buenos Aires, urbe que a la sazón no le tenía mucha estima. De todas maneras allí conocerá a María de la Encarnación Ezcurra y Arguibel su futura cónyuge, perteneciente a una de las familias de la clase “decente” porteña. Tanto fue el flechazo al corazón, que el joven y enamorado pretendiente le propuso matrimonio sin pérdida de tiempo.

Pero hete aquí que doña Agustina Josefa Teresa López Osornio de Ortíz de Rozas, la madre del futuro Restaurador de las Leyes, se opuso de entrada al noviazgo de su hijo pretextando la poca edad de ambos (ella 17 años y él 19), cuando ya por entonces Juan Manuel y Encarnación habían decidido contraer nupcias contra viento y marea. Sin embargo, doña Agustina poco pudo hacer contra la astucia de los jóvenes novios, quienes prepararon una estratagema realmente atrevida y audaz para la época.

Cuentan los que verdaderamente saben, y no por rumores de trastienda, que el asunto fue así:​​ La núbil Encarnación por instigación de Juan Manuel le escribe una carta a éste, donde le dice que estaba embarazada y que por tal motivo debían casarse. La carta engañosa fue dejada por Juan Manuel en un lugar visible de la casa de su madre a la espera de que ésta la leyera. Cuando doña Agustina López Osornio de Rozas encuentra y lee la carta casi le da un soponcio. Recuperada de su angustia se dirige con desesperación a la casa de doña Teodora Josefa Arguibel de Ezcurra, la madre de Encarnación, para darle la aciaga novedad. Las dos señoras resolvieron allí mismo, ante el bochorno que semejante escándalo pudiera ocasionar en los círculos sociales, apurar el casamiento entre los jóvenes enamorados.

En efecto, tras el ardid, Encarnación y Juan Manuel contrajeron matrimonio en marzo de 1813 en ceremonia dirigida por el presbítero José María Terrero, pariente del que fuera socio suyo en el saladero en el cual hizo inmensa fortuna. Casualmente, el día en que por las calles de Buenos Aires corría la noticia del triunfo de Manuel Belgrano en la batalla de Salta, ocurrida semanas antes.

Ya entrado en años Don Juan Manuel y acabadamente rechoncho, consecuencia que fuera goloso empedernido por el arroz con leche, la mazamorra y el mate de leche “chancleteado”, es decir cebado desde la cocina por una criada en chancleta, ocurrió un fenómeno en ocasión que ésta puso la pava en el fuego y se fue a hacer otros menesteres olvidando la tarea; al volver tras largo rato se encontró con la desagradable sorpresa que la leche había trocado sustancialmente en una especie de pasta pardusca, situación que la dejó avergonzada. Enterado el Restaurador se acercó al lugar y metió un dedo para probar el gusto de aquello, y luego dirigiéndose a la asustada y compungida muchacha le dijo:​​ “haz lo mismo pero revolviendo con azúcar”. Había nacido el dulce de leche.

Según embelecos de antirrosistas acérrimos hay otras versiones, pero ésta es la real y criolla. Y tan criolla se volvió en el tiempo, que hasta a los visitantes del G 20 les sirvieron de postre flan y panqueques con el exclusivo dulce argentino.

Rubén Emilio Tito García

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