Dic 05 2018

POSADAS DEL AYER: LA MADRE DEL “CHE” Y LAS VECINAS.

 

Por Rubén Emilio Tito García   ***

Sobre calle Santa Fe, donde supo tener por unos años su sede el partido socialista, se extendía hacia la esquina el viejo correo que hasta el año 54 repartían la sidra y el pan dulce para las fiestas de fin de año, y en la vereda del caserón del año 1913 de la vieja numeración 329, al ocaso de las tardes y apoltronadas en sillones de mimbre se juntaban las vecinas para cumplir con el ritual acto de la buena convivencia.

Madres y tías del corazón: Chiche Diez de Bado, Murana Diez de Zarranz, Tota y Ema Salvado, Balbina Torres de García y Dina Salomone de Rodas. La ronda frecuentemente se agrandaba con visitas de amigas de la misma manzana o de otras cuadras, como Teté Quijano, Chonga Margest de Zapelli o Chuqueta Noziglia de Miranda, o amigos como el Negro Almirón y Alejandro Cavallo, aportando sus paquetitos de vituallas para contribuir al vermut.

Aquella tarde-noche de principio de los 60 suspendieron la sentada en la vereda y pasaron al patio de la casa de Balbina García, pegada al partido, porque más tarde en la sede socialista hablaría la madre del Che Guevara, Celia de la Serna, invitada de honor de la agrupación política, cuya movida fue organizada por un grupo de jóvenes idealistas encabezado por las hermanas Bordón, Tungusú Velázquez y el trío de socialistas más conspicuos: García Rincón y los Hermanos Mariano y Vicente Díaz.

Ante una nutrida concurrencia doña Celia comenzó su alocución explicando los alcances de la Revolución Cubana. Muy delgada, más bien baja, de cabellos entre canos y medianamente cortos, impresionaba la expresión de su cara que le daba más fuerza a su oratoria. Pero a la sazón, no solo partidarios de la Revolución Cubana asistieron al convite, también independientes y partidarios de otras fuerzas políticas interesados en escuchar de primera mano lo que diría la madre del personaje que acaparaba la atención mundial ¡Y en Posadas!

La primera piedra rompió el vidrio de la puerta de entrada. Luego cayeron otros cascotazos seguidos de gritos, rechiflas y estruendos de petardos. En la vereda opuesta, acantonados tras las columnas del edifico de la telefónica, un grupo contrario al acto se manifestaba en forma vandálica agrediendo a la concurrencia. Se trataba de un puñado de muchachones reaccionarios y soldados conscriptos vestidos de civiles, obligados a reprimir bajo las órdenes del Teniente Coronel Amorós, so pena de ser castigados con un año más de servicios si rehusaran la orden.

La contestación no se hizo esperar y en respuesta los agredidos devolvieron los cascotes. Así que en el aire se entrecruzaban las pedradas hasta que llegó el carro hidrante para bombardear con agua, no a los manifestantes, sino a la tranquila concurrencia del acto. Se armó una babel de gente que corría hacia Félix de Azara, mientras Celia con el micrófono en la mano y un revólver en la otra levantaba la voz arengando y denunciando el ataque perpetrados por los fascistas de siempre.

La cuestión es que a Doña Celia había que sacarla de alguna manera de ese caos, pues a los defensores de la democracia se le sumaron otros fachos y tenían rodeada la sede. La idea provino del arquitecto Tito Morales, quien sugirió que la hicieran entrar a la casa de doña Balbina y con una escalera pasarla por el muro lindante hacia la suya, que daba al fondo del patio. Luego saldría de su hogar ubicado por la calle Félix de Azara frente a la casa de de don Ulises López. El operativo repliegue se puso en marcha pero faltaba la escalera y había que traerla de algún lado. En el ínterin de la búsqueda, las vecinas hicieron de anfitrionas de Doña Celia por un par de horas que en amena conversación, y entre mates y facturas, explicó la epopeya de la revolución cubana. Es así que escucharon de primera mano el accionar de aquella gesta revolucionaria y sus proyectos futuros, cuyo relato finalizó en el momento que tuvo que cruzar el muro. La despedida fue alegremente cordial con sonrisas, besos en las mejillas y la consabida prevención “tenga cuidado de no caerse”, pues, en horcajadas, debía esperar que pasaran la escalera al otro lado para que pudiera bajar.

De todas formas, Doña Celia, no fue muy convincente como para incorporales sus ideas a las vecinas, porque emocionalmente siguieron siendo las mismas reaccionarias de siempre, como también lo fueron la mayoría de las madres de aquella época, que conminaban a sus hijos no hacer política y alejarse de la izquierda.

Nota: Doña Balbina, mi mamá.

Rubén Emilio Tito García

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