Oct 07 2018

BRASIL: ¿HADDAD AL GOBIERNO, LULA AL PODER?

 

Por André Barbieri   ***

Tras la proscripción de la candidatura de Lula a la presidencia en Brasil, el PT definió finalmente a Fernando Haddad como su sucesor. El alto porcentaje de intención de voto a Lula –alrededor del 40% en varias encuestas– indicaría que Haddad no solo tiene posibilidad de pasar a segunda vuelta, sino también de ganar las elecciones.

En unas elecciones manipuladas en el marco del golpe institucional y proscripto autoritariamente por una casta judicial que haría retorcer en su tumba incluso a un moderado Montesquieu, Lula tuvo que optar: si quería ganar las elecciones tendría que nombrar a un candidato que lo sustituya, incluso contra su voluntad.

Lula eligió al más “promercado” del PT: Fernando Haddad, quien es conocido históricamente como el político petista que tiene mejor llegada al antipetista PSDB (del que ya recibió elogios ni más ni menos que del expresidente Fernando Henrique Cardoso), pero también al mercado financiero. En sus primeras apariciones como sustituto de Lula, el nuevo candidato del PT ha insistido en resaltar que durante su mandato como intendente de San Pablo logró investiment grade para la ciudad, que cuenta con el mayor presupuesto municipal del país. Fue un reconocimiento de los mercados financieros por poner como prioridad el ajuste de las cuentas públicas para lograr crédito.

El nombramiento de Haddad tuvo dos características. La primera es que Lula dejó más que claro que todos los votos de Haddad pertenecen a él, otorgando a su sustituto la menor autonomía posible. La segunda característica, que se deriva de la primera, es que Lula logró limitar momentáneamente la presión de los “poderes fácticos” para que Haddad rompa con él como su padrino. Se sabe que distintas alas del golpismo exigían que el PT coronara un sustituto con autonomía, eliminando la necesidad de negociar con Lula y asfixiando su figura, aun siendo el expresidente un ícono histórico de la sumisión del PT a la conciliación de clases.

Coherente con la estrategia de consolidar la transferencia de votos “petistas duros” en la primera fase de la campaña para que Haddad pase a segunda vuelta, la presidenta del PT y vocera de Lula, Gleisi Hoffmann, declaró que la prioridad del nuevo candidato no es el “mercado” sino “empaparse de pueblo”. Entretanto, ya en sus primeros días de campaña como candidato oficial, Haddad empezó a ser tratado por algunas de las principales voces del mercado financiero internacional como “moderado” y “conservador fiscal”.

El 11 de septiembre, día del nombramiento, el diario británico ultra neoliberal, Financial Times, destaca:

Como alcalde de São Paulo en 2013, se enfrentó a las protestas por el aumento del precio del boleto de autobús que se convirtió en un movimiento nacional contra la celebración del Mundial de fútbol en el país. En una señal de su postura moderada sobre economía, le dijo al Financial Times en 2016 que el error de la señora Rousseff en el gobierno era “aumentar el gasto público sin una garantía de sostenibilidad”.

El 12 de septiembre, Bloomberg, sitio de referencia de los mercados, destacaba a Haddad como “más pragmático y menos ideológico” y tituló: “Sucesor de Lula puede no ser el ‘cuco’ que los inversores brasileños temen”.

Esta es la contradicción de la “solución de compromiso” encontrada por el PT para la sucesión de Lula: al mismo tiempo que Haddad sería el mejor candidato para dialogar con votantes no petistas y mostrar potencial de gobernabilidad a los “mercados” en un balotaje, es también el candidato más susceptible de pasarse a los intereses del “mercado” y los golpistas. Lo que resultaría en un choque con las ilusiones reformistas alentadas por la campaña electoral del PT y en un abandono de las aspiraciones de un retorno de Lula a la política.

En este marco, la disputa alrededor del momento en el cual concretar la sustitución por el nuevo candidato fue un “primer acto” al interior de la pelea de poder que empieza a abrirse en el PT. La demora en nombrar a Haddad tuvo la intención de que el elegido fuese completamente manejable, y de que Lula preserve buena parte del poder dentro del PT. Incluso para que vuelva eventualmente al gobierno, proyecto que contradice las intenciones del golpismo, que quiere darle a Lula una “jubilación forzada” a través de su prisión arbitraria y el veto a su candidatura. Considerando que son elecciones manipuladas por el golpe y puede surgir todo tipo de fraude, si a pesar de esto Haddad avanza, la presión real del régimen sobre Haddad comenzaría después de un eventual triunfo. Para eso se prepara Lula, ya que a su pesar Haddad ganará mayor margen de maniobra para poder actuar, y no está descartado que el de Haddad sea con un proyecto propio, con menor dependencia de Lula.

En su Carta al pueblo brasileño, Lula dice que “Ya somos millones de Lulas y, de hoy en adelante, Fernando Haddad será Lula para millones de brasileños”. No ahorró palabras para demostrar que Haddad es “su representante leal”. Puso a “lulistas fieles” al lado de Haddad en el palco cuando anuncio de su candidatura, para que no haya dudas de que se prepara para una disputa real de poder.

El analista Rodrigo de Almeida había presentado, a su manera, las razones de Lula: “En la estrategia concebida y ejecutada desde su prisión, Lula actuó todo el tiempo, no para viabilizar al sucesor de una candidatura destinada a ser impugnada, sino para viabilizarse a sí mismo, política y criminalmente”.

Tanto por la postulación de un sustituto que lo pueda traer de regreso a la política como por las disputas internas en el PT, podríamos preguntarnos: ¿será la campaña de Haddad una nueva versión, en un escenario histórico distinto, de la fórmula “Cámpora al gobierno, Perón al poder”, alentada por el peronismo en la Argentina de mediados de los años 70 (ahora como “Haddad al gobierno, Lula al poder”)?

¿Sería Haddad un Cámpora?

Analistas de distintos puntos del espectro político –desde Myriam Leitão, principal editorialista de economía de la Rede Globo a Breno Altman, analista político ligado al PT– recurren, a su manera, el ejemplo argentino para entender la táctica electoral de Lula.

Hace 46 años, el expresidente Juan Domingo Perón, favorito para ganar las elecciones, también fue proscripto. Depuesto de la presidencia por el golpe militar de 1955, Perón llevaba 17 años exiliado en España. Su primer regreso ocurrió en 1972, por un breve período, después del cual volvió a España. El criterio establecido por los militares era que para disputar las elecciones “debería ser residente argentino”.

Al final de la dictadura de Onganía-Lanusse, en mayo de 1973, los militares le habían dado a Perón una fecha para volver al país y ser candidato legal. Sin aceptar el plan estipulado, que lo hacía aparecer como un títere de los militares en un ambiente radicalizado por el Cordobazo, Perón nombró a Héctor Cámpora como su “candidato-delegado”. Respaldado por la juventud peronista, Cámpora recorrió el país presentándose como el candidato de Perón. El slogan de campaña: “Cámpora al gobierno, Perón al poder”.

Cámpora ganó las elecciones con el 49,5% de los votos. El 27 de mayo de 1973, luego de una movilización de masas a la cárcel de Devoto, el nuevo presidente promulgó la ley 20.508, que indultaba a todos los combatientes y no combatientes que habían sido presos durante la dictadura. En seguida, el Congreso decreta una amnistía, preparando el camino para la vuelta del líder peronista.

Perón volvió al país el 20 de junio de 1973, traído al país por Cámpora después de recibirlo fríamente en el exilio. Con el apoyo de unos pocos micros de la burocracia sindical, al grito de “el gobierno es de Perón”, éste cercó la Casa Rosada, poniendo un fin de facto al gobierno de Cámpora, quien renunció el 13 de julio de 1973 y se convocó a nuevas elecciones en las que Perón fue electo con un aplastante 62 % de los votos.

Según esta analogía, Haddad sería el “Cámpora petista” que le abriría las alas a Lula. El líder petista tiene hoy 3 años menos que lo que tenía Perón cuando asumió nuevamente la presidencia argentina.

Myriam Leitão, en su columna en O Globo, llega a decir que “la diferencia entre los dos casos es que Cámpora intentaba eludir el veto militar al expresidente”, mientras que en Brasil “la impugnación de Lula es producto de una ley democrática y no de una conspiración de las élites”.

Es cierto que el propio PT en 2010 impulsó en el congreso y sancionó desde la presidencia la ley “Ficha Limpa” (legajo criminal limpio), entregando superpoderes a los jueces para eliminar cualquier rasgo de soberanía popular. Sin embargo, también es cierto que el veto a Lula es una medida absolutamente autoritaria y liberticida, continuidad del golpe institucional defendido por Myriam Leitão.

Límites en la analogía

La situación brasileña es muy distinta que la que sirvió de escenario a la táctica electoral peronista. Se trataba de un ascenso de masas desde el Cordobazo, con los trabajadores junto a los estudiantes hiriendo de muerte a la dictadura de Onganía.

En Brasil no hay movilizaciones de masas y la percepción de las elecciones como “batalla principal” surge de la enorme desmoralización impuesta por el propio PT sobre amplios sectores, bloqueando a través de la burocracia sindical –que controla los principales sindicatos del país– la transformación del enorme peso social de la clase trabajadora en peso político independiente. Eso se vio especialmente en las paros generales de 2017 contra la reforma jubilatoria, que podrían haber puesto en jaque al gobierno golpista de Temer. En este punto, Breno Altman pasa por alto totalmente el papel del PT como garante de la pasividad de las masas.

Además, Perón, que en sus dos primeros gobiernos de los años 40 y 50 fue un político nacional desarrollista (sustitución de importaciones), apoyado en la industrialización capitalista y con un programa de reformas con concesiones a las masas, en su vuelta de los años 70 operó un giro a derecha con el “pacto social” para descargar la crisis sobre los trabajadores y sectores populares, que incluía reprimir –con lo que fuese necesario– a la vanguardia obrera y a los grupos guerrilleros nacionalistas y de izquierda.

Lula, a su vez, durante sus gobiernos fue un político neodesarrollista social liberal. En los marcos de la estructura económica que heredó de Fernando Henrique, fomentó el estatismo que le permitía el ciclo económico favorable de la década de 2000. El “pecado” de Lula fue haber “avanzado más de lo permitido” por el imperialismo, alimentando con dinero de los bancos públicos (BNDES entre otros) y de Petrobras a los grandes monopolios empresariales de matriz brasileña denominados “translatinas”, para competir con las empresas extranjeras en América Latina y en África. Obviamente, todo ese “desarrollismo” significó la asimilación, por parte del PT, de la corrupción histórica y estructural del sistema político brasilero, que incluye la “lubricación” (coimas) de la relación entre Estado, empresarios (nativos y extranjeros) y partidos políticos. La “venganza” se concretó transformando la corrupción política en acusaciones penales y administrativas, llevando al golpe institucional contra Dilma (la que nunca fue acusada de corrupción) y al encarcelamiento del propio Lula por declaraciones de “arrepentidos” sin ninguna prueba. Ahora Lula se encuentra preso por el régimen golpista que, con la excusa de la corrupción y debilitando los sindicatos y organizaciones sociales, busca descargar la crisis económica sobre las espaldas de los trabajadores y sectores populares.

En este sentido, retomando la categoría de León Trotsky, Lula no fue un “bonapartismo sui generis de izquierda” como lo fue Cárdenas, Vargas o Perón entre los años 30 y 50 del siglo pasado. Los fenómenos bonapartistas siempre se basan en alas politizadas de las Fuerzas Armadas como aparato de dominio y en sindicatos regimentados, con el objetivo de apoyarse relativamente en las aspiraciones de los explotados para dar algunas concesiones al movimiento de masas y negociar con el imperialismo.

Los hechos ocurridos en Argentina no se parecen a Brasil porque Perón era un militar bonapartista que al tiempo que alentaba las formaciones armadas de izquierda contra la dictadura, fomentaba a la derecha peronista facistoide y a la derechista burocracia sindical.

Lula no es un “bonapartista” salvo en el sentido de querer conservar el poder dentro del PT (así como de la Central Única de Trabajadores y de los movimientos sociales sin tierra y sin techo) en un momento en el que se encuentra preso.

Sin la relación de Perón con las Fuerzas Armadas, y en una etapa capitalista posterior a la década neoliberal, Lula le dio al PT la fisonomía de una especie de “socialdemocracia de la periferia”, apoyándose especialmente en las poderosas organizaciones sindicales, cuyas burocracias transmitían la influencia partidaria al movimiento de masas (haciendo concesiones limitadas y controlando su actividad, separando las luchas económicas de la política), y apoyándose también en los sectores más pobres de la población, beneficiados por programas sociales. Como reconoce el propio André Singer, el “reformismo débil” lulista “llevaba a los antiguos miserables a la condición de nuevos pobres” (El lulismo en crisis, p. 86), sobre los que también buscaba sostenerse a través de programas asistenciales como el “Bolsa Familia”.

El “reformismo light” del lulismo se orientó a garantizar la máxima ganancia a los capitalistas y la tranquilidad a los inversores extranjeros, a través de la contención de la lucha de clases: como se vio durante las huelgas salvajes en las obras del PAC (principal plan de inversiones en infraestructura del período lulista), las posteriores Jornadas de Junio de 2013, la oleada de huelgas de 2014 y las luchas de trabajadores estatales. Datos del DIEESE (Departamento Intersindical de Estadísticas y Estudios Socioeconómicos) muestran que ya en 2012, las huelgas provocaron 87.000 horas de paro, el mayor índice desde 1997. Hubo 873 huelgas en 2012, saltando a 2.050 en 2013, y siguió creciendo en 2014, batiendo la marca de 111.000 horas de paro (Dieese, “Balanço das greves em 2012”, Estudos e Pesquisas nº 66, mayo de 2013).

Para la contención de esas expresiones de lucha, la burocracia sindical petista (especialmente la CUT) fue fundamental: para fragmentar, aislar y derrotar a los trabajadores, y con eso construir la pasividad del movimiento obrero tanto en el período anterior al golpe institucional como después.

Mayor posibilidad de lucha de clases

Con la muerte de Perón en 1974, nueve meses después de asumir, y bajo la crisis internacional del petróleo, se profundizó en Argentina el accionar de la Triple A fomentada por Perón. Por otro lado, se habían desarrollado grupos armados guerrilleros nacionalistas y de izquierda. Lo más significativo, en 1975 el movimiento obrero, ante una crisis que terminó en hiperinflación, creó las Coordinadoras Interfabriles (con elementos pre-soviéticos) y se desarrolló una oleada de varias semanas de huelgas que concluyó en una huelga general política, la primera contra un gobierno peronista. Una lucha entre revolución y contrarrevolución abierta que, ante la inexistencia de un partido revolucionario, terminó meses después con el golpe genocida de 1976.

Sin duda hay enormes límites, por lo tanto, en la analogía Perón-Cámpora, que trascienden el limitado espacio de este artículo. Pero siempre se pueden extraer elementos útiles del campo de la historia, que ayudan a la previsión de tendencias y a la anticipación de una política acertada.

La contradicción que puede emerger si Haddad gana es que Lula no se va a conformar con un “indulto” (perdón). Lula ya declaró una y otra vez que quiere probar su inocencia en el Supremo Tribunal Federal, última corte de apelación a la que aún tiene el derecho de recurrir. Si pierde, es poco probable que se contente con menos que una amnistía, ya que el indulto apenas le permitiría gozar de libertad, sin derechos políticos por mantener la condena.

Lo que ya es un hecho gane quien gane las elecciones, es que los crecientes elementos de intervención militar en la política para respaldar un régimen golpista tutelado por el poder judicial vinieron para quedarse.
En abril, cuando la Corte Suprema (STF) iba a decidir sobre el eventual Habeas corpus a favor de la libertad de Lula, la cúpula militar salió a amenazar públicamente contra una eventual sentencia favorable al expresidente. En la última semana, cuando esa misma Corte y el Superior Tribunal Electoral iban a decidir sobre los recursos a favor de Lula, la representación oficial del Alto Mando personificada en el General Villas Boas salió nuevamente a “presionar” contra Lula, al tiempo que lanzó dudas sobre la legitimidad de un próximo gobierno.

La existencia de Bolsonaro, los crecientes elementos de intervención de los militares en la política, la alta votación que las encuestas proyectan para el PT, los elementos de violencia política como el asesinato de Marielle Franco, el ataque a la caravana de Lula y el atentado a Bolsonaro, además de las luchas internas del PT –todo esto en un contexto de 25 millones de desempleados y de una economía que no despega– muestran un panorama que, más allá de la coyuntura electoral, augura una fuerte lucha de clases.

Una izquierda con independencia de clase, para que la crisis la paguen los capitalistas

No descartamos, vale remarcar, que en estas elecciones manipuladas el golpismo el régimen eche mano de los más variados fraudes para impedir un gobierno no deseado. Eso se hace evidente en las innumerables maniobras del autoritarismo judicial y en las manifestaciones del Alto Comando de las Fuerzas Armadas, todos al servicio de la continuidad del golpe institucional y de la tutela de las elecciones. Por fuera de posibles fraudes, la hipótesis de balotaje se da, por ahora, entre el reaccionario Bolsonaro (que arrebató a los “tucanos” del PSDB la primacía en el polo “antipetista”) y el candidato “Haddad es Lula” (aun en disputa con Ciro Gomes por la primacía en el polo “antibolsonarista”, pero con la ventaja de tener a Lula por detrás).

La representación de la derecha aparece “renovada” con el rostro de la extrema derecha, como una novedad histórica viene acumulando el apoyo de más del 20 % en la intención voto. Por otro lado, el reformismo del PT obtuvo cierta “revitalización senil”. Decimos “senil” porque ya no hay ninguna condición económica, nacional o internacional, para implementar las escasas reformas que el lulismo hizo en la década de 2000. Motivo por el cuál un eventual gobierno de Haddad sería una versión degradada del segundo mandato de Dilma, conocido por responder a la crisis con ajustes que luego fueron profundizados por Temer. O sea, un reformismo que se chocará más o menos rápidamente con las ilusiones alimentadas durante la campaña electoral, y que además tendrá que lidiar no solo con un poder judicial y militar abiertamente golpista sino con una extrema derecha militante que tiende a radicalizarse.

El ex intendente de San Pablo necesita los votos de Lula para avanzar en las elecciones y eventualmente coronarse ganador. En este momento de la contienda electoral, en el que la falta de autonomía de Haddad es una condición para que pueda vencer, todo indica que el PT seguirá unificado. Las dudas comenzarán al día siguiente de una eventual llegada al balotaje, y mucho más en un eventual triunfo. Uno de los objetivos del golpismo es librarse de la necesidad de negociar con el poder de Lula sobre el movimiento de masas (a través de la burocracia sindical petista) y los sectores más pobres de la población que dieron sustento a sus gobiernos. En este escenario, no está claro cómo Haddad manejaría la sumisión a Lula, ante la presión para integrarse al régimen golpista y deshacerse de su padrino. Lula, por su parte, sabe que las tensiones de fondo en el PT seguirán, y es el principal interesado en cohibir las embestidas –cada vez más fuertes– del régimen para que Haddad se despoje de su tutela. Otra variante posible es que, frente a un eventual ascenso de masas como respuesta a un gobierno ajustador del PT, si logra salir de la cárcel, Lula utilice su capital político para ayudar Haddad a atacar.

Para hacerse una idea de lo que podrá ser un gobierno Haddad, basta ver cómo actúan los fenómenos “neorreformistas” en Latinoamérica, como López Obrador en México, que después de la demagogia popular de campaña quiere avanzar con una reforma previsional que eleva a 68 años la edad jubilatoria.

Ese carácter senil que ya se dibuja en esta revitalización del PT es el fundamento del por qué hay que preparar, teórica y prácticamente, una izquierda anticapitalista y revolucionaria, para cuando las masas avancen en su experiencia con el PT.

El Movimiento Revolucionario de Trabajadores, que impulsa Esquerda Diário, al tiempo que denuncia el veto bonapartista del poder judicial que impidió a la población elegir votar a Lula, no apoya el voto al PT, ni cualquiera de sus candidaturas, y critica duramente su estrategia de conciliación de clases que abrió el camino al golpe institucional.

Más que nunca hay que fortalecer una izquierda que apuesta a la lucha de clases de los trabajadores, de las mujeres y de la juventud, con un programa de independencia de clase de los trabajadores contra el golpismo y la extrema derecha, para que la crisis la paguen los capitalistas.

Traducción:
Isabel Infanta

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