Oct 05 2018

DE ALFONSÍN A MACRI: LAS CLASES MEDIAS Y EL FANTASMA DE LA REPRESENTACIÓN POLÍTICA

Por Eduardo Castilla   ***

En 2015 los sectores más conservadores de las clases medias hallaron en Cambiemos la vía para retornar al escenario político “en su propio nombre”. Para estas capas, la implosión del radicalismo en 2001 significó una orfandad en cuanto a representación.

Sin embargo, a tres años de gestión cambiemita, las promesas de transparencia y eficiencia han mutado en recuerdos difusos. El marco actual, signado por la crisis política y la recesión, abre la ventana a preguntas. Al calor de la debacle económica ¿puede agotarse la experiencia cambiemita entre esas capas medias? Tratemos de explorar un poco.

–¿Y no hay manera de hacer algo?
–preguntó Silvia. Se hace un silencio largo.
–Sí –dice Fontana–. Que De la Rúa le entregue la banda presidencial a Alfonsín, que es el único que nos puede sacar de este quilombo.
La noche de la usina, Eduardo Sacheri.

Las clases medias están hartas de pagar los platos rotos de los ricos de la Argentina.

Declaraciones de Elisa Carrió, septiembre de 2018.

Ese esquivo sujeto

Las (mal) llamadas clases medias ocupan un lugar central en la escena política nacional. Si miramos un par de décadas hacia atrás, veremos su protagonismo callejero tanto en las horas finales de la Alianza, como en los últimos años del ciclo kirchnerista.

Sin embargo, como se ha señalado en otra ocasión, ese colectivo variopinto presentado como “las clases medias” existe muy relativamente. Desde la sociología académica, a partir de una superficial comparación de ingresos y hábitos, suele incorporarse allí a sectores que ocupan lugares (muy) distintos en el terreno de las relaciones de clase.

De modo análogo, el discurso político de gobiernos y coaliciones mayoritarias ha construido una suerte de interlocutor permanente, con el cual dialogar. Casi por definición ontológica, el “argentino medio” es “de clase media”.

Desde una mirada marxista, hace tiempo se definió a estas franjas bajo el concepto de pequeña-burguesía. La realidad presenta una serie heterogénea de capas, que ocupan un lugar intermedio entre la clase capitalista y la clase trabajadora, separadas socialmente del control sobre los grandes resortes de la economía.

En términos sociales, lo que sobra en las clases medias es diversidad. Comerciantes –pequeños y medianos–; profesionales [1] de ramas varias y/o estudiantes universitarios, son solo parte de ese gran conglomerado. En esa heterogeneidad y en su lugar societal intermedio hay que buscar las razones profundas de sus constantes divisiones, vaivenes, crisis, estallidos y retornos a la calma, dinámica que Pablo Semán definió como la “revolución del país normal” [2].

De triunfos y sinsabores


–Voy a Neuquén
–le dije, aunque no estaba muy seguro.
–¡Petróleo! –exclamó y levantó las manos como si hubiera respondido a una adivinanza”.
Una sombra ya pronto serás, Osvaldo Soriano.

Las últimas décadas evidencian que el devenir político de las clases medias estuvo atravesado por múltiples giros, crisis y quiebres. Todo ello resulta imposible de explicar por fuera de mutaciones sociales y culturales. En Historia de la clase media argentina, Ezequiel Adamovsky definirá que en 1983

… el imprevisto triunfo de Alfonsín fue unánimemente considerado como un triunfo de la “clase media”. Para muchos, el victorioso protagonismo de esa clase traía la promesa de dejar atrás, por fin, el hechizo plebeyo que el peronismo había lanzado sobre la política nacional [3].

La simpatía de las capas medias por el líder radical acreditaba también un fenómeno más profundo, ligado a la derrota del movimiento obrero bajo la dictadura genocida. Ese triunfo del capital en la lucha de clases no solo había moldeado estructuralmente a la clase trabajadora, sino también golpeado en su conciencia [4].

Bajo aquel legado de derrota, las clases medias crecieron conceptualmente hasta abarcar las capas bajas del empresariado y las altas de la clase trabajadora. Durante el ciclo neoliberal y alimentado por la ideología dominante, el “ser de clase media” tendió a convertirse en sentido común de época, desbordando el análisis político para acampar en la subjetividad de sectores de la sociedad.

El ciclo menemista empujó una mayor fragmentación en la pequeña burguesía. Hubo perdedores y ganadores de la mano de la modernización conservadora que impulsó el caudillo peronista. Osvaldo Soriano ilustró tempranamente el destino de los primeros en esa maravillosa novela que es Una sombra ya pronto serás.

Para las fracciones progresistas de las clases medias, el menemismo representó un oscuro interregno. Despilfarro y ostentación fueron la marca de agua de un ciclo que unió empobrecimiento de millones con extendida corrupción estatal.

Bajo los martillazos del gran capital, la grieta entre ganadores y perdedores de la fiesta menemista fue cerrándose. El cambio de siglo volvió a poner en escena al movimiento estudiantil universitario. En tanto actor en defensa de la educación pública, expresó al mismo tiempo el extendido descontento social. La agonía de la Convertibilidad terminó en la confiscación masiva de los ahorros bancarios. De la Rúa, el FMI y los grandes bancos empujaron a la oposición activa a amplias capas de la pequeña burguesía y la unieron en las calles al movimiento de desocupados.

2001 fue el año de la crisis económica, social y política más profunda en décadas. Una verdadera crisis orgánica y de hegemonía. Emergió una manifiesta oposición entre representantes y representados, que encontró su versión dura en la relación entre las capas medias y el radicalismo. [5].

En los meses siguientes a aquel diciembre, piquete y cacerola se presentó como epigrama de una alianza temporal que, por sus propias contradicciones estructurales, tenía por destino esfumarse. Ocurrió, ya desde mediados de 2002, gracias al “milagro” económico que operó la devaluación duhaldista, hundiendo el salario del conjunto de la clase trabajadora.

Para desarrollarse, esa alianza hubiera necesitado el concurso de un tercer actor que no logró intervenir con sus métodos y fuerza social: la clase obrera ocupada. El peronismo y la dirección sindical burocrática operaron clausurando esa posibilidad. Pudieron hacerlo basándose, en parte, en las debilidades subjetivas de una clase que tenía profundas grietas internas, la mayor de las cuales la constituía una desocupación extendida.

El movimiento obrero no contaba con una fuerza política propia que le permitiera hablar en su nombre y proponer un programa que afectara las ganancias de la gran burguesía, ofreciendo una salida anticapitalista, permitiendo soldar una alianza más duradera con las capas medias arruinadas y los sectores más pauperizados.

La salida reformista a esa crisis la ofreció el continuum que conformaron duhaldismo y kirchnerismo. Las ventajas externas, la brutal devaluación y el aval de la conducción burocrática del movimiento obrero –que hizo propio el programa de esa fracción capitalista [6]– dieron el aire para impulsar determinadas políticas, presentadas por el relato posterior como fruto exclusivo de la “voluntad política” gobernante.

Sobre la base del crecimiento económico y de la llamada batalla cultural –que incluyó una activa política alrededor de los DD. HH.– el kirchnerismo devino expresión política de las clases medias progresistas. Al mismo tiempo selló un pacto tácito con sus franjas más conservadoras. El alto consumo y el libre ahorro en dólares fueron dos pilares de esa entente.

La llamada “crisis del campo” (2008) resquebrajó esta relación. Al mismo tiempo empujó al kirchnerismo hacia una “radicalización” en el discurso que se expresaría, entre otras cosas, en el desarrollo de agrupaciones como La Cámpora. El elevado 54 % con el que CFK accedió a su segundo mandato pareció sellar una suerte de reconciliación con las capas medias conservadoras. El idilio sería breve. La ruptura sobrevendría a partir de 2012, cuando las condiciones de la economía empujaran a medidas como el cepo al dólar.

El PRO supo leer al sector más alto y conservador de esas clases medias, de los cuales se convirtió en representación política. En estos casi tres años de gobierno fueron su núcleo duro en el terreno electoral. Son, además, el sujeto interpelado por las furiosas campañas “anticorrupción”, que centran dardos en la corrupción kirchnerista, ignorando la protagonizada por el funcionariado cambiemita. Pero la crisis en curso podría alterar ese panorama. Caminemos un poco por ahí.

Del sueño a la pesadilla

Cambiemos se presentó en la escena nacional enarbolando un discurso político e ideológico que captó el interés y el voto de las clases medias no progresistas. En 2015, balotaje de por medio, sumó apoyo en sectores más extensos, incluyendo franjas de la clase trabajadora.

Para los sectores medios, el significante (absolutamente) vacío del “cambio” se recubrió de ideología neoliberal. El discurso meritocrático pasó a ser la piedra basal de un relato que consagraba a “los más capaces” como gestores de un nuevo tipo de Estado eficiente y sin corrupción.Traer a ‘los mejores’ del mundo privado para que ‘lo público’ pueda ser bien administrado”, ilustró Gabriel Vommaro [7] acerca del discurso que guiaba la gestión cambiemita.

Sin embargo, los llamados “conflictos de interés” empezaron a quebrar el aura de eficiencia que el discurso macrista construyó alrededor de los CEO devenidos en administradores del Estado capitalista. Apellidos como Aranguren, Caputo o Dujovne empezaron a simbolizar el aprovechamiento en beneficio propio de los recursos estatales.

El creciente ajuste sobre las condiciones de vida colabora a asociar corrupción e ineficiencia. La denuncia de aportantes truchos en la campaña de María Eugenia Vidal, presentada como emblema de transparencia, golpeó un pilar del espacio que se autodefinía como “superación de la vieja política”. En esas circunstancias el llamado #CuadernoGate vino en ayuda de la coalición gobernante, no sin arrastrar cortocircuitos en el terreno económico que empujaron aún más hacia el barranco de la recesión.

La crisis cambiaria y las consecuencias de la devaluación en curso marcan como ácido las condiciones de vida de la población. Con desniveles, los golpes de la recesión alcanzarán a diversas capas de la sociedad, incluyendo sectores de la pequeña-burguesía. El imaginario político de los “revolucionarios del país normal” puede volver a conmoverse.

De fantasmas, salidas y programas

La experiencia europea y norteamericana reciente, así como la que tiene lugar en el vecino país de Brasil, muestran que el desencanto de las capas medias y sectores de la clase trabajadora puede ser canalizado hacia variantes de derecha. Abiertamente reaccionarias, agreguemos. Un Jair Bolsonaro puede expresar el descontento social ante la crisis y la corrupción.

En Argentina, el discurso místico de Elisa Carrió busca dialogar con ese desencanto. “¿Cómo van a salir los pobres de la pobreza? Conjuntamente con la prosperidad y la alianza de las clases medias exportadoras y de consumo interno”, afirma la mujer que defiende el aborto clandestino.

El concepto de “clases medias exportadoras” funciona como eufemismo. Viene a recubrir, esencialmente, a las grandes patronales agrarias, aquellas que hoy celebran la (más que) leve retención establecida por el ministro Dujovne. Carrió propone un programa que acreciente el poder y las ganancias del gran capital, a costa del salario y las condiciones de vida de la clase trabajadora. La teoría tiene nombre y se apellida “del derrame”. La propusieron Carlos Menem y Domingo Cavallo en estos pagos, hace ya tres décadas.

En términos económicos y sociales, la catástrofe en curso presenta una dinámica distinta a la de 2001. El carácter del patrón de acumulación implica una resolución a las tensiones existentes bajo formas diferentes a las que empujaron el estallido de la Convertibilidad. Sin embargo, la erosión de las condiciones de vida de las masas está inscripta en la dinámica de la situación. Eso incluye, sin dudarlo, a la gran mayoría de ese abanico social llamado clases medias.

El esporádico discurso de Carrió apuntado contra los ricos –sean “viejos” o “nuevos”– empuja a una continuidad condicionada de la subordinación de sectores de la pequeña-burguesía hacia el gran empresariado. Propone ganancias sin corrupción, un imposible en la sociedad donde impera la búsqueda desenfrenada de más plusvalía.

En el mismo terreno social, el kirchnerismo propone a las clases medias progresistas una amarga espera hasta 2019. Allí, mágicamente, la “década ganada” emergería del limbo macrista. Un bello relato que prescinde de los cambios ocurridos a escala internacional. Mientras tanto, se profundiza el ajuste sobre las condiciones de vida de las mayorías populares.

La historia alecciona sobre el comportamiento de las capas medias en épocas de crisis y convulsiones políticas. La norma suele ser la división entre las clases sociales fundamentales, entre gran empresariado y clase trabajadora. En esa dinámica los “extremos” sociales pueden, eventualmente, ejercer su poder para regular el funcionamiento de la economía: los lock-outs patronales son respondidos con huelgas y ocupaciones de empresa; el boicot económico con comités para organizar los abastecimientos y evitar el hambre.

Ante ese fraccionamiento, para la clase obrera se vuelve un deber imperioso atraer para su causa a los sectores pobres y arruinados de las capas medias. En ese objetivo se juega parte de su destino al enfrentar los ataques que descarga el gran capital sobre ella. Forjar esa alianza adquiere entonces un carácter estratégico.

Esa tarea debe prepararse planteando con urgencia un programa anticapitalista, que impida que la crisis se descargue sobre el pueblo trabajador en su conjunto. Un programa que afecte las ganancias y la propiedad de grandes bancos, automotrices, cerealeras, terratenientes y del conjunto del gran capital. Allí están, y de sobra, los recursos, para dar una salida progresiva a la crisis en curso.

NOTAS AL PIE

[1] Las últimas décadas presenciaron un creciente proceso de asalarización entre sectores profesionales (médicos, abogados, ingenieros, etc.), empujando a nuevas configuraciones dentro de las clases medias.

[2]
Pablo Semán en ¿Qué quiere la clase media?, Bs. As., Capital Intelectual, 2016, p. 80.

[3]
El autor sostiene también que la imagen asociada a este triunfo era la de “un argentino educado, moderado, pacífico, respetuoso, todo lo contrario a la estampa plebeya de Herminio Iglesias y sus seguidores” (Historia de la clase media argentina, Bs. As., Editorial Booket, 2014).

[4] A nivel mundial, el ciclo neoliberal nació tras duras derrotas de la clase trabajadora. Escribiendo específicamente sobre Gran Bretaña, Owen Jones señala que “en la raíz de la demonización de la gente trabajadora está el legado de una auténtica lucha de clases británica. El ascenso al poder de Margaret Thatcher en 1979 marcó el comienzo de un asalto total a los pilares de la clase trabajadora británica (…) Despojada de su poder y ya no vista como una orgullosa identidad, la clase trabajadora fue cada vez más ridiculizada, menospreciada y utilizada como chivo expiatorio” (Chavs. La demonización de la clase obrera, Madrid, Capitán Swing, 2012).

[5] El revolucionario Antonio Gramsci señalaba que “… en cierto punto de su vida histórica los grupos sociales se separan de sus partidos tradicionales, o sea que los partidos tradicionales en aquella determinada forma organizativa, con aquellos determinados hombres que los constituyen, los representan y los dirigen no son ya reconocidos como su expresión por su clase o fracción de clase (…) el contenido es la crisis de hegemonía de la clase dirigente (citado en Juan Dal Maso, El marxismo de Gramsci, Bs. As., Ediciones IPS, 2016, p. 80.)

[6]
“El GP (Grupo Productivo, N. de R.) había dado varios pasos en otro sentido, reuniéndose con diversos sectores para presionar por sus demandas, pero también incorporar ajenas (…) lograron acercar posiciones con la Confederación General del Trabajo (CGT), tanto oficialista como sectores críticos (el Movimiento de Trabajadores Argentinos, MTA), que comenzaron a enarbolar con gusto la bandera de la producción nacional” (Schorr, Martín (comp.), Entre la década ganada y la década perdida, Bs. As., Batalla de Ideas, 2018, p. 21).

[7] La larga marcha de Cambiemos, Bs. As., Ed. Siglo XXI, 2017, pp. 339/40.

 

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