Sep 24 2018

1770, PRIMER LIBRO Y PRIMER ESCRITOR MISIONERO



Por Rubén Emilio García   ***

El libro es un conjunto de hojas escritas una tras otra que da cuenta de la historia de la humanidad. Imprescindible desde que el hombre aprendió a leer y escribir, y siempre nos desasna.

La historia señala que el primer libro escrito en Sudamérica, ya que otros anteriores se editaron en México, fue consumado en este pedazo de tierra colorada y llena de verdes cuando pertenecía a las Misiones jesuíticas. Lo concretó el padre José Serrano en el año del Señor de 1770, aunque recién tres años después,  en fecha 5 de septiembre, el Virreinato de Lima otorgó el permiso para imprimir como se exigía en la época; en consecuencia debe considerarse este día como la fecha de expansión de la literatura misionera. En el presente, una calle de Posadas recuerda el nombre de aquel cura imprentero venido de Andalucía, que inspiró a escribir a Nicolás Yapeguay, un guaraní de pura cepa considerado el primer escritor misionero.

Realizó, Serrano, este libro en la imprenta de la Reducción de Nuestra Señora de Loreto, instrumento tipográfico ideado por el lúcido sacerdote austríaco Juan Bautista Newman en el medio de la selva. Y en el cementerio del lugar, precisamente, descansan los restos de José Serrano junto al gran héroe misionero olvidado Antonio Ruiz de Montoya, después que guerreros guaraníes tras su muerte lo trajeran a pulso desde la capital del virreinato.

Fueron a Lima a buscar

El cuerpo del Padre Antonio

Con el fin de sepultarlo

En campo santo misionero

De su querida Loreto

El pueblo que tanto amó

Y eligiera vivir en paz.

Cien misioneros guaraníes

Recorrieron a paso cansino

Mil cien kilómetros de ida

Mil cien kilómetros de vuelta

A rescatar al Padre Antonio

Y ofrendarle en su responso

El Réquiem de adiós terreno

En su última morada

La historia da cuenta también que 58 años después de esa primitiva fabricación, llega al Río de la Plata la primera imprenta importada por el Virrey Vértiz, y a dos años que se cumpliera la expulsión de la Compañía de Jesús del Continente Americano, hito que marcará por siempre la irreversible decadencia de los treinta pueblos de las Misiones.

Se construyó, la imprenta, en el medio del monte con tesón y cariño usándose para tal fin el mejor cerne de madera de la región, elaborándose los tipos mediante aleación de hierro y estaño impregnados con tinta extraída de variadas especies de jugos vegetales, incluido la hoja de la yerba mate.

Recordemos que en las antiguas Misiones los habitantes de los pueblos se autoabastecían en alimentos y vestidos, luego los excedentes de la producción comerciaban para adquirir papel, destinado a la elaboración de libros, y metales utilizados en la fabricación de elementos de labores agrícolas, íconos sagrados e instrumentos musicales, y por supuesto las letras tipográficas.

Estos excedentes de la producción, sobre todo yerba, tabaco y madera, los almacenaban en grandes barracas de acopio para luego comercializarlos a través del puerto de exportación e importación, ubicado en la reducción de Nuestra Señora de la Candelaria, es decir a 20 kilómetros de la actual ciudad de Posadas.

Interesante comprobar que en los desparramados pueblos de las Misiones también se escribían libros sin que existiera máquina impresora en cada uno de ellos, sino que esta única se transportaba de un lugar a otro en forma organizada a través de la selva. En la actualidad este instrumento tipográfico se exhibe en el museo del Cabildo de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

El primigenio libro impreso en las Misiones fue copia de un texto del “Martirologio Romano”, catálogo donde se describe ordenadamente los nombres de santos y mártires de la iglesia católica. Luego siguieron otros narrados en idioma castellano, asimismo en el primitivo idioma guaraní y hasta mixturado con el castellano. Todo un esfuerzo lingüístico.
Un suceso trascendente que conmovió a propios y extraños ocurrió en la Misión Santa María, debido al breve escrito en guaraní titulado “Explicación del Catecismo”, cuyo autor intelectual fuera el cacique del pueblo Nicolás Yapeguay, representando de hecho al primer escritor misionero. Es decir y sintetizando, en la organización comunitaria misionera con respecto a los libros hubo escritores, diseño gráfico, hechura manual, producción intelectual e industria impresora, todos amalgamados en magnífica labor creadora que cala y reconforta el espíritu provinciano. De manera que debe admitirse que en aquel momento histórico, el conocimiento intelectual y de las letras provenía y fluía de la selva. En conclusión pienso y divago: ese conocimiento del pasado bien misionerista, debería estudiarse obligadamente en nuestras escuelas.

 

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