Ago 23 2018

MI BARRIO

 

por Rubén Emilio García   ***

Los barrios de la antigua Posadas entre los chicos de la primaria se componía de tres o cuatro manzanas aledañas pero no más, y lo típico del barrio constituía “la cuadra”, ese espacio único y especial que a todos convocaba y a todos los juntaba como un inmenso imán.

Podían deambular por otras, pero siempre se volvía a “esa calle” para tratar los asuntos más baladí, o de aquellos que creían de importancia. Por otro lado, el centro de reunión elemental de la cuadra era “la esquina”, donde se enfilaba al primer encuentro del día sin agenda pero por costumbre, huso horario, o mayor deleite se preferían las tardecitas de los últimos rayos de sol. El barrio de esta referencia era el “del correo” donde hoy está la AFIP. Aquel viejo correo de los años cincuenta que el 24 de diciembre entregaban la sidra y el pan dulce para la fiesta de Navidad y el 5 de enero los juguetes de los Reyes. Ese fue el barrio y “la cuadra” constituía la Félix de Azara entre Santa Fe y Belgrano. Y las esquinas (porque eran dos) correspondían, una a la sastrería del polaco Horianski frente a la Universidad Sarmiento, la otra en la ochava de la residencia de la familia de don Tochín Belloni frente a la Aduana, el lugar preferido de Magín el linyera más manso de la ciudad, cuando no hacía su parada en el hall de la librería Caroni para observar con sus ojos tristes y cansados el movimiento barrial. Y seguramente desde su apacible esquina habrá observado las tantas caminatas diarias con el andar parsimonioso hacia su oficina de despachante de aduana, en la esquina exacta de Belgrano y Buenos Aires, de Roberto Estévez, el padre del que fuera Teniente Primero del mismo nombre, quien mucho años después daría su vida en la guerra de las Malvinas, cuya carta postrera cuando fue conocida conmoviera de orgullo y tristeza al país. Y desde esa perspectiva, nada más preciso y certero en ese presente holocausto que cortara trágicamente el sueño de tantos muchachos, las palabras elocuentes del poeta cuando dijera: ¡Ay Argentina, Argentina! cuantos jóvenes valientes murieron por vos.

Pero en aquel momento del ayer, toda esta purretada de la barriada con la pelota bajo el brazo concurría a jugar al baldío de calle Belgrano frente a la casa de los Penza o alternativamente al club Unión de piso de tierra. Y en el entrecruce de miradas pícaras guiñaban un ojo a las chiquilinas del barrio, quienes a veces contestaban con sonrisas y otras sacando la lengua.

Allí, en esa cuadra de Félix de Azara, se juntaban, jugaban, crecieron y soñaron en ser alguien en la vida mediante el estudio, tal como lo hacían esos jóvenes del secundario que pasaban diariamente para asistir a clase en sus respectivos colegios, deleitándose al paso de las hermosas y juveniles hermanas Bety y Nené Cambas, Bety Dei Castelli y la inolvidable Miri Márquez Palacios, que al ritmo de sus despreocupados andares arrancaban suspiros esperanzados a los mozos de la época. Esto es así porque ahí nomás estaba el Instituto Incorporado, el Colegio Nacional y en el barrio contiguo, la de Yiyo Argûello, Carlitos Cibils y Fredy Zapelli, se erigía la magnífica y moderna Escuela Normal.

Si bien ese conglomerado de tres o cuatro manzanas los unían en juegos y sueños de adolescentes, jamás pensaron que un joven club los dividiría sin atenuantes como sucedió desde que el club Tokio se vino a la calle Belgrano alterando la armonía del grupo, pues para algunos de los chicos el viejo club Unión quedó a trasmano prefiriendo cambiar el fulbito de su cancha de básquet terrada, por la de básquet de esta nueva con piso de mosaico reluciente. Y los hacedores de este nuevo club, que nunca imaginaron esta división, indudablemente estarán por siempre en el recuerdo de la afición: Los Yamaguchi del bar Tokio, de ahí provine el nombre, Los Diéguez de la confitería, Cacho Salvado, Turi Mónaca, el Cordobés Vivanco, Severino Venanzi, el Dr. Guibert, Bausset el ferretero, Mazal de la farmacia, Bordón de la Universidad Sarmiento y otros tantos moradores que escapan de la memoria. Ellos tuvieron el tesón y la osadía de levantar con fe, optimismo y los bolsillos flacos la querida institución que transformó para bien ese pedazo de barrio. Porque en cuestión ese club, sin quererlo, dividió la barriada de los chicos en dos cuyos referentes fueron Nene Solá en el club Unión y Mario Higinio Álvarez en el club Tokio, muchachos que ya no están entre nosotros.

Tampoco yo estoy en mi viejo barrio, pero cuando vuelvo a corretear por sus calles siento nostalgias indescifrables por volver a ver a aquellos chiquilines, y a esos vecinos amigables y honrados que a sus hijos enseñaban con el ejemplo.

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