May 16 2018

MARADONA, LOPECITO Y EL AMOR POR LA PESCA



Por Nicolás Rotnitzky

La vida de Diego se escribe por capítulos, pero su experiencia como entrenador de Mandiyú resultó la aventura más terrenal de una historia de súper acción: fútbol, tortas fritas, Elvio Paolorosso, lavarropas, Carlos Fren, asados, Chitori, el Paraná, lanchas y dorados.

Casi todas las tardes después de entrenar a Deportivo Mandiyú y almorzar en el hotel donde vivía, Diego Maradona se embarcaba con su lancha en el río Paraná y se iba a pescar.

El mejor futbolista de la historia navegaba en el Paraná buscando dorados con Lopecito, su guía personal. Lopecito cuidaba la lancha de Diego en su casa. Vivía en Paso de la Patria, a 40 kilómetros de Corrientes capital, y salía a pescar con Maradona cada vez que lo llamaba. Era un testigo privilegiado: lo veía salvaje, de pie en el lanchón, sacando dorados con una facilidad prodigiosa. Diego era un animal encerrado que necesitaba huir de la calma correntina. “Me preguntaba muchas cosas –dice Lopecito al teléfono– porque en cada lugar tienen una forma distinta de pescar. ¿Qué si pescaba bien? Diego sabía, es buen pescador”.

El episodio cinematográfico es un pequeño apéndice dentro de todas las vidas que vivió Diego Maradona. En octubre de 1994, siendo uno de los hombres más famosos del mundo, se mudó al interior del país para comandar a un club que transitaba con desánimo la máxima categoría del fútbol argentino. Maradona en Corrientes podía ser un volcán lo suficientemente poderoso como para aplastar el ritmo lento de la ciudad.

La pesca apareció en la rutina de Diego como una salvación en medio de días caóticos. La FIFA le había prohibido jugar al fútbol por quince meses debido al doping positivo del Mundial de Estados Unidos. A sus 34 años, lo invitaban a retirarse condenado. Los rumores de su adicción a la cocaína ya se habían convertido en certezas. Quizás por eso pescaba casi a diario. En la lancha, además de Lopecito, lo acompañaban Carlos Fren, su ayudante de campo en Mandiyú, Elvio Paolorosso, preparador físico de aquel plantel, y Chitoro, Don Diego, su padre, el correntino.

Cuando Diego se cansaba, empuñaba el dorado más grande que había sacado del río y lo dejaba en el Club Regatas para que lo cocinaran a la parrilla. Por las noches volvían a Regatas y comían a orillas del Paraná. En esas cenas con su núcleo duro, Diego era uno más.

Aunque lo conoció en Corrientes, Paolorosso tardó poco en ganarse su confianza. Era un preparador físico en ascenso, un hombre que edificaba su carrera ladrillo a ladrillo. Fren lo sumó al cuerpo técnico debido a que Fernando Signorni, el hombre que afinó el violín para Estados Unidos ‘94, estaba trabajando en Japón y rechazó la propuesta. Paolorosso, que años después acompañaría a Gerardo Martino al Barcelona, todavía recuerda la primera vez que vio a Maradona: Me sorprendió su mirada penetrante –dice–. Me trató como a un amigo de  toda la vida. Me invitó a vivir en su hotel y me sumó a los planes que hacía, andábamos juntos de acá para allá”.

Maradona vivía en el Hostal del Pinar, un hotel inmenso en la costanera correntina. Ocupaba solo la habitación más lujosa porque Claudia y sus hijas estaban en Buenos Aires. En el mismo piso se hospedaba Fren, y Paolorosso dormía más abajo. “Se lo veía poco por la ciudad”, recuerda Roberto Capará, periodista del diario El Litoral. “Vivía encerrado en el hotel, y salía de noche para comer en Regatas. No tuvo una vida muy abierta, no hubo un contacto con la gente como se esperaba”, explica.

Lopecito, en cambio, cuenta otra historia. Dice que una tarde después de pescar le pidió que lo acompañara a un colegio secundario en Paso de la Patria porque los compañeros de su hija lo querían conocer. Diego dijo que sí: Diego Maradona, ocho años después de humillar a cinco ingleses en el Estadio Azteca, ocho años después de convertirse en un Dios terrenal, se subió a un Ford Falcon azul marino, viajó durante veinte minutos bajo el sol radiante por un camino de tierra, y llegó a la puerta de una escuela del Corrientes profundo. Lo esperaban cincuenta chicos en la vereda. Diego bajó del auto, saludó a cada alumno con un beso, se sacó fotos, y regresó en el Ford Falcon.

Diego irrumpió en Paso de la Patria como un ángel. El imán Maradona atraía a los adolescentes de una escuela del interior de Corrientes, pero también a los medios nacionales –que enviaron periodistas para cubrir el histórico suceso–, a los hinchas de Mandiyú, y a los jugadores de Mandiyú.

El plantel estaba citado a las 10.30 para el primer entrenamiento. Maradona aterrizó en la capital correntina una hora y media antes. En el aeropuerto lo recibieron 500 hinchas. Diego llegó antes de tiempo al predio y se encontró con una sorpresa: el equipo completo lo estaba esperando. Tenían algo más que ansiedad por conocer a Maradona: necesitaban a alguien con la magia para revertir el desastre, los dos puntos sumados en cinco fechas. Pedro González, un viejo wing de River de la década del ’70, acababa de dejar la dirección técnica con el equipo ahogado en el fondo de la tabla. Roberto Cruz, gerenciador de Mandiyú, creía tener al mago indicado para salir del agobio: escuchó el deseo de Maradona por volcarse a la dirección técnica y cerró su contratación en un día. “Estábamos conmocionados, con muchas ganas de conocerlo, tenerlo enfrente, escucharlo hablar”, cuenta Jorge Martínez, lateral derecho de aquel equipo. Maradona cerró las prácticas para la prensa, una medida poco habitual en la ciudad. Lo hizo la primera vez, y lo hizo casi todas las veces. Adentro, en el campo de juego, desencadenaba al Diego futbolista. “¿Sabés lo que era pateándole a los arqueros? Decía ‘voy a pegarle al ángulo’, y los diez tiros iban al ángulo. Parecía una repetición”, dice Martínez.

Después de entrenar, el cuerpo técnico se sentaba en el pasto a comer las tortas fritas que les llevaba una empleada del club. Un día Maradona quiso ver el lugar donde trabajaba la señora. Ella lavaba la ropa del plantel, y Diego descubrió que lo hacía a mano: camisetas, pantalones, medias: todo a mano. Al día siguiente llegó al complejo con dos lavarropas. Los miércoles cambiaban las tortas fritas por un asado con los jugadores. Maradona hacía traer la carne desde Buenos Aires. un carnicero le mandaba sus cortes preferidos en cajas blancas de cartón corrugado. “Disfrutábamos mucho esas charlas, Diego contaba anécdotas, vivencias. Y decía que su sueño era dirigir a la Selección: que así como quiso jugar un Mundial, su sueño, en ese momento, era dirigir a Argentina en una Copa del Mundo”, dice Martínez. El paraguayo Guido Alvarenga, el futbolista más destacado del grupo, recurrió a aquellas comidas como una forma de criticar la metodología de trabajo del cuerpo técnico: “No sé si con Maradona entrenábamos, pero comíamos unos asados…”, señaló en una entrevista.

Es que el equipo siguió averiado. Diego no tenía habilitación para dirigir. No había hecho el curso de técnico, y FIFA no había especificado si el castigo alcanzaba a la dirección técnica. Como en su debut contra Rosario Central no pudo salir a la cancha, le armaron un corralito en la platea. Agarrado del alambrado, vio el juego en cólera, como una fiera enjaulada. Central, al final, ganó 2 a 1. “Me cansé más que en un partido con alargue de la Selección”, dijo en “El Diego de la gente”. Tardó tres fechas en conseguir los permisos de AFA y FIFA. La Asociación de Técnicos del Fútbol Argentino le dio el título de entrenador a modo de homenaje. Cuando se sentó en el banco de suplentes en Caballito, contra Ferro, El Gráfico lo calificó como el “mejor vestido de la AFA”.

Por aquellos días, El Gráfico estaba enemistado con Diego. Lo usaban de saco de boxeo: en la tradicional sección “Si lo sabe hable” publicaban semana a semana rumores de sus andanzas en Corrientes: una pelea con Sergio Goycochea –arquero de aquel equipo–, chicanas para Carlos Fren –“el alcanzapelotas personal de Diego”– y reproches al frágil desempeño futbolístico del equipo. Mandiyú nunca levantó cabeza. Dirigidos por Maradona, jugaron doce partidos: ganaron uno, empataron seis y perdieron cinco. Terminaron anteúltimos. En su autobiografía calificó a la campaña de “chiquita”.

Maradona dejó Corrientes en diciembre, dos meses después de llegar. Cruz le debía plata. El plantel tampoco cobraba los sueldos. La debacle fue anunciada: seis meses después, Mandiyú descendió y desapareció. Pero la saña de El Gráfico excedía a los malos resultados. Hablaban de su mal estado de salud como si disfrutaran contarlo arruinado. “Estaba muy perturbado por el tema de la droga”, asegura Capará, periodista correntino. Escudero en esos días, Paolorosso no coincide: “En Corrientes jamás lo vi alterado. Lo veía muy bien, muy enfocado. En Racing ya lo vi diferente”, dice. Carlos Fren hizo el mismo diagnóstico en una entrevista con Olé publicada en 2011: “Se decía que estaba mal, pero en Mandiyú anduvo de diez”. A 24 años del experimento en Corrientes, Fren no quiere hablar de Maradona. Lo dice tan claramente en una nota de voz de Whatsapp que insistirle es en vano: “Sinceramente, siempre fui amable con el periodismo. Pero la verdad es que de esta persona no quiero hablar, ni bien ni mal”.

Al año siguiente trabajaron juntos en Racing. La campaña fue una catástrofe. Diego se reconcilió con Guillermo Coppola y con el tiempo se olvidó de Fren, de Lopecito, de la caña de pescar, de los asados con los jugadores, de las tortas fritas en el suelo. La vida de Diego se arremolinó tanto que se convirtió en un huracán devastador.

Y entonces vinieron todas las otras vidas de Diego..

 “Me preguntaba muchas cosas –dice Lopecito al teléfono– porque en cada lugar tienen una forma distinta de pescar. ¿Qué si pescaba bien? Diego sabía, es buen pescador”. El guía de pesca que compartía todas las tardes con Maradona en Paso de la Patria


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