Abr 05 2018

MARÍA CLARA CIOCCHINI, DE BAHÍA A LA PLATA: “ME VOY PARA SEGUIR MILITANDO”


Por Leonardo Marcote///-.

 En noviembre de 1975 María Clara Ciocchini tuvo que tomar una decisión que hasta ese momento venía postergando, pese a la insistencia de su madre. Debía irse de Bahía Blanca, su ciudad natal. Miembros de la Triple A venían pisándole los talones a la joven militante de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES).

Y si bien, hasta ese momento había tenido suerte en dos allanamientos; el primero en el edificio de la calle Soler, donde vivía, y luego en el estudio de su padre, el poeta Héctor Ciocchini. Los padres querían ponerla a salvo porque sabían que la Triple A la iba a seguir buscando.

En aquellos convulsionados días; en donde, además de esconderse, buscaba nuevas excusas para convencer a su madre, Elda Suarez, de no dejar Bahía Blanca, la joven  había terminado de cursar el último año de la escuela secundaria. Debido a su activa militancia en la UES y en el grupo scout de La Pequeña Obra, que la obligaba a relegar horas de estudio, no pudo aprobar todas las materias y debía prepararse en el verano para rendir Matemática.

Con la esperanza de poder torcer la decisión de su madre, junto con sus amigas comenzó a estudiar para poder culminar con éxito el quinto año en el colegio Normal. Se encontraban en alguna esquina para ir todas juntas hasta el profesor particular, que, casualidad, era el mismo que las había reprobado.

María Clara venia escondiéndose en casa de compañeros, de amigas, no dormía todas las noches en su casa, usaba pelucas, se pintaba la cara para que no la reconocieran. Y, pese a tener todos esos cuidados, más de una vez se vistió de manera sensual para llamar la atención del profesor que tenía enamoradas a muchas de sus alumnas.

Una tarde, mientras conversaba con una de sus compañeras, que la tenía clandestina en su casa, le manifestó que la situación era insostenible y que su mamá le había advertido que antes del fin de año se marcharían a La Plata, a la casa de los abuelos maternos.

Elda Suarez era consciente que aquellos hombres de civil, que se acercaron hasta el departamento con una foto de María Clara a preguntarle al conserje del edificio si sabia quien era, iban a volver por más.

Pero la “ciega”, como solían llamarla a María Clara, no estaba convencida de irse, de abandonar a sus compañeros, a sus amigas. Era consciente de que era una referente para muchos de sus compañeros y les hizo saber a más de uno de ellos el dolor que sentía por dejar Bahía. Antes de marcharse alcanzo a decirles: ‘Si me voy, no me voy a quedar con las manos cruzada. Me voy para seguir militando’. Y cumplió su promesa.

La Plata, diciembre de 1975
La llamada “ciudad de las diagonales” parecía el lugar ideal para seguir profundizando su compromiso político. Una ciudad que tenía un Movimiento Estudiantil activo y comprometido, que en la primavera del ‘75 había movilizado aproximadamente 5.000 mil estudiantes para pedir la implementación de un Boleto Estudiantil Secundario; que denunciaba los asesinatos perpetrados por la Concentración Nacional Universitaria (CNU); que mantenía un fuerte trabajo en los barrios más pobres. En ese contexto de resistencia estudiantil llegaba María Clara a La Plata.

Comenzaba a instalarse cuando el 25 de diciembre sucede un episodio que condicionará los planes del Movimiento Estudiantil para los primeros meses del ‘76. Es secuestrado y asesinado por un comando de la CNU, Ricardo Rave conocido por todos como “Patulo”, referente de la UES. El año no terminó de la mejor manera.

Marzo – septiembre de 1976
Se le había pasado el enojo con su madre y aunque no le dirigió la palabra durante todo el viaje de Bahía Blanca a La Plata, ahora tenía nuevos motivos para tener ocupada su cabeza. Pasaba las horas conversando con sus hermanas Claudia y María Eugenia, su otra hermana, Ana Inés, no viajó con la familia porque estaba instalada con su compañero en Mar del Plata.

Una vez que María Clara en la UES y Claudia en la Juventud Peronista (JP) pudieron instalarse con sus nuevos grupos de militancia, comenzaron a frecuentar menos la casa de los abuelos. María Eugenia era la única de las hermanas que no tenía militancia política.

María Clara ya se había sumado a uno de los grupos de militancia de la UES, en ese grupo estaban María Claudia Falcone y Horacio Ángel Ungaro, entre otros.

Con María Claudia se hicieron amigas y con Horacio fueron novios. Pasó varias noches en la casa de la familia Ungaro. Con María Claudia habían tenido la idea, ya que para septiembre del ’76 no quedaban lugares de encuentros seguros, de realizar las reuniones clandestinas en la casa de la tía de María Claudia. Ambas pasaban largas horas cuidando de la anciana que había salido de una operación. El edificio de la calle 56, numero 586 comenzó a ser frecuentado por varios jóvenes que subían y bajaban al departamento. Un consorcio tranquilo que de golpe se vio invadido por militantes que, en su gran mayoría, subían ‘tabicados’.

María Clara había perdido el contacto cotidiano con su madre y sus hermanas. Las cosas empeoraron cuando en agosto secuestraron a sus padres. Luego de interrogarlos por aproximadamente 24 horas, fueron liberados. Nunca pudieron reconocer el lugar en el cual estuvieron detenidos. Los interrogatorios fueron por la militancia de sus hijas.

El 15 de septiembre de 1976, alertadas por los movimientos del departamento, María Claudia le pidió dinero a su papá para poder mudarse por unos días, junto con María Clara, a otro lugar. Buscaron un nuevo refugio pero no tuvieron suerte. Dieron varias vueltas por la ciudad. Cuando comenzaba a oscurecer, y al no haber conseguido otro escondite, decidieron que lo mejor era volver al departamento. No es ilógico pensar que la charla que mantuvieron aquella noche giró en torno a procurar un lugar más seguro, ya que en los últimos días habían dado muchas vueltas antes de entrar al edificio porque temían ser perseguidas. María Clara era dos años más grande que Claudia y tenía el grado de oficial dentro de la organización político-militar. En ese momento ella era la responsable política de Claudia. En los primeros minutos del 16 de septiembre la policía ya había liberado la zona que rodeaba el edificio y le daba vía libre al ejército para que actuara. Un camión de la fuerza estacionó en la puerta del edificio, descendieron varios uniformados y entraron.

Jorge Falcone, el hermano de María Claudia, al otro día de lo sucedido, se dirigió hasta el departamento para hablar con el portero del edificio. “El portero contó que  fueron intimadas a rendición por parte de un grupo de civiles armados que irrumpió violentamente en el hall. Las chicas corrieron escaleras arriba amenazando a los intrusos con abrir fuego, pero la conciencia fatal de que se hallaban en el estrecho pasillo de un edificio de departamentos lleno de familias las hizo desistir de armar un tiroteo. Y buscaron refugio en casa de la tía “Tata”, que a esas horas descansaba ignorándolo todo. Una vez que llegaron allí, trabaron la puerta como pudieron y pensaron en arrojarse hacia alguna terraza lindera, pero estaban en un sexto piso y toda opción era muy arriesgada.

“Durante esas cavilaciones, los matones tumbaron la puerta, encerraron a la sobresaltada dueña de casa en su habitación y redujeron a ambas dirigentes de la UES para encaminarse, acto seguido, al baño del departamento. Retirando la tapa plástica del botón del inodoro, recogieron un gancho del que pendía una bolsa de polietileno que protegía varias armas cortas y algunas pepas (granada de fabricación montonera) perteneciente a la agrupación. La tía, que logró espiar sin ser advertida, pudo apreciar que se movieron con datos precisos. Por último, las sacaron a empujones conduciéndolas a un camión del Ejército apostado frente al edificio, en el que según testimonio de la peluquera del barrio aguardaba personal militar en uniforme de fajina”.

La madrugada del 16 de septiembre de 1976 también fueron secuestrados de sus casas Horacio Ungaro, Daniel Rasero, Francisco López Muntaner, y Claudio de Acha, todos militantes de la UES.

María Claudia y María Clara fueron llevadas hasta el Centro Clandestino “Pozo de Arana”, donde permanecieron secuestradas-desaparecidas en ese lugar hasta el 23 de septiembre de 1976, fecha en la que son nuevamente trasladas hasta El Pozo de Banfield, otro de los Centro Clandestinos del general Ramón Camps, jefe de la policía bonaerense. Por testimonios de ex detenidos se cree que fueron fusiladas entre enero y febrero de 1977.

Miro los desaparecidos,
sus fotografías en los diarios
como un remordimiento de lúcida pureza
y de bellos paisajes.
Y nunca están más vivos
que en esa cualidad esencial
que deja su vacío.
Ellos viven
esa mitad oscura y luminosa
vedada a nuestras rutinarias vidas.
Soles desconocidos
pasarán a la íntima
materia de los fuegos.

Del libro “Ofrenda” de Héctor Ciocchini publicado en 1985 y dedicado a María Clara.

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