Ene 06 2018

POSVERDADES PATAGÓNICAS

 

Por Jorge Elbaum

A demonizar que se acaba el mundo.

El esquema represivo del gobierno nacional continúa sumando sujetos colectivos etiquetados como “peligrosos”. Grupos que, en la mirada represiva hoy en boga, ponen en riesgo la convivencia democrática. Uno de esos actores demonizados son los Mapuches, “gente de la tierra”, a quien se acusa —entre otras imputaciones— de “no ser argentinos” y/o de expresar sus reclamos en términos violentos. La primera de esas atribuciones ha sido utilizada en varias ocasiones históricas para quitarle derechos nacionales a diversos tipos de reclamos, promoviendo la clausura de todo tipo de sensibilización, por parte del resto de la sociedad, por el carácter foráneo de sus demandantes.

La expatriación simbólica requiere, para su difusión y “éxito”, obviar y/o prescindir de la historia.
Sin embargo, algunos ejemplos poco recordados sirven para superar las falsificaciones en boga, coherentes con la estilística xenófoba del actual gobierno (cuando se trata de sujetos pobres) y de admiración desmesurada cuando se refiere a sujetos acaudalados pasibles de convertirse en inversores.

A principios de 1816 el General San Martín vivía en Mendoza y ocupaba el cargo de Gobernador Intendente de Cuyo, mientras se encontraba planificando el cruce de los Andes. Para evitar que la información llegara a los españoles, y garantizarse la colaboración de los pueblos originarios, San Martín solicitó desde el campamento del Plumerillo un “parlamento” con el cacique más anciano de los pehuenches y mapuches —colectivos étnicos que hablan la misma lengua—, conocido con el nombre de Ñacuñán. En ese “parlamento” (término con el que se denominaba entonces el encuentro entre jefes de dos grupos nacionales), San Martín le solicitó autorización para atravesar sus tierras y colaboración militar para el cruce del ejército libertador.

En una carta enviada por San Martín a Godoy Cruz, escribe textualmente: “Marcho al Fuerte de San Carlos, con el objeto de tener un Parlamento General con los indios, en él me propongo que me franqueen el paso por sus tierras, como el que auxilien al ejército con lo que tengan, pagándoselos a los precios que se establezcan”. San Martín les pidió permiso para atravesar sus tierras (“ustedes son los verdaderos dueños de este país”, les dijo) y dialogó con una docena de caciques, liderados por Ñacuñán, que lo escucharon sentados en el piso.

Los líderes mapuches resolvieron dar su apoyo al General. Sólo tres de ellos se negaron, pero se comprometieron a no interferir en sus planes ni colaborar con los españoles. En aquella ocasión, incluso, todos los caciques obsequiaron ponchos tejidos por sus respectivas mujeres, como prueba de afecto y reconocimiento a la figura del libertador. San Martín se encaró de sintetizar el encuentro con los mapuches de la siguiente forma: “… Concluí con toda felicidad mi gran Parlamento con los indios del sur: auxiliarán al ejército no sólo con ganados, sino que están comprometidos a tomar una parte activa contra el enemigo… Quizás haya sido este posicionamiento el que llevó años antes, a San Martín, a promover junto a Belgrano, la posibilidad de contar con un monarca Inca como autoridad política del América del Sur. Una de las frases más citadas del nacido en Yapeyú deja en claro su compromiso con los pueblos originarios: “La guerra la tenemos que hacer del modo que podamos. Si no tenemos dinero, carne y un pedazo de tabaco no nos han de faltar. Cuando se acaben los vestuarios nos vestiremos con las bayetitas que trabajan nuestras mujeres, y sino andaremos en pelotas como nuestros paisanos los indios. Seamos libres, que los demás no importa nada”.

Los estudios histórico-antropológicos más sistemáticos realizados ponen en evidencia —tal como lo puntualiza Carlos Martínez Sarasola en su libro Nuestros paisanos los indios— que “los mapuches (como ya se denomina a los araucanos) pasaron a ocupar (antes del siglo X de nuestra era) la parte oeste de Neuquén, Río Negro, Chubut y Santa Cruz y porciones muy restringidas en La Pampa y Río Negro, así como también enclaves aislados en la provincia de Buenos Aires.” El hecho de que del otro lado de la cordillera haya sobrevivido una población comparativamente más extendida, en términos demográficos, que la existente en Argentina, ha sido uno de los continuos subterfugios esgrimidos por interesados terratenientes (e ideologías etnofóbicas) para promocionar la inexistente “invasión mapuche/araucana”.

Uno de estos cultores de la malversación histórica ha sido Rolando Hanglin, quien se ha instituido como un aparente preclaro conocedor de la temática luego de cursar algunas materias en la carrera de antropología de la universidad del Salvador, perteneciente a los jesuitas. Hanglin, quien se constituyó en un “cruzado” encargado de liderar la expatriación simbólica, señaló en una nota aparecida en el diario La Nación, el 22 de septiembre de 2009 que: “No hay habitantes originarios, o mejor dicho sí los hay: originarios de Chile.” En ese mismo artículo afirma que entre los originarios pueblos pre-existentes del territorio argentino sí figuraban —a la llegada de los colonizadores— los pehuenches. Hanglin, autor del poco recordado libro El hippie viejo, no logró advertir que los pehuenches son mapuches y así se denominan a sí mismos. Los estudios arqueológicos y antropológicos llevados a cabo desde 1980 hasta nuestros días proporcionan evidencia histórica que demuestra la presencia mapuche en ambos lados de los Andes desde el siglo XI hasta la actualidad.

Otro de los elementos que el locutor (conocido en el “movimiento Osho” como Swami Dhyan Nandi, nominación que de ninguna manera puede ser catalogada de foránea), pasó por alto es la historia de Ceferino Namuncurá, hijo del cacique Manuel, nacido en Chimpay y beatificado el 11 de noviembre de 2007 por Benedicto XVI. Ceferino sólo habló mapudungun (lengua mapuche) como única forma de comunicación hasta los diez años. Y se presentó ante el papa Pío X como un “hombre de la tierra” en alusión a su íntima identidad. En 1897 fue trasladado a Buenos Aires para recibir educación salesiana, en el colegio Pio XI, cruzándose en los recreos con un entonces ignoto alumno francés conocido con el nombre de Carlos Gardés. Ceferino falleció en 1905, y el 12 de agosto de 2009 sus familiares trasladaron las cenizas a la Comunidad de San Ignacio, en el departamento Huiliches (provincia de Neuquén), a 60 km de Junín de los Andes, bajo el rito de su identidad mapuche.

Miguel Hesayne, quien fuera obispo de Viedma —y uno de los sacerdotes más comprometidos con los Derechos Humanos durante la última dictadura genocida—, declaró en una entrevista con Corina Duarte en 2003 que la llegada del papa a la Patagonia en 1987 supuso “la preferencia para los mapuches (…). Ellos estuvieron en primera línea; les pudo dar la mano, los bendijo y ellos también le regalaron al Papa un poncho” (…) que luego de ponérselo, agradeció afirmando “Ahora yo también soy mapuche”.

Hesayne afirmó reiteradamente que el epicentro de su labor pastoral como obispo patagónico fueron los mapuches “porque sentía que eran los más pobres entre los pobres. Tal era su pobreza que hasta habían perdido su identidad, o la estaban perdiendo definitivamente”. En la homilía del papa en Viedma, el 7 de abril de 1987, se dirigió a integrantes de la comunidad como los “los antiguos habitantes de esta vasta meseta”. La utilización del término “meseta” (descartando el de cordillera) supuso un claro mensaje contra quienes —desde fines del siglo XIX— abonaron la teoría “expatriadora” de los “araucanos”, nombre con el que los conquistadores denominaron a quienes a si mismos nunca se llamaron de tal manera.

Más allá de estos antecedentes, las insidiosas propaladoras de la posverdad —original eufemismo para quitarle el acento lúgubre a la literal mentira— olvidan además que la Constitución Argentina, rubrica en su Artículo 75. Inc. 17, lo siguiente: “Reconocer la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas argentinos. Garantizar el respeto a su identidad y el derecho a una educación bilingüe e intercultural; reconocer la personería jurídica de sus comunidades, y la posesión y propiedad comunitarias de las tierras que tradicionalmente ocupan; y regular la entrega de otras aptas y suficientes para el desarrollo humano; ninguna de ellas será enajenable, transmisible ni susceptible de gravámenes o embargos. Asegurar su participación en la gestión referida a sus recursos naturales y a los demás intereses que los afecten”.

Ni Hanglin, ni los asesinos de Rafael Nahuel, ni los responsables de la muerte de Santiago Maldonado, ni Benetton, ni Lewis, ni toda la parafernalia lingüística vaga e imprecisa destinada a demonizar a los pueblos originarios, a los trabajadores y a sus líderes sociales o políticos, han logrado ser capaces de suprimir los datos fácticos del pasado ni eludir la relevancia de una Carta Magna.
La señora historia, por su parte, parece ser una dama porfiada que deja infinitas evidencias de su accionar. Incluso señales mapuches.

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