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Dic 03 2017

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LILIANA VIOLA Y SU BIOGRAFÍA DE ABERTO MIGRE: NOS PERMITE REVISITAR LOS 70 DESDE OTRA PERSPECTIVA”

Por Emanuel Respighi

La investigación de la periodista viene a saldar una deuda histórica con el autor que moldeó la cultura sentimental de varias generaciones a través de sus ficciones. Viola lo define como “un maestro del suspenso aplicado a las emociones sexuales”.

Liliana Viola sobre Migré: “No lo conocí ni fui fanática, pero tengo la sensación de extrañarlo”.
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Imagen: Bernardino Avila

Tuvo casi tantos apodos como títulos de telenovelas escribió. Fue “el autor del amor” pero también “el padre de la lágrima”. Lo erigieron el “Rey midas de la televisión” pero también lo señalaron como “el empalagoso”. Mientras algunos lo llamaban “el señor éxito”, otros no dejaban de endilgarle que no era más que una “fábrica de engendros”.

Celebrantes y detractores coinciden, sin embargo, en que fue una de las grandes figuras de la pantalla chica argentina. Novelas como Rolando Rivas, taxista, Piel naranja, Pobre diabla o Una voz en el teléfono acompañaron la vida cotidiana de buena parte de los argentinos, que a través de sus creaciones fantaseaban con protagonizar alguno de sus edulcorados y cursis amores televisivos. Alberto Migré fue todo eso junto.

Pero también un hombre que pese a su alta exposición como autor (nadie puede olvidar que cada uno de sus capítulos abría con el inefable “Alberto Migré presenta” y finalizaba con “Fue una creación de Alberto Migré”) se lo conoce poco. Mucho menos aún se ha analizado su obra. Una deuda que Migré (Penguin Random House), la biografía escrita por Liliana Viola que acaba de publicarse, viene a saldar para con el autor que moldeó la cultura sentimental de varias generaciones a través de sus ficciones.

Migré fue mucho más que el gran escriba de la telenovela argentina.
Fue un hombre que a través del amor marcó a fuego la cultura argentina, con novelas que “pararon” el país en los setenta, ochenta y la primera mitad de los noventa. Criticado y amado con la misma pasión que atravesaba a sus personajes, el autor que ostenta en su haber haber escrito más de 700 títulos manipuló con maestría los sentimientos de televidentes que únicamente podían estar relacionados por esas historias que los transportaban a mundos distantes a su realidad. ¿Cómo se explica, si no, que mujeres tan comprometidas con su tiempo como Victoria Ocampo o Cristina Fernández de Kirchner hayan sigo fanáticas seguidoras de sus novelas? ¿Y que algún beso público dado por Juliana Awada y Mauricio Macri haya sido ensayado teniendo en mente los que se daban en las novelas de Migré, según admitió Jaime Durán Barba? Migré lo hizo.

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Télam
Migré consolidó un melodrama nacional y porteño.
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“Detenerme a analizar la vida y obra de Migré fue más un impulso que un gran plan”,
reconoce a PáginaI12 la autora y editora del suplemento Soy de este diario. “Me llamó la atención –cuenta– la cantidad de veces que aparece Migré en situaciones muy distintas: un político se pelea con otro y la prensa comenta ‘esto es peor que una de Migré’; un gurú del marketing político confiesa que copió de las telenovelas el beso apasionado que les hizo ensayar a su candidato y su esposa para ocasiones importantes. Soledad Silveyra sale a apoyar a la empresa Uber con un posteo que dice ‘Perdoname Rolo, me voy con Uber’ y los taxistas salen a matarla. Más que una persona, Migré es una palabra del vocabulario argentino. Yo no lo conocí ni fui fanática pero, sin embargo, tengo la sensación de extrañarlo. Esta proximidad tan insólita con un desconocido me pareció un buen insumo para meterme a hacer una una biografía. Creo que es fundamental para el trabajo del biógrafo tener alguna conexión completamente inexplicable con ese otro en cuya vida se va a meter. Las vidas terminan entrelazándose”.

–¿Tiene algún recuerdo puntual como espectadora?


–Si, una sensación espantosa: recuerdo que cuando tenía 10 años perderme un capítulo de Pobre diabla era el equivalente a lo que yo pensaba que era perder un amor, como si me hubieran prohibido comer helados de por vida. Ese recuerdo es más fuerte que el recuerdo del argumento. Y dos años después, el asesinato de los protagonistas de Piel naranja
(Arnaldo André y Marilina Ross) me provocó taquicardia y lágrimas durante un par de años. Es la imagen que para mi representa el comienzo de la dictadura. En diciembre de 1975, unos 3 meses antes del 24 de marzo, Migré rompe la garantía del final feliz propia del género, traiciona a los espectadores y a su vez les muestra lo que estaba pasando detrás de la pantalla, que entre otras cosas era: violencia solapada, violencia sangrienta y una iglesia que lo acusaba de promover la infidelidad femenina.

–Y más allá de ese primer impulso, ¿por qué cree que hoy pude interesar un libro sobre Migré?

Se lo respondo con algo que dijo Manuel Puig: “Tengo el temor de que las formas cultas del arte hayan ejercido una grave represión, y que haya oportunidades fascinantes dentro de las expresiones condenadas y descartadas”. Migré configuró una educación sentimental durante décadas y creo que hoy nos permite revisitar los años 70 desde otra perspectiva: las tardes de las mujeres en su casa, las noches de la familia ante el televisor, el pudor de los hombres ante la caída en lo sentimental. Migré representa un modo de hacer y de mirar televisión que incluye los comentarios del día siguiente en un tiempo en que no había videocaseteras ni existía la posibilidad de rebobinar. Pero además, hay que tener en cuenta que la misma gente que peleaba por Perón o no Perón, la que sufría el efecto del “Rodrigazo”, los que entraban en la lucha armada y los que se desentendían de todo, miraban las de Migre o vivían o estaban de novio con alguien que las miraba.  

–¿Es un libro para la nostalgia?

–No está escrito bajo la a premisa de que todo pasado fue mejor. Recordemos que en aquella época, cada vez que un actor salía de un living las paredes quedaban temblando y los actores con el picaporte en la mano. Que había que pegarle al televisor para que anduviera. Más que nostalgia hay una trabajo de evocación. Las deficiencias de la técnica formaron una estética: hoy podés mirar una serie que te parece tonta o aburrida porque te gusta el vestuario o la reconstrucción de época… En ese momento el arte se apoyaba en otras cosas, que en general salían de la cabeza de un autor. Migré ha reconocido que si recurre tanto al teléfono es para ahorrarse decorados y que cuando un personaje se iba de viaje al campo o al exterior, lo hacían pasear por Parque Lezama. El taxi de Rolando Rivas estaba casi siempre quieto adentro del estudio zarandeado por asistentes.

–¿Bajo qué ideas comenzó la investigación y qué descubrió en el desarrollo sobre su figura y obra?

–La comencé bajo una idea muy pesimista: que no iba a interesar. Me sorprendió que Juan Boido, el editor de Penguin Random House apenas se lo ofrecí me diera un sí tan rotundo. También pensé en que iba a ser difícil y no me equivoqué. El universo de Migré está más en las imaginaciones que en los videos. La mayoría de sus telenovelas se perdieron. Por suerte tuve acceso a su archivo personal que conserva casi todos los guiones desde la época de la radio, ahí hay muchas claves de su método de escritura. Por ejemplo, creo que no tiene más de 5 tramas básicas que fue renovando y rescribiendo. Descubrí también algo muy raro: si preguntás por Migré a cualquiera, tarde o temprano te dirá: “Se paraba el país.” Es una imagen muy interesante para analizar, sobre todo como metafora de los años 70.

–Más allá de lo personal, ¿cuáles considera que fueron los principales aportes de Migré al género telenovela, tanto en el país como en el mundo?

–El gran aporte fue haber consolidado un melodrama nacional y porteño frente a toda una tradición del melodrama de signo cubano, o el culebrón mexicano. Lo segundo, el haber contribuido a armar una suerte de star system local. Uno tercero y no tan vislumbrado, el haber agregado a un género tan rígido, una infinidad de capas de lectura. Cada personaje tiene un lenguaje propio, la música tiene un lugar increíble, se ocupa de presentar contradicciones, el público las recibiría también en diversos planos, supongo.

–¿Por ejemplo?
Generalizando, ¿las tramas de sus novelas acompañaban el clima de época, adelantaron temas que eran tabú en la época? ¿Cómo dialogaron sus historias con la sociedad?

–En la segunda parte de Rolando Rivas, cuando la protagonista, Soledad Silveyra, decide dejar la telenovela porque la relación con el actor, Claudio García Satur, le estaba trayendo serios problemas en su matrimonio, en la ficción, la caprichosa y ricachona Monica Helguera Paz deja de amar a Rolando. Es un personaje que de pronto ha madurado, la fusión de clases era una ilusión. Recién casada con Rolando y obligada a vivir en la casa de Boedo con la familia que la odia, decide abandonarlo e interrumpir el embarazo. Si bien Migré lo hace para que las espectadoras odien al personaje saliente y puedan aceptar al nuevo amor del taxista, el asunto del aborto está tomado de un modo muy complejo. Hay una escena donde la mejor amiga de Mónica trata de convencerla de no abortar. Empieza a enumerar razones. Dice que lo más hermoso para una mujer es darle un hijo a su esposo, que la maternidad te completa, etc. Monica la mira apesadumbrada y le pregunta: “¿Y eso quién lo dice?” Entonces la amiga interpretada por Laura Bove le responde: “Ay… no sé… Ahora no me acuerdo si fue Simone de Beauvoir o Mirtha Legrand.” Esta bestialidad la esta diciendo en el año 1973 cuando ni se hablaba de una ley de divorcio. De aborto, ni hablamos hoy.

–¿En dónde residía, según su visión, la popularidad que alcanzaron sus telenovelas?

–Eso es un gran misterio. No tenía una fórmula, si no no se explica cómo tiene en su haber más fracasos que éxitos. Lo que pasa es que nunca dejó de producir sucesos desde la década del 50 con Esos que dicen amarse hasta los 90 con Una voz en el telefono. Me parece que uno de los secretos es que no trabajaba en función del éxito, o mejor dicho, el éxito entendido como rating no estaba entre sus prioridades. Se divertía trabajando, armaba cofradías.

–Migré hoy es considerado como padre del género, ¿pero cómo fue tratada su obra en su tiempo? ¿Era un autor exquisito y poético, o cursi y sensibilero?

–Se lo trataba con un desprecio que hoy espantaría o se resolvería en tribunales. En las revistas Humor y Satiricón le daban con todo y con alusiones muy crueles sobre su homosexualidad. Creo que era una violencia que venía respaldada por un desprecio mucho mayor frente a todo lo relacionado con lo femenino, lo rosa, lo afeminado. Era una época donde no se hablaba de bullying ni de acoso ni de crímenes de odio. Atravesó el éxito con aplausos y maltratos constantes. Hoy los mismos actores y actrices reconocen que se mataban por trabajar con él porque era una catapulta al éxito, pero una vez allí querían despegarse y hacer obras cultas, para limpiarse el “prontuario”.


–¿Era un tipo ególatra, en función de su aparición permanente en la placa al comienzo y al final de cada capítulo, y de sus entrevistas al elenco al comienzo y al final de cada telenovela? ¿O se trataba de defender su obra y su condición de autor?


–Era un mini dios y actuaba como tal. Tuvo en sus manos la fama de actores y actrices, la pasión de las parejas de ficción y de la realidad. No solo entre actores sino también entre los espectadores que de pronto miraban con más ganas a un tachero a partir de Rolando o a un profesor a partir de Pablo en nuestra piel. Tener ese poder te lleva a tomar decisiones y a tener ciertos desplantes. De todos modos no he conseguido que nadie me dijera, ni apagando el grabador, que era una mala persona o un ególatra. Hablan de un carácter irascible, ciertas venganzas desopilantes que se cobraba a través de lo que les pasaba en la pantalla a los personajes. Ha llegado a matar a alguno por no aprenderse la letra. Pero tabién resucitó a unos cuantos muertos.

–Luego de investigarlo, ¿considera que era un enamorado del amor, o simplemente alguien que entendía muy bien lo que el público necesitaba y escribía en función de cierta manipulación emocional?

–Fue un gran espectador del amor, pero de un amor que aprendió en su infancia escuchando la radio y leyendo novelas románticas. Migré fue un señor homosexual que tuvo sus primeros amores en la década del sesenta, no solamente cuando la homosexualidad estaba prohibida por ley sin que era bastante impensable el amor como horizonte de posibilidades. No diría que fue un experto en el amor sino un maestro del suspenso –en la escuela de Alfred Hitchcok– pero aplicado a las emociones sexuales. Sabía como nadie preparar la entrada de un galán para que la platea al verlo ya lo amara, cuándo dar el primer beso, dónde hacer entrar una canción. Eso no es el amor, es una ficción amorosa y esa sí era su gran especialidad.

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