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Oct 13 2017

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12 DE OCTUBRE DE 1492. LA HISTORIA COMENZÓ ANTES

Coincidente con el descubrimiento del nuevo mundo los españoles expulsaron a los últimos moros de Granada. Luego, ochenta años después, vencieron a los turcos en la batalla del Lepanto; cruenta lucha frente a un enemigo muy superior en naves y soldados, y en la cual cayeron batidos más de doce mil cristianos por defender el avance musulmán en el Mediterráneo, cuyo objetivo final era invadir Europa y ponerla bajo su dominio. En sendas luchas los españoles se metieron a pelear con alma y vida sabiendo a conciencia pura que no solamente defendían la libertad de su tierra, también luchaban por el ideal de fe católica. Es decir, pelearon en defensa de la patria y la religión en contiendas vitales que significaban la salvaguardia y supervivencia de la civilización, no sólo de la península española, de toda la Europa, como decían ellos “con la ayuda de Dios Nuestro Señor”.
Después, ilustres intelectuales de la vanguardia iluminada reconocerían que España en la historia de la humanidad, fue el primer país moral y éticamente en definir y ostentar el concepto de patria sobre un territorio geográfico. Nunca otro antes.
Una porción de españoles vinieron a conquistar las nuevas tierras desconocidas mediante la espada, practicando la esclavitud por medio de la encomienda, la mita y el yanaconazgo. Otros, de largas sotanas, esgrimiendo el evangelio y la cruz; y los menos constituían esa estirpe de españoles que tenían por objetivo construir asentamientos y crear pueblos caminando. Pertenecían a la clase de locos ilusos que, como tantos otros, abandonaron su querida España para instalarse y colonizar esta parte del mundo guiado por la fe cristiana, aquella fe que los guió a expulsar a los moros de la península ibérica tras setecientos años de dominio; la misma que les dio fuerzas para derrotar a los turcos en el golfo de Lepanto. Fueron luchas ganadas con esfuerzo y sacrificio que dejaron el tendal de miles de muertos y otros tantos heridos para impedir que la bandera de la media luna flameara victoriosa en toda Europa. De haber ocurrido lo contrario, de haber sido los derrotados hombres de la magna España, hoy en América no se estaría hablando el castellano, a la inversa, tal vez, se estaría platicando el turco o el bereber y yo no estaría escribiendo estas líneas ni ustedes leyendo. Tampoco América sería América.
Orgullosos de esa historia, y portando el místico ideal Cristiano como bandera, esos quiméricos atravesaron selvas y más selvas desafiando mil peligros; recorrieron estrechas laderas, altos cerros, ciénagas, lodo, esteros, cruzando y vadeando ríos y tormentosas lluvias, pero siempre caminando, porque el camino indefectiblemente une a los hombres, a los pueblos, a las regiones, y lleva los adelantos de la civilización. Y si bien el camino se hace andando, tampoco existe el camino sin caminantes, por eso aprovecharon viejas rutas en desuso, otrora usados por los nativos, y así llegaron hasta los confines más lejanos. A esta región, que posteriormente se conocería como Misiones, arribaron el cura Antonio Ruiz de Montoya de 26 años de edad y un puñado de clérigos jóvenes en 1612, con el claro objetivo de catequizar y fundar pueblos de costa a costa desde el río Paraná al río Uruguay, el río de los pájaros.
Ellos, en la existencia de 150 años como Nación Jesuita, nos legaron la primigenia idea de “pertenencia e identidad misionera” que aún perdura y seguirá perdurando por los siglos.
Después los expulsaron ignominiosamente. Y después del después siguieron gobiernos de criollos y mestizos, pero eso, eso es otra historia…

Rubén Emilio García

NE

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