«

»

Sep 22 2017

Imprimir esta Entrada

PERSISTENCIAS



Por José Pablo Feinmann

Dorrego era amigo de “los de abajo”, tenía arraigo popular y buenas relaciones con las provincias. Esto lo condenó. También las famosas cartas de Juan Cruz Varela y Salvador María Del Carril. ¿Por qué fueron famosas estas cartas, por qué trascendieron cuando tantas cosas se ocultan? Hace poco, en este diario, el sacerdote Domingo Bresci escribió sobre los archivos de la Iglesia durante los años de la dictadura. Pidió que se revelaran, que salieran a luz. Difícil, están bien guardados.

La Iglesia participa del poder de la Argentina y fue cómplice de la dictadura. ¿Por qué ese poder    –que escribe la historia a su antojo, el de los vencedores– no salvó a Del Carril y Varela, que eran figuras de la “civilización”? Para salvar al valiente y glorioso general Lavalle, que fue el “otro” San Martín, el del frente interno, el de las guerras civiles, el soldado de la ilustrada Buenos Aires. El que desenvainó su espada para derramar sangre de hermanos. La de Dorrego, en primer lugar y tal como se lo pidieron sus amigos unitarios. Juan Cruz Varela, consciente de la crueldad que le pedía a Lavalle, escribió: “Cartas como éstas, se rompen”. Pero no se rompieron. El fusilamiento de Dorrego fue un crimen imperdonable, había que entregar a alguien para salvar al evidente ejecutor, Lavalle. Se decidió contar la historia publicando las cartas de un poeta extraviado y de un áspero, duro unitario.

Rosas utiliza la muerte de Dorrego para asumir su primer mandato
. Asume para vengar esa muerte y restablecer las leyes. Es, entonces, el Restaurador de las Leyes. Será, también, un estanciero keynesiano. Se lleva bien con los gauchos, los indios y los negros. Tuvo que hacerse gaucho para poder convocarlos. Será, para Sarmiento, el más gaucho de los gauchos, el más bárbaro de los bárbaros. Con sólo masticar el pasto de cualquier lugar de la pampa sabrá dónde se encuentra.

Después de fusilar a Dorrego, Lavalle envía a dos de sus coroneles a rastrillar la frontera sur. Son Federico Rauch y Ramón Estomba. Entre gauchos e indios matan dos mil hombres. Los atan a los cañones y ordenan hacer fuego. Estomba va enloqueciendo. Rauch es atrapado por los guerreros del jefe indio Arbolito. Le cortan la cabeza y la arrojan sobre Buenos Aires.

Rosas se presenta como “el vencedor de la anarquía”. Los jóvenes del Salón Literario –Alberdi, sobre todo– lo ven como la etapa del Orden, que sigue a Mayo, la de la Espada, y concluye con la Inteligencia, que representan Alberdi y sus amigos.

Rosas asume su segundo gobierno como el vengador de Facundo Quiroga. Antes, en 1834, su mujer, Encarnación Ezcurra, arma una revolución, la de los Restauradores, para imponer a Rosas como jefe del país. Encarnación muere joven, como Eva Perón, quien, como ella, será parte del movimiento del 17 de octubre, que gana el gobierno para Perón. La mujer bravía que lucha por el poder de su hombre persiste de Encarnación a Eva. A nuestra historia le gustan las simetrías.

Con Rosas llegan al gobierno los saladeristas de la pampa húmeda. La burguesía mercantil de Buenos Aires lo acepta porque quiere orden y no anarquía, que es perjudicial para los negocios. Las Provincias lo ven como un federal, una persistencia de Dorrego. Rosas exige la suma del poder público y la representación de las relaciones exteriores.

Alberdi (y, en menor grado, los jóvenes románticos, Echeverría, Sastre, Gutiérrez etc) le ofrece su apoyo. Hay aquí una importante persistencia que trama una necesaria guía de estudio: la relación de los intelectuales con el poder.

Moreno y Castelli tenían el gobierno y eran sus propios asesores porque eran cultos. Luego, los asesores de Lavalle: Agüero, Varela, Del Carril. Después Alberdi y Rosas, lo que no fue. Rosas confió en Pedro de Angelis. Al fin del siglo XIX, la generación del 80 y Roca. En el siglo XX, Lugones y Uriburu. Forja y Perón. “Sur” y la Libertadora. Hasta los montoneros y el tercer Perón. Todos estos proyectos no funcionaron. Durante los días que corren tenemos a Alejandro Rozitchner y Macri, que vendrían a ser una persistencia de la dialéctica entre Alberdi y Rosas. ¿Quién dijo que la historia no progresa?

 

Enlace permanente a este artículo: http://ellibertadorenlinea.com.ar/2017/09/22/persistencias/