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Sep 11 2017

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SI, SE PUEDE


Por Eduardo Aliverti

Tienta hablar de que nuestro periodismo está escribiendo una de las páginas más vergonzosas de su historia, en natural alianza con los factores de poder que lo surten. Pero es cierto sólo parcialmente. Hay otra parte, igual de determinante, que enorgullece.

El lunes pasado, según admitieron los medios oficialistas y algunos de sus comunicadores que frecuentan Casa Rosada, había desolación entre varios funcionarios. Acababa de conocerse que el perfil genético del herido por el puestero en la estancia de Benetton, durante el supuesto ataque de un supuesto grupo mapuche, no coincidía con el de Santiago Maldonado.

En verdad, esa nunca fue una hipótesis con algún grado de verosimilitud sino la operación desperdigada por la prensa macrista en su trabajo, admirablemente incesante, por embarrar el terreno con toda clase de disparates. Si esos funcionarios con ánimo azorado compraron auténticamente el diario de Yrigoyen, se está ante una grave pérdida del sentido de realidad. Y si se trató de una actuación, tal vez es más grave todavía por el grado tenebroso de cinismo.

Desde el primer momento, cualquiera con acceso a fuentes fidedignas era conocedor de que todos los indicios y sospechas firmes conducían a la Gendarmería, por ende a Bullrich y por ende a las consecuencias de la ordenación represora que habilita el discurso de Cambiemos. Muchísimo más, lo sabía cualquiera con entrada directa a las vertientes oficiales. Transcurrido el mes desde la desaparición de Maldonado, se habían acumulado los vislumbres y probanzas aportados, entre otros, por la parte del periodismo que todavía enaltece el oficio. ¿Qué lugar sensato podía ocupar la versión castrense de Patricia Bullrich, a quien finalmente le ordenaron enmudecer por completo cual si fuese no la ministra de Seguridad –en medio de un episodio terrible concerniente a su área– sino una outsider desencajada que sobreactuó su solidaridad con los gendarmes? De por medio hay un desaparecido, no versiones sobre la cotización del dólar, ni acerca de internas en el Gabinete, ni en torno de coimas en licitaciones públicas. Un desaparecido.

De ser por el caso en sí y desde toda perspectiva con limpieza intelectual, al menos en corto plazo el Gobierno no podrá salir de la encerrona que se autoprodujo porque, gracias a las usinas directas y a las que obran como prensa independiente, ya se instrumentaron casi todas las operetas y fantasías. El “casi” es una concesión al talento inagotable de sus libretistas.

En orden no cronológico y de capacidad creativa diversa, pero siempre con el mismo y repugnante sentido desviacionista, ya inventaron un brote subversivo mapuche y una célula anarquista; un impedimento de ingresar a tierra ancestral sagrada, que no existe en ninguna parte; un pueblo entrerriano donde toda la población se parece al desaparecido; un jefe de gabinete del ministerio de Bullrich que ni coordinó la represión ni empezó a actuar en Chubut a mediados del año pasado, sino que simplemente pasaba por ahí y se bajó del auto a saludar los gendarmes; la firme decisión de colaborar con la Justicia a un mes de los hechos; un cadáver NN en una morgue chilena, de rasgos similares a Maldonado; una borrachera de violencia y una declaración de guerra, al cabo de la manifestación en Plaza de Mayo, por parte de un grupo de provocadores entre los cuales, como de costumbre, estaba encapuchada la propia policía al extremo de que el propio gobierno porteño anunció que abriría un sumario interno; la sugerencia de que Maldonado fue muerto por sus compañeros, entrenados por guerrillas vascas, colombianas y kurdas. Improvisaron que Gendarmería filmó todo pero ocultaron que no grabó las escenas de intrusión en Cushamen o, peor, la grabación fue destruida.

Escondieron que al realizar las pericias rudimentarias de cinco camionetas, ya lavadas, el juez Otranto no ordenó allanar simultáneamente las instalaciones de Gendarmería, que afirma haber usado sólo las camionetas cuando en el lof mapuche están las huellas del unimog.

A esta altura, semejante e incompleta lista de atrocidades institucionales, jurídicas y periodísticas sugeriría que ya no tienen más nada que inventar, no porque faltaran ganas o ensoñaciones sino por la presunción de que no deben seguir cayendo en el ridículo, bajo pena de perder unos cuantos votos.

No es ésa la cuenta que sacan en el macrismo. Obviamente, ya mandaron a medir el impacto masivo por la desaparición de Maldonado y el resultado les da que es electoralmente irrelevante. Al contrario, todas las encuestas, publicadas y reservadas, muestran un crecimiento de las candidaturas oficialistas en general, ayudado por la polarización en el decisivo territorio bonaerense y por un clima económico cuyos indicadores no resisten la comparación contra 2015, pero sí versus el escenario planchado de 2016. La memoria parece ser cada vez más corta.

Los relevamientos de a miles de personas, los grupos focales, lo que se advierte en las redes y repercusiones en medios de comunicación tradicionales (trolls aparte) descubren críticas y enojos como los que manifestó el senador radical Ernesto Sanz, quien atribuyó la causa principal de esta inmundicia a un problema de comunicación gubernamental que debería corregirse. De todas maneras, cabrá reconocerle al mendocino la voluntad de mínimamente decir una pavada. ¿Nadie se pregunta por el silencio de la doctora Carrió, como numen sacrificial de la lucha contra la corrupción y los escamoteos antirrepublicanos?

¿O acaso se toma en serio su mención de estas horas a que el “narcokirchnerismo” busca destruir a Bullrich? No hay por qué no creerle a lo despreocupado que se muestra el Gobierno sobre la incidencia de Maldonado el 22 de octubre, porque en rigor no hay mayor novedad alguna.

¿Cuál es la diferencia profunda entre que si se lo llevaron por algo habrá sido y qué tenía que hacer el hippie ése entre mapuches barderos?
¿Cuál es entre que los desaparecidos andan viajando por Europa y que este fumado debe estar en algún lugar de la cordillera, o andá a saber dónde? ¿Cuál es entre los terroristas del trapo rojo y sucio y unos indios que quieren independizarse? ¿Cuál es entre la campaña antiargentina en el exterior y la que acá encabezan por Maldonado los subversivos de Cristina y Verbitsky?

Sostener esos delirios, para definirlos de algún modo aunque en verdad no hay ninguna palabra capaz de abarcar su dimensión siniestra, sólo puede ser posible porque hay un amplio plafond social que es simultáneamente tributario y originador del mensaje facho. Una base que articula con sectores de abajo y, quizá sobre todo, de clase media dispuesta a indultarse con la pregunta de qué tendrá que ver Santiago Maldonado con los dramas, problemas y desafíos de mi vida.

Si el desaparecido es víctima ostensible del aleccionamiento represivo que necesita un gobierno como éste, vaya el yo argentino porque ni me meto, ni habito la estepa patagónica ni entiendo qué tendrá que ver Maldonado con la inflación, los despidos, el boliche que no da o el festival de deuda externa que nos lleva otra vez a las condiciones objetivas de 2001.

Lo único que mete una cuña interpelante, movilizadora, entre esa mirada de Maldonado que circula por todo el mundo y el mundo violento, racista, indiferente, frívolo, de quienes viven en un potus masturbatorio, es esa gente orientada a no ser hablada por los medios sino a que los medios tengan que registrarla porque, de tanto que no se cansa, los obliga a reaccionar no solamente con la creación de fantasmas.

¿Por qué Macri debió aceptar hablar del tema así fuere con sus oraciones escolares y en una ronda de prensa apurada, callejera, de la que literalmente escapó? ¿Por qué le ordenaron a Bullrich que se cosa la boca y evite toda figuración? ¿Por qué lo mandaron a Avruj a hacerse presente y por fin en el lugar de los hechos? ¿Por qué intentan a toda costa congraciarse con la familia de Maldonado? ¿Por qué los medios adictos, caído su guión de la mancha de sangre que habría de confirmarse como del atacante Maldonado contra un puesto de estancia, comenzaron a abrir sus portadas y noticieros con largos despliegues dedicados a los cuentos de Gendarmería, del juez, de la fiscal, de Bullrich? ¿Por qué el Gobierno, a través sus voceros y en lugar de respuestas técnicas a las acusaciones precisas, habla de la subversión?

Porque la gente indispensable arrinconó a la mentira.
Porque todavía está esa parte del periodismo que hace honor a los datos precisos, junto con la opinión que se funda en ellos. Y porque, como suele suceder, hay algo que se (les) pierde entre los cálculos más detallados gracias –como en este caso– a la sinergia de lo que comienza siendo disperso.

Una que empieza a interrogar dónde está Maldonado en un consultorio médico, uno que pone el cartel en cualquier pared, una que lo dice por los altoparlantes del aeropuerto, uno que crea un meme y otros que lo esparcen, y otros que saturan las líneas telefónicas de denuncia, y más, y más, hasta que la mismísima crema del establishment tenga que emitir una declaración preguntando dónde está Maldonado, aunque lo use para prevenir contra el peligro de clima de violencia fogoneado por los periodistas que compra. Hasta que un colega de Clarín, de tanto que en los medios del grupo ignoraron el tema, tenga que referirse a él en el lugar del diario que fija la posición editorial aunque rebautizando a Santiago como Sebastián. Todo eso se logró. Nada más y nada menos que todo eso.

De modo que Sí, se puede.

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