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Jun 15 2017

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VENEZUELA



Por Jorge Alemán

Quienes esperamos que la fuerzas del campo popular puedan retornar con una nuevo impulso emancipatorio, tenemos que aprender mucho de los impases de Venezuela, afirma Alemán en esta columna de opinión.

No acepto la trampa de tener que ponerme de un lado y callar. El gobierno de Nicolás Maduro ha sido fallido en muchos aspectos y es su responsabilidad. La expresión socialismo del siglo XXI, que apuntó desde el comienzo a un forzamiento innecesario del proceso, el problema del extractivismo, la dependencia al mono producto y la corrupción estructural de parte del ejército y de algunos políticos bolivarianos, no pueden ser simplificados sin más y ser adjudicados a la “escalada imperialista “.

Quienes esperamos que la fuerzas del campo popular puedan retornar con una nuevo impulso emancipatorio, tenemos que aprender mucho de los impases de Venezuela. Adoptar esta perspectiva no implica para nada estar del lado de esa   derecha mundial que ha usado el término Venezuela como una metáfora del mal para intentar cerrarle la boca a la voz de cualquier proceso transformador. Ni siquiera las elecciones francesas quedaron afuera de este juego perverso.

Tampoco hay que aceptar que la oposición oficial (no la población, que en estos momentos vive horas fatales y de malos presagios) sean unos santos demócratas que buscan “restablecer el estado de Derecho “, cuando desde el comienzo estuvieron implicados en todas las intentonas golpistas y en donde siempre estuvo, como en el caso de Cuba en su época, un sabotaje internacional en marcha. Recordemos cómo durante el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, en un desliz durante una entrevista, el ministro de Asuntos Exteriores Miguel Ángel Moratinos (nada sospechoso de ser chavista), reconoció la implicación directa de José María Aznar en uno de los golpes contra Chávez. Esa oposición nunca reconoció, y así fue desde el primer día, el gobierno democrático de Chávez. Lo más lamentable es que ya veremos qué hacen por Venezuela todas esas derechas mundiales y su poderes mediáticos cuando se produzca (ojalá no sea así) el desenlace trágico.


Lo que no se puede aceptar es el chantaje moral que implica que si uno hace una crítica a Nicolás Maduro ya es un aliado del imperialismo, y si uno pone en dudas las intenciones de los grupos hegemónicos que se encuentran involucrados en el derrocamiento del gobierno de Maduro, ya no es un demócrata y está a favor de una dictadura.
Me consta que a los psicoanalistas venezolanos les molesta mucho mi posición, y de verdad, tal como son las horas actuales, lo siento mucho. Pero tampoco se me escapa que por una “coincidencia” que alguna vez habrá que dilucidar, en general los psicoanalistas no parecen apoyar los movimientos populares, aunque también debo indicar que en Argentina, que  la conozco mejor, esto no fue homogéneamente de este modo. Además, no es de extrañar que un exiliado como yo, del 76, que conoció los alcances genocidas del plan Cóndor de Henry Kissinger, criminal de guerra, tenga de entrada reservas con las operaciones que apoya el gobierno americano.

En cualquier caso, considero que cualquier europeo y cualquier latinoamericano tiene el derecho a no identificarse con ninguna de las dos partes en términos de una clave identitaria que le dé un único sentido a todo. Lo considero, en principio, un derecho y un deber de la razón. Y si no hay lugar ya para la razón, seamos sinceros, cada uno  tendrá que elegir por aquello que lo sobredetermina en  su propio  legado y herencia simbólica y según sus fidelidades. Sin ninguna coartada supuestamente  “universal ” en la que esconderse.


* Jorge Alemán

Profesor honorario de la UBA, miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis (España) y de la Escuela de Orientación Lacaniana (Argentina).

http://www.lateclaene.com/jorge-alemnvenezuela

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