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May 29 2017

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ANTE LA DIVISIÓN SEXUAL DEL TRABAJO


por Daniela Poblete Ibañez

El trabajo doméstico no remunerado y la carga del cuidado que recae principalmente en las mujeres, es una forma de organización social que las perjudica en su desarrollo personal y en su autonomía económica.

La urgencia de visibilizar económicamente el aporte que realizan las mujeres a través del trabajo doméstico no remunerado valorizando cualitativa, pero también cuantitativamente, los servicios que producen en cada una de estas actividades, es una necesidad para poder alcanzar el objetivo de igualdad y equidad de género. Resulta crucial analizar este aporte silencioso que se realiza a la economía de los países y al sostén de la vida humana, aporte que no es integrado a la organización económica institucional.

El Estado es el responsable de realizar esta valorización y el movimiento feminista y las organizaciones internacionales proponen las herramientas para llevar a cabo esta acción.

Se entienden como trabajo doméstico no remunerado a todas aquellas acciones y relaciones que hacen al bienestar y la sobrevivencia de las personas y que van desde la provisión y preparación de alimentos hasta el afecto y contención emocional, pasando por el apoyo en la educación de niños y adolescentes y el cuidado de la salud de las personas dependientes de las familias [1].

El trabajo doméstico no remunerado y la carga del cuidado que recae principalmente en las mujeres, producto de la división sexual del trabajo, es una forma de organización social que las perjudica en su desarrollo personal y en su autonomía económica. Este trabajo, al que conocemos como reproductivo, no se contabiliza y no queda registrado en los análisis de la economía tradicional. Y es donde se concentran una serie de atribuciones  asignadas socialmente, según la idea de género hegemónica, en donde las mujeres se ven imposibilitadas del despliegue total de sus capacidades en el mundo laboral o productivo.

En distintos países de nuestro continente se han realizado esfuerzos por visibilizar este aporte a la economía nacional. En primer lugar el establecimiento de Encuestas de Uso del Tiempo ha sido un importante paso para establecer datos cuantitativos sobre esta realidad. Por otro lado la revisión del Sistema de Cuentas Nacionales se ha transformado en un desafío que no todos los países han asumido.

Ecuador, Colombia y Perú, entre otros, han decidido dar el paso pero Argentina viene muy por detrás. No tenemos mucha información oficial. Sólo en el año 2013, en el tercer trimestre, se realizó una Encuesta sobre Trabajo No remunerado y Uso del Tiempo que arrojó los únicos indicadores oficiales con los que contamos.

Sobre lo que sí tenemos datos, que se actualizan periodo tras periodo, es sobre el trabajo productivo. Estos datos se obtienen dentro de lo que se considera la población económicamente activa, cuya definición es una primera barrera que deja por fuera y no permite que se autoperciba como un aporte al sistema de la economía un sector de la población. Esto se produce porque los estándares de análisis macroeconómicos clásicos, definen que es lo que se debe analizar y lo que no, lo que se quiere medir y lo que no.

Quienes toman estas definiciones, en su mayoría, son hombres que toman posición por la división sexual del trabajo plasmada en nuestra cultura, y buscan en aquello que deciden medir o analizar “standares objetivos”, que traen como connotación toda esa valoración de lo masculino. Esta es una de las razones por la que los Estados ignoran e invisibilizan el trabajo doméstico.

En Argentina estos datos objetivos se obtienen de la Encuesta Anual Permanente de Hogares Urbanos. Que indica para el año 2013 que la tasa de actividad de los hombres es del 69.6 por ciento y la de las mujeres de un 47.2. Es decir que un 52,8 por ciento de las mujeres es parte de, supuestamente, una población no activa o económicamente inactiva.

Pero a su vez en la Encuesta sobre Trabajo No remunerado y Uso del Tiempo del tercer trimestre del mismo año, se observa que la tasa de participación en actividades que comprenden el trabajo doméstico tiene una brecha de 31 puntos porcentuales, siendo la tasa de participación de los hombres de un 57,9 por ciento y la de las mujeres de un 88,9 por ciento. Esta gran diferencia es acompañada con la convención cultural que dice que las actividades que realizan las mujeres en el hogar son parte de su esencia, es el rol maternal, son las especialistas del hogar y con ello son poseedoras de la especialidad doméstica.

La gran mayoría de las mujeres no sólo tienen empleos en condiciones ilegales o no registradas, sino que también realizan, un trabajo que no está monetarizado y no es incorporado al “mercado del trabajo” directamente. Es más, podríamos decir que en la Argentina las mujeres realizan más este trabajo no remunerado que el remunerado, porque el tiempo total de trabajo está comprendido con la totalidad del tiempo dedicado a actividades remuneradas y no remuneradas.

Ese trabajo produce riqueza, aunque no sea valorizada, porque el tiempo que las mujeres usan en el trabajo doméstico no remunerado no son horas inactivas o no son improductivas. Entonces ¿Por qué no ingresar esta riqueza al producto bruto interno PIB? Sería interesante pensar un desarrollo económico que tenga en cuenta todos los recursos y los redistribuya. Las Encuestas de Uso de Tiempo son valorables, pero lo que necesitamos, además, es incluir esos resultados en el Sistema de Cuentas Nacional para pensar un desarrollo con todos los recursos y redistribuirlos. De esa manera, no sólo, se visibiliza sino que también se valora y se democratiza, dado que esas tareas no son de exclusiva responsabilidad de las mujeres como se ha construido en nuestra sociedad heteropratriarcal.

Redistribuir y democratizar las tareas de cuidado es una cuestión fundamental, ya que producto del ingreso de más y más mujeres al mundo del trabajo remunerado y ante la imposibilidad de decidir cuidar o no cuidar, el deterioro de la forma en que se realiza este cuidado es cada vez más grande. Lo anterior se produce porque estas no encuentran un sustitutivo efectivo para realizar esta labor. La débil participación del Estado en este aspecto tan importante de la sociedad, ya que se trata del sostén de su reproducción, implica una sobrecarga para las mujeres, quienes asumen de forma individual una responsabilidad que es social y que además es entendida como exclusiva del ámbito de lo privado, lo que trae como consecuencia que el Estado no sienta la obligación de intervenir con políticas públicas.

El Estado debe asumir el aporte que se realiza y lo mucho que se ahorra a través de este trabajo. La incorporación de una cuenta satélite al sistema de cuentas nacionales de la Argentina no sólo cuantificaría desigualdades e inequidades con respecto al trabajo y salario, sino que también se podría analizar cuestiones como la protección social, calidad de vida de las mujeres y el grado de autonomía económica de estas con respecto a los hombres.

Pero además, y una cuestión muy importante, la medición del uso del tiempo y la implementación de una cuenta satélite aportaría fundamentalmente a la transversavilización de la perspectiva de género en todos los ámbitos del Estado, porque de lo que se trata es que desde el Estado se deben entregar todas las garantías necesarias para que un sector, en esta caso uno de los más mayoritarios, pueda desarrollar plenamente sus tareas para la acumulación y progreso del país.

Esta perspectiva, feminista, de la economía es el camino hacia la refundación de los contratos sociales y nos indica que es necesario un cambio estructural para la igualdad y la equidad. La construcción de la actual visión binaria y héteropatriarcal, ha ido forjando un mundo lleno de desigualdades perjudiciales especialmente para personas oprimidas, explotadas y subordinadas, quienes en su gran mayoría son mujeres.

La Argentina no escapa a esto. A diario vemos como se recrudece la violencia hacia las mujeres y ese círculo de violencia tiene que ver en muchos aspectos con esta subordinación económica a la que nos condenó la división sexual del trabajo. Las políticas públicas de protección de la mujer no tienen que ver solamente con el cuidado de la integridad física ante una agresión, sino que también, deben enfocarse en aquellos ámbitos que le proporcionen autonomía del cuerpo, de decisión y de economía.

La liberación de la mujer no está dada por el ingreso de esta al mundo del empleo, si no que estará dada por el reconocimiento y valoración del trabajo y el aporte que realiza; y por la desnaturalización, redistribución y democratización de este trabajo en la sociedad entera, sin discriminación de género, raza o clase.

1 –
XIII Conferencia Regional sobre la Mujer de América Latina y el Caribe. Montevideo, octubre 2016.

RELAMPAGOS.
Ensayos crónicos en un instante de peligro. Selección y producción de textos: Negra Mala Testa Fotografías: M.A.F.I.A. (Movimiento Argentino de Fotógrafxs Independientes Autoconvocadxs).

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