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Mar 18 2017

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TEMOR FÍSICO Y COBARDÍA


Por Rubén Emilio García

El padre Juan llegó a la selva misionera en el año 1612, acompañando al cura Antonio Ruiz de Montoya y a otro puñado de evangelizadores cuando promediaban todos ellos los 25 años de edad. Juan, como la mayoría de sus compañeros, jamás abandonó la selva y estuvo presente en el desgraciado éxodo guaraní del año 30 y en la victoriosa batalla de Mbororé en 1641.

Fue el último en morir ya muy viejito. Tanto, que los mitaí en forma indulgente y socarrona le preguntaban. ¿Cuántos años tiene Paí Juan, cien, ciento cinco, ciento diez…?

Él describió el TEMOR FÍSICO Y LA COBARDÍA, y precisó muy bien sobre la ética y la moral. Ausente en este presente argentino.

Creo que el temor físico es igual en todos los seres humanos, pero a la vez son distintos y variados según se reaccione. El cobarde que huye, acorralado, tiene dos alternativas: entregarse mansamente o dar pelea. Esto último, la pelea, se ve en los animales tanto domésticos como salvajes. Conservan en la reacción desesperada su instinto de conservación hasta el último resuello, herencia primaria de los seres irracionales. Tal vez la oveja no responda a esa condición por aquel apotegma que enseña que no todo es absoluto; o porque son los corderos de Dios en la tierra.

Esta introducción obedece a la comparación de uno y otro protagonista en situaciones de parecidas circunstancias. Me refiero a los que vinieron a esclavizar y a cercenar la libertad movidos únicamente por la avaricia y la codicia. Vencidos y acorralados claman por su vida y son capaces de cualquier acto de bajeza por salvarse. Se vuelven egoístas, individualistas y, con tal de preservarse, traicionan, mienten y delatan; pecados que, como es sabido, tienen su escala en la historia de la humanidad. La traición se inicia en el extremo de la cobardía para continuar su evolución en la búsqueda desesperada y ambiciosa por imponerse sobre el resto, lo cual conduce inevitablemente a venderse por cualquier precio y, peor, a entregar a cambio al prójimo, sean por unas viles treinta monedas, o por una corona, o por un plato de lentejas, o por un mendrugo de pan; el traidor siempre termina por lavarse las manos, o renunciar a sus propios ideales o vendiendo a sus propios hermanos

En el lado opuesto de la tragedia se ubicaban los cien bravos y un sacerdote que se acantonaron en el bastión de la Esperanza, aquel fortín donde se plantaron para enfrentar a la bandeira arrasadora del Río Paraná. Sabían que iban a morir peleando y no pedirían tregua en la contienda, porque tenían por objetivo obstaculizar el avance bandeirante y cumplir la consigna de retrasar, como sea, la embestida a fin de darle respiro y facilitar el ignominioso éxodo de los hermanos en retirada. Pero detrás de ese gran objetivo, existía otra razón más profunda que anidaba en el corazón de estos Leónidas. Porque, más allá de la heroica entrega, defendían el orgullo de vivir libremente como Nación, de ser un pueblo con historia, asentado sobre un suelo firme que sublima el sentido de pertenencia, con hijos por crecer que les darían futuro y sentido de continuidad a la patria guaraní. Entonces, así se entiende que esos bravos muchachos no pelearan solamente por un objetivo, sino que lucharon por un ideal que va más allá de toda manifestación terrena.

Los ideales no tienen precio material, se cotizan únicamente en la dimensión espiritual donde no llega la corrupción del dinero. Ya los antiguos decían que en la manifestación heroica de entregar el cuerpo para el sacrificio, el individuo desaparece físicamente con sus sueños, pero que jamás se esfuman ni los ideales ni las ideas que los generaron. ¡He, pues ahí, la gran razón del hombre congraciado con Dios y sus convicciones: vivir con sueños e ideales!


Dr. Rubén Emilio García

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