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Mar 14 2017

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BATALLA DE MBORORÉ 11 DE MARZO DE 1641



Por Rubén Emilio García

El río Uruguay se encontraba en creciente. Las lluvias caídas en la víspera acrecentaron el caudal y la rapidez de la corriente de agua mostrándose más rojizo que de costumbre, debido al arrastre en pendiente de la tierra colorada.

Innavegable para los barcos de gran porte, permitía la náutica de embarcaciones livianas. Nada más que la crecida y el fuerte oleaje lo volvió sumamente peligroso exigiendo potentes remeros para dominarlo. Estas fortuitas circunstancias favorecían a los defensores dado que aumentaría la dificultad de maniobra en el estrecho recodo elegido para el combate.

A la mañana muy temprano del día once los vigías desde los atalayas divisaron las primeras embarcaciones bandeirantes y dieron la voz de alerta. Una flotilla de cien canoas y balsas se acercaron a prudente distancia de Mbororé, y luego retrocedieron hasta el Acaraguá,  punto fortificado donde levantaron el segundo campamento. Pasado cierto tiempo repitieron la misma maniobra y volvieron a retroceder.

La paz dominaba el ambiente no tan caluroso a esa hora. Las lluvias suavizaron la temperatura y los vientos del sur empujaron las nubes que se desplazaban lentamente. Bandadas de pájaros cruzaban de una a otra orilla en maratón de acrobacias, y uno que otro mbiguá se precipitaba al río en larga zambullida tratando de pescar alguna presa. Se destacaban en la calma mañana loros y cacatúas de coloridos plumajes, compitiendo quien emitía los chillidos y gorjeos más sonoros. Por lo demás, la quietud del paisaje se presentaba en la más equilibrada expresión, y nada hacía presagiar el desenlace fatal en lugar tan bello, que aportaba el escenario indiferente a la actividad del hombre.

“Análoga es la indiferencia humana, escribió el Padre Luis en sus apuntes, cuando la ira, el rencor y la sed asesina gana sus mentes. ¿Podrán apreciar los bandeiras en su despliegue acuático los magníficos saltos del Moconá y el entorno selvático frente a ellos?” Admirable, espectacular, único, el Moconá extiende su belleza en tres kilómetros de largo cayendo longitudinalmente en multiplicidad de brillos y movimientos envolventes desde veinticinco metros de altura. ¿Los contemplarían? ¡Oh Dios! Solo hombres insensibles, codiciosos, avaros, voraces de riquezas y poder son incapaces de apreciar la impactante hermosura del agua en continuo descenso. ¿Tendrán alguna vez otros seres de corazones perceptivos la oportunidad de apreciar tamaño regalo de Dios, que estos inmorales desprecian?”

Pasado el mediodía la tercera carga de embarcaciones bandeirantes se deslizaba río abajo como lo había planificado Jerónimo Pedroso y su Estado Mayor. Esta vez la flotilla de balsas y canoas atestadas de guerreros iniciaba el ataque con todo el vigor que podían exhibir. Nunca antes tan poderosa fuerza militar con jefes llenos de ira y rencor surcó el río Uruguay en busca de presas humanas, seguros del temor que la brutal presencia produciría amilanando al contrario.

-¡Devemos humilhá-los e que temen! –
Manifestó Pedroso. -¡E matá-los aos que se resistem! -Agregó Joao

Así pensaban y así lo expresaban a viva voz. Nada más que se equivocaban de cabo a rabo, porque el único temor que cundía en los defensores era el temor a Dios y a nadie más. Tal era la posición exaltada en la arenga que lanzara el cura guerrero Domingo Torres poco antes del combate, infundiendo coraje y valentía al ejército defensor:

-Hermanos, debemos tener bien en claro que en este momento aciago solamente debemos temer a Dios y a nadie más. Debemos entender que cuando nos referimos al temor a Dios, no es el caso temerle, sino diferenciar, respecto de Él, el bien del mal. Y, sabiendo de qué se trata, cada uno estaremos en condiciones espirituales de no ofenderlo con el pecado. El temor de Dios también implica entender que tenemos la capacidad racional de diferenciar anticipadamente cuando una cosa está bien o mal; recuerden que es un don otorgado por el Espíritu Santo que nos dota de la sabiduría necesaria para obrar y actuar en la vida frente a los mandatos de Dios. Por ello, este temor es espiritual y moral, diferenciado del temor físico del hombre. Este último es el miedo que sentimos frente al peligro de ser agredidos. En tales circunstancias se huye o se pelea; se huye por cobardía o cuando se está en inferioridad, sabiendo que habrá otra oportunidad para reivindicarse. Pasó con nuestros hermanos hace diez años en el éxodo del Guaira: debieron huir por necesidad de salvar a la nación guaraní, conservando la intención de fortalecerse y después dar pelea. Ese es el combate que hoy estamos dispuestos a dar. Ya ven, teníamos la alternativa de fugarnos y sin embargo nos aprestamos a batallar porque ahora estamos fuertes sabiendo que aquí está el bien y allá el mal. Ellos pelean por esclavizar al hombre; nosotros lo hacemos para defender el terruño, la nación, la libertad y el futuro de nuestro pueblo. ¡Hermanos, luchemos que Dios está con nosotros y sólo a Él debemos temerle!

El Padre Ruyer, francés de  origen, en lo alto del atalaya del cerro fue el primero en avistar las primeras embarcaciones asomando en la punta del río. Se deslizaban lentamente en sintonía con la velocidad de la corriente. Pronto asomaron las que venían a la retaguardia y el horizonte se cubrió de balsas y canoas que revestían la totalidad del ancho del cauce. Verdaderamente daba miedo la poderosa armada bandeirante que arrogante y segura de sí misma avanzaba confiada. El Padre Torres captó la seña del Padre Ruyer indicando el avance enemigo y reenvió el aviso al puesto de información, que de inmediato retransmitió a todos los batallones y destacamentos de la defensa.

Expectante y nerviosa la armada guaraní al mando de Arazay se puso en posición de combate, presto a batallar apenas sonara el primer cañonazo. La angustia de la espera crecía exasperante hasta parecer que el corto trayecto al arroyo Mbororé se alargaba más de lo previsto. La ansiedad crispaba los nervios y nadie se movía por temor a alertar a los atacantes.

Así de nerviosos permanecían cuando la primera balsa cruzó la línea de la desembocadura del arroyo y la bala de cañón disparada desde lo alto del cerro dio en el centro de la embarcación, haciéndola añicos. Inmediatamente al estruendo, el silbido de miles de flechas surcaron el cielo desde ambas orillas, y los disparos de los arcabuces y mosquetes llenaron de ruido a pura espoleta. Mortíferas bolas de fuego escupían las catapultas reafirmando el poder de ataque.

Por fin la cuadrilla emboscada en el arroyo salió de su encierro de días, abriéndose en abanico y arremetiendo por el centro con inusual potencia a la desprevenida armada atacante, que encajonada y sin posibilidad de maniobra quedó rodeada con fatales consecuencias.

En menos tiempo de lo que se esperaba los bandeirantes quedaron destrozados debido al doble ataque fluvial y terrestre. Cientos de cadáveres flotando y solitarias embarcaciones vacías se deslizaban blandamente río abajo. Aquellos que lograron desembarcar y trataron de atacar las empalizadas fueron rechazados totalmente y al huir en retirada, los embravecidos y furiosos guaraníes los persiguieron hasta cazarlos. La situación había cambiado definitivamente y eran ellos los que sufrían en carne propia la desgracia cruel de ser acosados.

De pronto la gritería de los bravos defensores estalló ensordecedora al darse cuenta de que la batalla en el río estaba ganada, confirmando anticipadamente el triunfo total que se vendría. Ya la escena bélica que diera comienzo en el río a las dos de la tarde, finalizaba tres horas después con el desbande bandeirante y el forzado retroceso de las embarcaciones tratando de ganar la orilla. Los mamelucos y tupíes que huyeron selva adentro fueron perseguidos implacablemente, hallando horrible muerte a manos de los guaraníes o entre las garras de las fieras.

Poco tiempo más tarde, reunido el Estado Mayor Guaraní con la finalidad de analizar la jornada del primer día de guerra, llegado el turno de notificar la cantidad de enemigos hechos prisioneros, el encargado de dar el parte, Comandante General Nicolás Ñeenguirú, informó que al día de la fecha no había prisioneros de guerra.

La noche trajo un poco de sosiego a la lucha fluvial y terrestre. El río que unas horas antes fuera escenario de la impiadosa batalla, límpido se desplazaba bajo el brillo de la luna, cuya claridad dejaba entrever desvencijadas embarcaciones y cadáveres flotando en las orillas. No sería por mucho tiempo, la fuerza del agua los arrastraría más tarde o más temprano. La calma nocturna extendió el sosiego al rincón de Mobororé, y los bravos se aprestaban a ir al descanso reparador con la certeza del triunfo logrado.

-Id a descansar -ordenó el Padre Torres-. Estamos a un diezmo del triunfo final y “todos” deben ir a descansar, que la guardia reforzada os velará vuestro sueño

-Qué así sea -contestaron los bravos.

“Todos” significaba que realmente todos debían irse a dormir, presagiando el sacerdote que no todos cumplirían el mandato. No lo harían los grupos de indios más rudos y vengativos que saldrían a cazar humanos, esto lo sabía el sacerdote y lo expresó como un mandato de conciencia a sabiendas de que no tomarían prisioneros. Creyó que en última instancia obedecerían la orden, pero, ¿lo harían?

(De la novela “Misiones la República Utópica de los Jesuitas”

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