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Dic 31 2016

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CASTELLI Y EL AJUSTICIAMIENTO DE FRANCISCO DE PAULA SANZ, VICENTE NIETO Y JOSÉ DE CÓRDOVA


por Felipe Pigna
 

Las cuatro intendencias del Alto Perú –Potosí, Charcas, Cochabamba y La Paz– estaban convulsionadas por las noticias de cambios radicales que llegaban desde la capital del virreinato. Los líderes reaccionarios ajustaron las clavijas e incrementaron las medidas represivas para evitar que la chispa encendiera la pradera.

Allí se decidió que se sentenciaría a muerte a todos los hombres de la expedición enviada por la Junta de Buenos Aires y que estas provincias quedarían bajo la protección del virrey del Perú, José Fernando de Abascal, quien accedió gustoso a que las minas de Potosí volvieran a llenar sus arcas y lanzó un manifiesto donde decía: “Los americanos han nacido para ser esclavos destinados por la naturaleza para vegetar en la oscuridad y el abatimiento”.1

Al día siguiente, en la plaza principal de Lima tuvo lugar un ingenioso episodio de protesta: alguien colocó tres sacos, el primero con sal, el segundo con habas y el tercero con cal. Parece que algún chupamedia entendió el jeroglífico y ordenó retirar las bolsas que reclamaban el retiro del vetusto virrey.

Nieto desconfiaba de las tropas que estaban a su servicio y que habían subido desde Buenos Aires en 1809 para sofocar las rebeliones de Chuquisaca y La Paz. Sin más trámite, desarmó a todos los Patricios y Arribeños y los mandó maniatados a Potosí, donde los recibió el intendente y explotador minero Francisco de Paula Sanz, quien los arrojó a los socavones del cerro de plata como trabajadores esclavos. Al cabo de un mes, más de un tercio de ellos habían muerto.

Así las cosas, a las espaldas de Abascal estalló como una bomba la sublevación de Quito, y el Norte argentino se vio sacudido por la derrota de la contrarrevolución de Liniers. La subida de las tropas que perseguían al ejército enviado para plegarse a Liniers, que encabezaba José de Córdova 2  y que fue alcanzado y derrotado por las fuerzas patriotas al mando de Balcarce el 7 de noviembre de 1810 en Suipacha, complicó la situación.

Al día siguiente de la primera victoria de las fuerzas revolucionarias y en un clima de enorme expectativa, se incorporó a las tropas Juan José Castelli y fue recibiendo comunicados de los rebeldes de las distintas zonas del Alto Perú que se sumaban a la causa americana.

La proclama de Castelli a su tropa dejaba en claro los objetivos político-militares de la expedición: “Ciudadanos, militares, amigos, hermanos y compañeros: La virtud y el heroísmo no pueden quedar sin premio, así como no pueden quedar impunes los crímenes. Mi gloria es partida con vosotros, por vida de la Patria y exterminio de nuestros rivales, impenitentes, endurecidos y envidiosos”.3

En una breve reunión, Castelli y Balcarce resolvieron formar un grupo operativo especial con una misión específica: capturar a Nieto, que, como correspondía a un sujeto de su calaña, se había fugado tras la derrota de Suipacha. Castelli propuso que el grupo estuviera integrado fundamentalmente por los Patricios que habían sobrevivido a los rigores del cerro de Potosí impuestos por Nieto y Paula Sanz, y que habían sido reincorporados con todos los honores al ejército patriota. Castelli les explicó que les encomendaba la misión porque “resultaba interesante proporcionar a los rescatados la ocasión de reparar los agravios pendientes con el culpable de aquellas miserias”. El grupo sería acompañado por un pelotón de indios conocedores del lugar que cortarían camino circulando por los terrenos intransitables para las cabalgaduras “para garantizar la rápida captura del asesino Nieto”.

Los nativos fueron los primeros en llegar a la aldea de San Antonio de Lipes, cerca de Oruro. Allí se toparon con un grupo de españoles fugitivos que estaban descansando. Les quitaron los caballos y esperaron la llegada de los Patricios, ante quienes los godos se rindieron encabezados por Nieto, preciado botín de guerra, que había dicho unos días antes en un comunicado: “Tengo en mi poder varios oficios relativos a órdenes y aprobaciones de la revolucionaria Junta de Buenos Aires que no he dado el uso que correspondía, porque espero tener la satisfacción de hacérselos comer en iguales porciones a los sucios y viles insurgentes, que me los han remitido bajo el título de Representantes del Poder Soberano”.

El mariscal Nieto pronto tuvo grata compañía en su prisión potosina: el gobernador intendente de Potosí, Francisco de Paula Sanz, que pretendía huir con 300.000 pesos en pasta de oro y plata, pertenecientes a los caudales públicos, pero que fue capturado, al igual que su correligionario Córdova.

El 14 de diciembre de 1810, Castelli firmó la sentencia que condenaba a muerte a los enemigos de la revolución. A las nueve de la noche fueron puestos en capilla, y se les adjudicaron habitaciones separadas para que “pudiesen prepararse a morir cristianamente”.

El día 15, en la Plaza Mayor de la imperial villa, entre las 10 y 11 horas de la mañana, se ejecutó la sentencia, previa lectura en alta voz que de ella se hizo a los reos, hincados delante de las banderas de los regimientos.

Así cayeron sin pena ni gloria a manos de la “canalla” de Buenos Aires, por la cual habían sentido tanto odio y desprecio, dos de los tres militares que habían llegado al Perú a servir a su rey y derrotar a los insurgentes.

El tercero, José Manuel de Goyeneche, pudo escapar y sobrevivir para hostigar a las fuerzas patriotas durante varios años.

1 Córdova había nacido en 1774 en la isla de León (España). De muy joven se incorporó a la marina y participó en numerosas batallas en el Mediterráneo y el Atlántico. Formó parte de la campaña de Cerdeña, en el golfo de Parma, y colaboró en la toma de las islas San Pedro y San Antíoco. En 1801 fue destinado al apostadero naval de Montevideo. En 1806 participó en la reconquista de Buenos Aires, a las órdenes de Liniers, y fue ascendido a capitán de fragata. En 1808 fue afectado al ejército del mariscal Nieto, con el grado de “mayor general”.

2 Ricardo Levene,  Mariano Moreno y la Revolución  de Mayo, Buenos Aires, Editorial Peuser, 1960.

3 Julio César Chaves, Castelli: el adalid de mayo, Buenos Aires, Editorial Leviatán, 1957, pág. 213.

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