MANOSEANDO PALABRAS

 

por José Antonio Vera

Algunos fanáticos de derecha han osado declarar públicamente, y en diferentes épocas, que cada vez que oyen las palabras cultura o viva la vida, sacan su pistola. Algo parecido les está ocurriendo ahora a muchos ideólogos del mercado cuando escuchan ese vocablo, que han adorado por largas décadas.

Europa-CrisisConvertido en Dios Universal y Único, por políticos que utilizan esa palabra como fundamento esencial de sus discursos, la misma, y quizás por el abuso que se hace de ella, está acusando un irrefrenable descrédito entre las diferentes ciudadanías de todo el mundo, víctimas del totalitarismo financiero global que obstaculiza todo proyecto de desarrollo que amague con algo de justicia y equidad social.

La doctrina está desgastada, cierto, porque el capitalismo la aplica en beneficio exclusivo de las clases pudientes, pero la palabra mucho más porque ella llega directo al oído y a la emoción, no reclama ninguna elucubración ni análisis, y la verdad es que ya no sirve tanto como hace un tiempo para redondear las oratorias y publicidades engañosas.

Hay preocupación e, incluso visible alarma entre algunos referentes de ese pujante gremio de gerentes que se han convertido en políticos desde que la especulación financiera se montó encima de esa noble actividad humana prostituyéndola con su avaricia.

Los más conspicuos practicantes y promotores del Dios Mercado, se están viendo forzados a buscar un sustituto y, vaya paradoja, parece que lo han encontrado en la palabra socialismo, la cual es utilizada como desvergonzada muletilla en diversas partes del mundo por aventureros que usurpan la función de gobernante de una ciudad, de un departamento, o de un país, incluyendo a organismos multinacionales.

Para agravar el manoseo de ese proyecto humano, y con el propósito de sepultar su esencia, los zopilotes de la política y de la comunicación venal, cada día ventilan más como propios varios principios de las reivindicaciones históricas que la izquierda ha legitimado con sus heroicas luchas de siglos, tal los derechos humanos, la justicia social, redistribución de la riqueza, trabajo digno o recuperación para el pueblo de los recursos naturales, como la tierra y las fuentes energéticas.

Claro ejemplo de esa usurpación es el nuevo Primer Ministro de Francia, Manuel Valls, quien no tiene pudor en representar lo que irresponsablemente algunos llaman gobierno socialista, por el sólo hecho de que el Presidente Francois Hollande es prominente figura de ese partido que, contra toda moral y respeto por la historia, mantiene ese nombre.

El 30, último día de este mes, el Ejecutivo impulsará la adopción por la Asamblea Nacional de un “Pacto de Responsabilidad” que consiste en un recorte, durante los tres años próximos, de 50 mil millones de euros del presupuesto del Estado, congelando los servicios sociales, los salarios de los funcionarios públicos, y las jubilaciones y pensiones.

El objetivo es “reducir el costo social que pagan las empresas” y así mejorar su rentabilidad, “sin que sea necesario cuestionar nuestras reglas sociales, en particular el salario mínimo”, tal la recomendación del Fondo Monetario Internacional (FMI), “como base de la credibilidad y la confianza, para obtener margen de maniobra para invertir”. Impúdico, ¿el hombre tendrá conciencia del grado de cinismo que cultiva?.

Desde el momento que la izquierda perdió los principios que la identificaban con la lucha por la transformación estructural del sistema capitalista, el socialismo, como ideología revolucionaria, ha sido abandonado traicioneramente en todos los países europeos con fuertes coletazos allende las fronteras, postura que, en el mal llamado viejo continente, intentaron mantener algunas corrientes, en particular la socialdemocracia leal a Rosa Luxemburgo, los partidos trotskistas y anarquistas y el ala comunista discrepante con el oficialismo obediente a Moscú.

Los partidos que aún se autoproclaman socialistas y que llegaron a dirigir gobiernos en el último cuarto de siglo, con algunas fases iniciales positivas en Escandinavia, en particular en Suecia, y en Austria, España, Francia e Italia, han ido claudicando, desviándose hacia abiertas posturas anti-populares al interior de cada nación, sumándose en el plano externo a la ofensiva guerrerista y saqueadora de patrimonios nacionales por Estados Unidos, en particular en los Balcanes y en Medio Oriente, bajo el manto de la OTAN.

En la década del ochenta, los mal llamados gobiernos socialdemócratas europeos, casi de manera idéntica en los diferentes procesos de cada país, comenzaron a fungir de gerentes y ordenadores, normalizadores del caos económico dejado por los partidos de derecha, y ese desliz los convirtió en pocos años en funcionales al imperialismo, abrazándose luego al Dios Mercado, que les ha absorbido hasta las tripas, para comilona de las fuerzas ultra que andan cabalgando en el remozado nazi-fascismo, financiado por el sionismo.

Con la falacia de que “no podemos vivir por encima de nuestras posibilidades”, el Premier galo se esfuerza por demostrar que el pueblo pobre de Francia, creciendo en números sin parar, es el culpable del descalabro económico y del endeudamiento del Estado, cuyo funcionamiento, dice, cuesta el 57 por ciento del Producto Interno Bruto, deterioro que, según la óptica progresista, los conduce a atender solamente los intereses de arriba, convirtiéndose, de esa forma, en meros gestores del capital privado en la explotación de todos los trabajadores, sin importar la especialidad y el quehacer de cada uno.

La deuda estatal subió del 50 por ciento del PIB en el 2002, al 90, al terminar la presidencia de Nicolás Sarkozy y, desde mayo del 2012, ha continuado subiendo, informó Valls en clara confesión de que su matriz ideológica nada tiene de socialista, aunque es prolijidad reconocerle que aporta un alerta muy serio hacia los gobiernos mejores de Suramérica.

La Francia de las tres décadas de gloria, al igual que la disfrutaron, tras la reconstrucción, otros países devastados por la segunda guerra mundial, llegó a tener un envidiable nivel de bienestar social y desarrollo industrial, aprovechando muy bien el rico capital cultural que poseía, pero sucumbió en los últimos años debido a que sus sucesivos gobiernos aplicaron siempre la misma receta de privilegiar a la oligarquía y la burguesía, y contentar con empleo abundante, buenos salarios y asistencialismo a la gran masa del pueblo, mientras ayudaba a consolidar la concentración de la riqueza en una minoría de familias de vida confortable, sin ninguna sensibilidad humana ni social.

Los sucesivos fracasos de la izquierda europea, extinguida hoy en su esencia por falta de una autocrítica rectificadora, desconocida por todos los sacrosantos gobiernos socialistas aupados a los cargos y a los privilegios del sistema, aporta una lección inestimable a las experiencias de la política reformista que anda tallando por el subcontinente americano.

El imperativo sería no repetir tamaña traición a los pueblos, amenaza tangible como factible si es que los procesos de cambios, que están en marcha en la región, no se profundizan, y continúan pagando un caro tributo al vicio de la capitulación que, finalmente, siempre ha culminado en la restauración de lo peor. La revolución francesa de 1789, es un testimonio de lujo.

ARGENPRESS.info

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