LA SOCIEDAD DESASOCIADA Y LA HORA DEL CONSENSO

 
 Por Horacio Simes

El estallido de lo social. Las constantes crisis económicas que enfrentan muchos de los países en el mundo actual encubren, en el fondo, un problema de base: se tratan de crisis de socialidad. IMAGEN-MERCADO-MEDIEVAL

El sistema de organización económica capitalista tiene su origen político-institucional en la Revolución Francesa de 1789. Pero su gestación fue el resultado de un largo proceso que involucró (en la mirada de pensadores como Karl Polanyi, Pierre Rosanvallón y otros), eventos configuradores (por citar algunos: los cercamientos de tierras comunales en Inglaterra, las revoluciones  industrial y comercial, el pensamiento de la Ilustración y de los primeros pensadores de la denominada economía política -principalmente A. Smith-, el incremento del poder social de las clases ligadas a las actividades industriales y comerciales), que promovieron la emergencia de un orden social con las siguientes características estructurantes:

a. inversión del orden del sentido de la conformación de lo social: mientras que en las sociedades tradicionales el colectivo social era constituyente del individuo social, pre-existiéndolo, en las sociedades modernas es el individuo (el que a través de un “contrato social”) quien constituye, en asociación con otros, a la sociedad, pre-existiéndola;

b. separación de las esferas de lo público y lo privado;

c. separación de tareas entre estas esferas (en un contexto de pretendida competencia perfecta): al mercado le corresponde la creación de riqueza desde su actuación en el sector privado (a través de la maximización individual y la competencia), y al Estado le compete el mantenimiento del orden productivo y social, y  la extracción de recursos para su sostenimiento.

En éste estado de situación, el escenario queda planteado del siguiente modo: desde el mercado se permite producir y acumular en contexto de propiedad privada, y desde el Estado se actúa en pos de la regulación del correcto funcionamiento del sistema. Pero, dado que ha debido reconocerse asimismo que los equilibrios económicos pueden no resultar en situaciones de equidad social, el Estado puede entonces utilizar políticas redistributivas con tal fin.

Así que, en un contexto donde: a) el sistema de producción permite la acumulación económica ilimitada (en un mundo con recursos finitos: vgr. la tierra), b) se implementa lo que Heilbroner menciona como el “derecho de exclusión” (se prohíbe el acceso, uso o goce de los bienes en propiedad privada –atesoramientos en depósitos, silos, almacenes, etc., desligados de la cuestión social, son una prueba de ello-), c) la lógica mercantil se ha expandido a gran parte de los espacios de interacción social y, d) la competencia de libre concurrencia parece haberse esfumado (si alguna vez verdaderamente existió) de gran parte de la realidad económica; entonces, al Estado se le ha hecho cada vez más imperiosa la necesidad de echar mano a la función de redistribución (la desigualdad en ingresos se ha acentuado –y continúa haciéndolo- en gran parte del mundo), pero también a la de regulación de las operaciones de mercado.

Pero pronto enfrentó al menos dos grandes problemas: 1. Los pequeños empresarios se convirtieron en verdaderamente grandes (y poderosos): de las cien economías más grandes del mundo, aproximadamente la mitad son empresas y la mitad países y, 2. Las empresas multinacionales se desterritorializaron, dificultando la capacidad de los Estados para implementar sus sistemas tributarios eficientemente. A esto debe incorporarse que, dada la magnitud de las compañías, y sus poderes económicos, sus intervenciones originan la competencia entre algunos Estados para captar la atención de dichos recursos, aún cuando la principal variable de ajuste resulte ser…

La variable de ajuste en tiempos de globalización

Los salarios. Con salarios fijados nominalmente y a plazo, y precios libres y a diario, en economías concentradas el negocio puede ser próspero. Con salarios en alza y precios controlados, las ganancias disminuyen. El sector económico entonces pide: administrar libremente los precios y reducir o congelar los salarios (el ajuste). El sector público entonces quiere: reducir o congelar precios, y elevar salarios (en todo esto debe considerarse a aquellos que tienen poder para fijar sus salarios, y quienes no; los ejecutivos de empresas pueden llegar a alcanzar la capacidad de ejercer algún control sobre sus propios salarios –para el caso de EEUU, el profesor Ha-Joon Chang afirma que “la clase directiva de Estados Unidos ha adquirido tal poder económico, político e ideológico, que ha podido manipular las fuerzas que determinan su salario”-. Además, ciertos sectores sindicalizados tienen poder suficiente para mejorar su posición relativa respecto a otros sectores. En el análisis también ha de incorporarse la situación de los cuentapropistas). El sistema de regulación vía mercado ya no opera adecuadamente. Es la hora del consenso. En la mesa de encuentro habrán de sentarse: el Estado, las empresas, los sindicatos, y los representantes de cuentapropistas y consumidores. Unos piden mayores ganancias, otros mejores salarios (u otros ingresos). La problemática involucra procesos de disputa distributiva (los resultados cuando no hay acuerdos son: inflación, desabastecimientos, paros, desbalances de ingresos entre sectores). Una variable clave son los precios (pues determinan, junto con las cantidades vendidas, los ingresos corporativos -o personales-; y junto con el salario nominal –u otros ingresos-, el poder adquisitivo). ¿Qué porción del producto habrá de corresponder a cada quien? (la cuestión acerca de qué tipo de bienes y servicios han de producirse, ha sido planteada en un artículo previo).

El momento del reparto

El problema del reparto ha causado controversias diversas, y dividido aún a los denominados clásicos en teoría económica (y a sus intérpretes). En Smith y Ricardo, por ejemplo, el sistema de producción y distribución estaba regulado por procesos de expansión y retracción de factores como la productividad de los factores, el crecimiento de la población y la innovación técnica, en una dinámica que se concebía parte de un proceso en el que los precios, salarios, intereses y beneficios tendían a sus valores naturales (determinados por las fuerzas en interacción, en un mecanismo que obedecía a sus propias leyes de funcionamiento). Pero con Mill, la mirada se modifica: la producción es resultado de un proceso determinado naturalmente, pero la distribución es fruto de la convención. Y en Marx se recrudece: explotación y plus-valor: los dueños de los medios de producción se quedan con parte del producto de los trabajadores. La tradición neoclásica (ampliamente sostenida en la doctrina económica actual) sintetiza el proceso con una idea precisa: el valor de los productos marginales. Esto es, cada uno recibe lo que contribuye a aportar en los mercados. Pero en la actualidad la proposición neoclásica resulta cada vez más sospechada. Los procesos de producción implican, en una medida no menor, procesos de producción conjunta  o altamente indivisibles. ¿Cuál es la parte que aporta el administrativo y cuál quien se encuentra en el salón de ventas? El mercado lo resuelve por escaseces, diferenciación y poder de negociación, antes que por productividad, o bien se resuelve a través de otras variables (por ejemplo, el sistema legal: el ya referenciado profesor Ha-Joon Chang menciona como un factor determinante del nivel de salarios al control inmigratorio. En la concepción de  Keynes, por ejemplo, el salario nominal es fijado por convenio colectivo).  Aún más, todos los hombres recibimos de la historia una herencia material y cultural de valor incalculable, así como del entorno presente. Las siguientes palabras de Goethe (dirigidas a Eckermann –citada por el cardenal Höffner-) resultan ilustrativas: “¡Qué poco tenemos y somos nosotros de lo que en el sentido más puro llamamos propiedad nuestra! Todos nosotros tenemos que recibir y aprender, tanto de los que existieron antes que nosotros como de los que viven con nosotros. Ni el mayor de los genios llegaría muy lejos si quisiera deberlo todo a su propio interior. Pero eso no lo entiende mucha gente y tantea en las tinieblas de una semi-vida con sus sueños de originalidad”. Desde una posición más económica, el financista Warren Buffet ha expresado en una entrevista lo siguiente (citado por el profesor Ha-Joon Chang): “Personalmente creo que la sociedad es responsable de un porcentaje muy considerable de lo que he ganado. Si me dejaran en medio de Bangladesh, de Perú o donde fuera, veríamos cuánto produciría ese talento en suelo poco adecuado. Resulta que trabajo en un sistema de mercado que retribuye muy bien, desproporcionadamente bien, lo que hago”.

El necesario resurgir de lo social

El mercado ya no impone sus propios límites al crecimiento de los precios en condiciones de concentración, los poderes económicos se encuentran desbalanceados, el Estado ha perdido fuerza (y legitimidad social) en su función de control y recaudación… ¿y entonces?

Es necesario retomar el sentido de lo social. Somos parte de una misma realidad, ¿compartimos el mismo destino como comunidad? Nuestro proveedor, nuestro cliente, el competidor, son miembros del mismo colectivo social. La división de factores productivos y tareas ha de tener en consideración al conjunto de la sociedad (y también la cuestión de la equidad inter-generacional). Y el sistema de producción y distribución del producto ha de ser el resultado de un acuerdo social con visión de integralidad. La última crisis financiera y económica ha dejado –sin totalizar- empresas quebradas (algunos de ellas recuperadas o compradas por los Estados), familias sin casas, bancos con casas y ejecutivos enriquecidos. En las cadenas de valor del sistema productivo actual de nuestro país: ¿cuánto se lleva cada cuál? ¿cuál es la medida de lo justo? ¿Cuáles son los sectores más postergados en el reparto social? Alguna medida del esfuerzo productivo ha de ser requerida (con las consideraciones realizadas previamente, y atendiendo a las poblaciones que por diversas circunstancias no se encuentran en posición de participar del proceso de producción), pero también de capacidades, necesidades y equidad social. Es necesario reconocer las diferencias en la pluralidad, y darles a éstas un espacio en lo social. El sistema productivo no puede ser el elemento neural de la integración social. El lazo societario derivado del comercio impersonal ha fallado, y ha resultado ser deshumanizante. El sistema actual excluye, y asiste con dificultad, y sin sentido de integración real. Es la hora de reconstruir el sentir comunitario, sentarse en la misma mesa, y consensuar, con mirada de conjunto. Es la hora de juntar las partes, y reconstruir una economía más humana, con claro sentido de integración social: ¿representa nuestro actual sistema económico un ordenamiento adecuado en la búsqueda del bienestar de todos?

* Horacio Simes – Magister en Economía. Profesor Adjunto de las Cátedras Macroeconomía I y Política Económica, y profesor responsable de la asignatura Economía Social de la UNaM.

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