JESÚS EL PROVOCADOR

 

por Diego Naselli MACERA  ///////-.

Para la Pascua del 30 d.C., Jerusalén era una ciudad convulsionada por la llegada de cientos de peregrinos que iban a celebrar la Fiesta de la Libertad y recordar la salida de Egipto. Junto a los peregrinos también llegaban grupos rebeldes y de resistencia que veían esta festividad como un momento propicio para enfrentarse a la dominación romana por lo que las autoridades imperiales extremaban el control para impedir actos de violencia y disturbios. Además, las autoridades religiosas judías vigilaban las actividades de profetas, líderes sectarios y magos que pululaban entre los visitantes a la ciudad para impedir la propagación de creencias contrarias al Templo. JESUS EL PROVOCADOR

En ese contexto, llega a Jerusalén el rabí Jesús de Nazaret para cumplir con la peregrinación anual de la Pascua, peregrinación que realizaba desde niño junto a sus padres obedeciendo las escrituras y la ley.(1) Pero esta vez el objetivo de la visita no era el mismo que el resto de los peregrinos sino cumplir con el destino para el que había sido elegido. Dos años antes, Jesús de Nazaret había comenzado la prédica de un nuevo mensaje contrario a la ortodoxia religiosa y la visita a Jerusalén para la celebración de la Pascua se iba a convertir en el final de su vida pública pero el inicio de su eternidad. Para avisar a las autoridades imperiales romanas y sacerdotales judías de su presencia en la ciudad y demostrar sus diferencias con los líderes de grupos rebeldes y de resistencia, Jesús iba a realizar distintos actos provocativos que produjeron su detención, tortura y muerte.

La primera provocación: El Adventus

Unos días antes del inicio de las celebraciones por la Pascua del 30 d.C., Jesús de Nazaret se acercaba a Jerusalén y envió a dos de sus discípulos para preparar su llegada. A los discípulos se les encargó conseguir un asno que serviría de montura y avisar a los seguidores que se encontraban en la ciudad sobre su pronto arribo: «Al llegar cerca de Betfagé y de Betania, junto al monte de los Olivos, envió a dos discípulos diciéndoles: «Id a la aldea de enfrente y, a la entrada, encontraréis un pollino atado sobre el que nadie ha montado aún; desatadlo y traedlo. Si alguien os pregunta: ¿Por qué lo desatáis?, decidle: El Señor lo necesita». Los enviados fueron y lo encontraron como les había dicho» (Lucas 19, 29-32). Montado sobre un asno -en el día que la tradición cristiana conoce como el Domingo de Ramos-, Jesús ingresa a Jerusalén rodeado por sus seguidores, quienes colocan sus mantos sobre el suelo al modo de alfombras y agitan ramos de palmas coreando alabanzas a Dios. Según el evangelio canónico de Marcos, la llegada sucede de la siguiente manera: «Llevaron el pollino a Jesús, pusieron encima sus mantos y Jesús se montó en él. Muchos alfombraban el camino con sus mantos, y otros con ramas que cortaban en los campos. Los que iban delante y detrás gritaban: «¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! […]» (Marcos 11, 7-10).
De forma similar, Lucas en su evangelio al igual que Mateo reproducen la ceremonia(2) pero Juan el Evangelista invierte los pasos rituales colocando primero el recibimiento con palmas y luego la montura de Jesús sobre el asno: «Al día siguiente, la gente que había ido a la fiesta, al oír que Jesús venía a Jerusalén, tomaron ramos de palmas y salieron a su encuentro, gritando: «¡Viva! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡El rey de Israel!» Y Jesús encontró un asno y se montó en él, según está escrito […]» (Juan 12, 12-14). Aunque las cuatro reproducciones sobre la llegada de Jesús a Jerusalén se diferencian en pequeños detalles, las cuatro hacen referencia a una ceremonia llamada Adventus o «Llegada» que era realizada para las autoridades romanas como el Emperador o un gobernador provincial al ingresar a una ciudad importante del Imperio.

Según la investigadora María Jesús Ponce, la ceremonia de adventus seguía unos pasos regulares que consistían primero en el anuncio de la llegada de la autoridad para que sus súbditos se prepararan, luego se organizaba una procesión encabezada por los altos dignatarios de la ciudad que salía a recibir al gobernante mientras se agitaban flores, ramas de olivos o palmeras y se portaban luces, incienso, enseñas de asociaciones y corporaciones cívicas y estatuas de los dioses, todo acompañado por cantos y aclamaciones. Por último, se intercambiaban saludos y se invitaba al recién llegado a ingresar a la ciudad.(3) Esta ceremonia tenía la función de transformar «[…] la llegada triunfal del gobernante romano en una expresión simbólica de lo universal y eterna Victoria de Roma»(4), legitimando el poder de Roma sobre los súbditos del Imperio.
Al realizar una particular ceremonia de adventus, Jesús de Nazaret no solo era presentado como una autoridad política -«rey de Israel» o «el rey» según sus seguidores- y religiosa -rabí o profeta, según sus discípulos- lo que molestaba a los fariseos(5) sino que también ironizaba el ritual romano presentándose ante Jerusalén montado en un asno -mientras que las autoridades romanas lo hacían en caballos blancos- y celebrando una ceremonia destinada únicamente para los cargos de mayor jerarquía del Imperio Romano. Esta ironización ritual tenía la intención de provocar a la máxima autoridad romana que se encontraba en Jerusalén para la Pascua, el prefecto Poncio Pilato que había viajado desde Cesarea para estar presente durante las festividades judías y, por ser la máxima autoridad romana de la provincia de Judea, tuvo que ser recibido mediante la ceremonia oficial del Adventus.

La segunda provocación: Disturbios en el Templo

Una vez ingresado a la ciudad, la ceremonia del adventus establecía que el recién llegado debía visitar los santuarios y templos locales para ofrecer sacrificios y conceder donaciones a los dioses y sus fieles.(6) Continuando con el ritual, Jesús de Nazaret visita el Templo y realiza su único acto violento: la expulsión de los mercaderes y cambistas. Según Mateo, ya dentro de Jerusalén Jesús entra al Templo y en el patio de los gentiles «[…] echó a todos los que estaban allí vendiendo y comprando. Volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas, y les dijo «Está escrito: Mi casa es casa de oraciones; pero vosotros la habéis convertido en una cueva de ladrones»» (Mateo 21, 12-13). Este acto de violencia en contra de los mercaderes y cambistas del Templo, tenía el objetivo de mostrar la connivencia de los Levitas con los comerciantes que colocaban sus tiendas en el patio de los gentiles y durante la Pascua ofrecían a los peregrinos sus productos a precios muy altos y cambiaban monedas a valores desproporcionados.(7) Pero Jesús había visitado frecuentemente el Templo y visto a los mercaderes y cambistas varias veces ya que sus puestos ofrecían animales preparados según los «preceptos de pureza» y cambiaban diferentes monedas por los siclos necesarios para las ofrendas, por lo tanto los disturbios ocasionados días antes de la Pascua también tenían como objetivo provocar la intervención de los soldados romanos. Sin embargo, el desorden ocasionado solo duro algunos minutos y los sacerdotes lograron restablecer el orden por lo que Jesús recibe a algunos enfermos(8) y se retira a Betania.(9)

Aunque los romanos no intervinieron en los disturbios, los sacerdotes veían con preocupación las acciones de Jesús por lo que intentaban terminar con él: «Los sumos sacerdotes y los maestros de la ley, al enterarse, buscaron el modo de acabar con él, pues le tenían miedo porque toda la gente estaba asombrada de su doctrina» (Marcos 11, 18). Sin embargo, solo las autoridades romanas podían ayudar a cumplir el destino que Jesús tenía para su vida.

La detención y la «No Violencia»

Luego de la última cena y de ser entregado por Judas Iscariote a los enviados por los sumos sacerdotes,(10) Jesús es llevado ante el sumo sacerdote Caifás, quien presidiendo el Tribunal Supremo lo condena a muerte por blasfemia: «[…] El sumo sacerdote le dijo: «¡Te conjuro por Dios vivo que nos digas si tú eres el mesías, el hijo de Dios!» Jesús contestó: «Tú lo has dicho. Y os declaro ahora veréis al hijo del hombre sentado a la diestra del Padre y venir sobre las nubes del cielo». Entonces el sumo sacerdote se rasgó las vestiduras y dijo: «¡Ha blasfemado! […]» (Mateo 26, 63-65). Sin embargo, la pena establecida por el Tribunal Supremo compuesto por sumos sacerdotes y ancianos solo puede ser confirmada por el gobernador romano, quien tiene la potestad bajo la dominación imperial de condenar a muerte a un imputado, por lo que Jesús fue presentado al prefecto Pilato. Según los evangelios canónicos, cuando Poncio Pilato recibe a Jesús de Nazaret comienza con un interrogatorio: «Ataron a Jesús, lo llevaron y se lo entregaron a Pilato. Pilato le preguntó: «¿Eres tú el rey de los judíos?» Y él respondió «Tú lo dices». Y los sumos sacerdotes le acusaban de muchas cosas. Pilato le preguntó de nuevo: «¿No respondes nada? Mira de cuántas cosas te acusan». Pero Jesús no respondió nada hasta el punto de que Pilato quedó muy extrañado» (Marcos 15, 1-5) pero la causa de la acusación se transforma de una imputación religiosa -una blasfemia por considerarse una divinidad- a una política ya que se atribuía un título real sin el consentimiento de la fuerza de dominación. Al aceptar su condición de «rey de los judíos» ante el prefecto romano y realizar una ceremonia pública de adventus típica de las máximas autoridades imperiales, Jesús fue imputado por el crimen de Lesa majestad contra el Estado romano y, por pertenecer a una baja condición social, su castigo sería el de criminales peligrosos, traidores, desertores militares o esclavos: la crucifixión.

Aunque Pilato no quería intervenir directamente en asuntos internos porque mantenía una mala relación con los judíos debido a que imponía por la fuerza la dominación romana;(11) solo el prefecto como autoridad imperial podía dictar sentencia y determinar la condena de muerte sobre un criminal por lo que entregó a Jesús para ser ajusticiado: «El autor de este nombre fue Cristo, el cual, imperando Tiberio, había sido justiciado por orden de Poncio Pilato, procurador, de la Judea […]» (Tácito, Los Anales 15, 44). Los encargados de ejecutar la condena fueron legionarios romanos bajo las órdenes del prefecto, quienes se burlaban de Jesús utilizando símbolos reales mientras lo torturaban:»Luego los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron en torno a él a toda la tropa. Lo desnudaron, le vistieron una túnica purpura, trenzaron una corona de espinas y se la pusieron en la cabeza, y una caña en su mano derecha; y arrodillándose delante, se burlaban de él diciendo: «¡Viva el rey de los judíos!» Le escupían y le pegaban con la caña en la cabeza. Después de haberse burlado de él, le quitaron la túnica, le pusieron sus ropas y lo llevaron a crucificar» (Mateo 27, 27-31)

Sin embargo, desde su detención Jesús nunca realizó un acto violento ni se negó a ser juzgado. Tampoco negó los cargos por lo que se le imputaba, ni la blasfemia ni el crimen de Lesa majestad, lo que exasperaba a las autoridades religiosas y desconcertaba a los funcionarios imperiales. Su actitud de «No violencia» frente a su juzgamiento, condena y torturas lo llevo a la muerte por crucifixión, ejecución dedicada solo para los criminales peligrosos, pero su conducta continuó siendo coherente durante toda su vida hasta el final.

La crucifixión

Obligado a llevar el madero donde sería crucificado, Jesús de Nazaret es trasladado hasta el Gólgota donde se lo ejecuta junto a dos ladrones, representantes también del estamento social más bajo dentro del sistema societario imperial, quienes sufren el mismo castigo. Pero a diferencia de los ladrones, Jesús lleva en su cruz una inscripción donde se establece la causa de su condena; según Marcos, en el cartel estaba escrito: «El rey de los judíos» (Marcos 15, 26) pero según Lucas el letrero decía: «Éste es el rey de los judíos» (Lucas 23, 38) aunque para Juan, en una versión algo diferente, es el mismo Pilato quien escribe el cartel y lo coloca sobre la cruz: «Pilato, por su parte, escribió y puso sobre la cruz este rótulo: «Jesús Nazareno, el rey de los judíos» […] y estaba escrito en hebreo, en latín y en griego» (Juan 19, 19-20), estableciendo que la imputación final era un crimen contra el Estado romano y no un delito contra la religión judía. 


Si bien, la representación de la ceremonia de la «Llegada» antes del inicio de la Pascua y los disturbios en el Templo intentaron provocar a las autoridades romanas para que intervinieran en el destino que debía sufrir Jesús en Jerusalén, estas acciones no lograron su objetivo en un principio pero como solo el prefecto romano tenía la potestad de condenar a muerte a un individuo bajo la dominación imperial su participación en esta historia era inminente y la ejecución de la condena terminó con la vida de un hombre pero le dio paso a su eternidad.

Notas:

(1) «Sus padres iban todos los años a Jerusalén por la fiesta de la pascua. Cuando tuvo doce años, fueron a la fiesta, como era costumbre. Terminada la fiesta, emprendieron el regreso; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que sus padres se dieran cuenta […]», Lucas 2, 41-43.
(2) «A medida que avanzaba, ellos extendían sus mantos en el camino a modo de alfombra. Al acercarse a la bajada del monte de los Olivos, todos los que iban con él, llenos de alegría, comenzaron a alabar a Dios a grandes voces por todos los milagros que habían visto, diciendo: «¡Bendito el que viene, el rey, en nombre del Señor! […]», Lucas 19, 36-38.
(3) Ponce, María Jesús, «Menandro rétor y la figura del gobernador», Habis 30 (1999), p. 359.
(4) Ídem, p. 360.
(5) «Algunos fariseos de entre la gente le dijeron: «Maestro, reprende a tus discípulos». Él les dijo: «Os digo que si éstos se callaran gritarían las piedras»», Lucas 21, 39-40.
(6) Ponce, María Jesús, «Menandro rétor y la figura del gobernador», Habis 30 (1999), p. 361.
(7) López Rosetti, Daniel, El estrés de Jesús: ensayo médico-histórico, San Pablo, Buenos Aires, 2009, pp. 224-225.
(8) «Se llegaron a él en el templo ciegos y cojos, y los curó», Mateo 21, 14.
(9) «Al atardecer, Jesús salió de la ciudad» Marcos 11, 19. «Y dejándoles, salió de la ciudad, se fue a Betania y allí pasó la noche», Mateo 21, 17.
(10) Algunos investigadores postulan que Judas Iscariote siguió una orden de Jesús para que fuera entregado a los sumos sacerdotes, National Geographic, El Evangelio de Judas, Editorial Televisa, México, 2006.
(11) «Uno de sus lugartenientes fue Pilato, a quien se designó para gobernador de Judea. Este, no tanto por honrar a Tiberio cuanto por apesadumbrar a la multitud, dedicó en los palacios de Herodes, dentro de la ciudad santa, unos escudos chapados en oro […]. Habiéndose opuesto él firmemente, pues era inflexible por naturaleza y de una terca arrogancia, gritáronle ellos: ‘No provoques una sedición, no des lugar a una guerra, no destruyas la paz […]», Filón de Alejandría, Sobre la embajada ante Cayo, 299-301.Fuentes y Bibliografía
Ecwiki, «Poncio Pilato», Enciclopedia Católica online, 26 de marzo de 2012 (http://ec.aciprensa.com/wiki/Poncio_Pilato)
Filón de Alejandría, Obras Completas, Tomo I, traducción del griego, introducción y notas de José María Triviño, Universidad Nacional de La Plata, Buenos Aires, 1976.
Jacobovici, Simcha y Pellegrino, Charles, La tumba de Jesús y su familia, Ediciones El Andén, Barcelona, 2007.
La Santa Biblia, director del equipo de traducción de los textos originales Evaristo Martín Nieto, San Pablo, Madrid, 1989.
López Rosetti, Daniel, El estrés de Jesús: ensayo médico-histórico, San Pablo, Buenos Aires, 2009.
National Geographic, El Evangelio de Judas, Editorial Televisa, México, 2006.
Ponce, María Jesús, «Menandro rétor y la figura del gobernador», Habis 30 (1999).
Tácito, Los Anales, Océano Grupo Editorial, España, 2000.


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