PSICOSIS DE LA GRIPE, ESPEJO DE LA SOCIEDAD

Hace 26 años surgía una pandemia nueva para el hombre: el sida. Desde entonces se han lanzado al menos cuatro grandes alertas, la última de las cuales concierne a la llamada gripe A (H1N1). Estas patologías presentan varios puntos en común: derivan tanto de vectores desconocidos –el HIV para el sida o la proteína prion de la encefalopatía espongiforme para el “mal de la vaca loca” (ESB)– como de mutaciones inesperadas de virus conocidos; todas provienen de epizootias (propagaciones de enfermedades animales) y, por último, todas pasaron la barrera inmunitaria que separa a las distintas especies y se volvieron contagiosas para los seres humanos.

Asimismo, también las caracterizan importantes diferencias: el sida mató a 25 millones de personas desde 1983 (de ellas, las dos terceras partes en el África subsahariana). Por su parte, hubo 214 muertos desde 1996 por causa de la variante humana del ESB (1) (de los cuales, 168 eran de Gran Bretaña); el síndrome respiratorio agudo severo (SRAS) provocó 916 víctimas entre 2003 y 2009 (casi todos del Sudeste de Asia). A fines de 2008, la gripe “aviar” (H5N1) apenas tenía 248 casos fatales, el 80% de ellos del sudeste asiático.

En cuanto a la gripe A, ahora tan extendida por el planeta –consecuencia de la “mediación” porcina, como todas las gripes pandémicas del pasado–, “sólo” se le atribuyen 1.250 muertes (sin certezas) en ocho meses, o sea claramente menos que la tasa media de una gripe estacional (300.000 decesos anuales en todo el mundo). Lo cual no descarta su letalidad en invierno, ya que los virus de la gripe resisten bien al frío.

Así, hemos pasado de un peligro, que se reveló masivo y duradero, a potenciales riesgos, recurrentes pero aparentemente débiles. Este cambio va de la mano de actitudes muy diferentes en la manera de aprehenderlos: respecto al sida y al ESB, la opinión pública se preocupó por la manera en que las autoridades y todas las partes afectadas subestimaron los peligros, ocultaron realidades preocupantes e intentaron aplazar lo más posible un escándalo inevitable que cuestionaba a personalidades de primer nivel (2).

En cambio, para el SRAS, la gripe aviar y la gripe transmitida al hombre con el nombre “A”, lo que ocurre es más bien lo contrario: las instituciones sanitarias y los poderes públicos son sospechados de alarmismo. Se les reprocha que utilicen cada oportunidad para desviar la atención de la crisis económica, demostrar su poder de intervención, desplegar una prevención desproporcionada respecto de los peligros reales y, finalmente, entrenar a los cuadros de una gestión mundial a la vez mercantilista, autoritaria e higienista de la salud denunciada desde hace tiempo por Rony Brauman (3), sobre todo al decidir campañas de vacunación obligatoria que en los países pobres resulta al menos discutible.

Así pues, el momento parece propicio para evitar caer en una angustia a todos los niveles sin por ello subestimar lo que está en juego, y para intentar distinguir las fantasías del peligro real.

La amplificación de los riesgos de nuevas epidemias es real: según la Organización Mundial de la Salud (OMS) se descubrieron 39 agentes patógenos desde 1967. La población humana es testigo de un rápido crecimiento (casi 1.000 millones de personas más en diez años) y, sobre todo, una concentración urbana inédita: casi 4.000 millones de individuos viven en las ciudades, o sea más del 50% de la población mundial, y el 25% en las grandes ciudades, entre ellos muchos por debajo de la línea de pobreza (1.000 millones de citadinos viven en condiciones precarias, 862 millones de personas no satisfacen el hambre (4) y 2.000 millones sufren carencias de micronutrientes y proteínas).

Los medios de comunicación, distribución y difusión se desarrollaron considerablemente, acarreando una mayor propagación de los vectores de las enfermedades (los mosquitos son excelentes clientes de las líneas aéreas) y una mayor eficacia en la respuesta. Ya en 1918, la gripe llamada “española” (que también presentaba los subgrupos H1N1), probablemente traída de China por un batallón estadounidense, tardó apenas quince días en dar la vuelta a Estados Unidos (gracias a los barcos, autobuses y trenes) y dos meses en extenderse a los campos de batalla. Terminó matando al menos a treinta millones de personas en todo el mundo (quizá mucho más), de las cuales casi la mitad eran de China e India.

Es por eso que resulta inútil pintar un panorama más negro. Como lo advierte el historiador de medicina Patrick Zylberman, “disponemos de conocimientos científicos sobre el virus (…), antivirales y vacunas. Hay antibióticos que permiten tratar las infecciones. Para no hablar de la vigilancia epidemiológica, implementada desde 1995, o los planes de respuesta epidémica previstos, aun cuando no todo sea perfecto” (5). Contrariamente a lo que ocurría a principios del último siglo, y a pesar de la propagación de la crisis económica, la época actual ya no sufre las hambrunas a repetición o los agotamientos asociados a las grandes guerras, lo cual hace que sea más difícil para una infección vencer las defensas inmunitarias. Además, la mayoría de los habitantes del planeta tiene acceso al agua potable, a pesar de las importantes desigualdades. Y, ya que estamos remontándonos en la historia, recordemos que las grandes pestes de mediados del siglo XIV (que se llevaron más de 50 millones de vidas) debieron su virulencia a un conjunto de factores que agravaron la situación: la proliferación de animales portadores ligada a una “política humana” (como la destrucción de los gatos, ¡considerados diabólicos!), aumento demográfico, concentración de poblaciones en las ciudades, mal estado fisiológico debido a la miseria, estado de beligerancia general y crónica, etcétera.

La enfermedad, inducida por la lógica de lo viviente, ha sabido adaptarse a la era de la  tecnología. La eficacia inmemorial de los mecanismos de selección nos juega en contra para limitar los antibióticos u otros progresos médicos: en Estados Unidos, uno de cada dos estafilococos dorados no es sensible a la eritromicina, la metilicina, la penicilina ni la tetraciclina; en Francia, la mitad de los neumococos resiste la penicilina (6), etc. Este fenómeno hace más aleatorio el tratamiento de afecciones posgripales y explica en parte las diferencias considerables de la “letalidad” del H1N1 de un país a otro.

Aquí no se necesita ninguna teoría del complot (que impute intenciones asesinas a las instituciones que favorecen y organizan las vacunas, por ejemplo) para admitir que las estrategias humanas de erradicación de enfermedades –objetivos como mínimo benéficos que honran las ciencias médicas–, terminaron sin poder preverla verdaderamente en la maquinaria de las adaptaciones bacterianas y virales que operan desde hace miles de millones de años (7). Reemplazado por la medicina, el hambre del público por los antibióticos –a menudo más teórico que práctico– recién se vio restringido últimamente. Hubo que encontrarse con esa resistencia para concebir la necesidad de elaborar líneas de acción mucho más específicas. A su vez, el hombre debe responder al desafío, lo cual por otra parte puede implicar un retorno a la vacuna (ignorando la resistencia, puesto que se refuerzan las defensas) o un pasaje a las terapias génicas.


Impotencia para tratar el problema de raíz

En lo que respecta a la gripe (vigilada por la OMS desde su creación en 1948), la mutación fue integrada al razonamiento que condujo a vacunas eficaces en grandes porcentajes. Y también puede ser prevista para las formas nuevas. Así, según varios especialistas dignos de confianza –como Robert Webster, Kawaoka Yoshihiro, Albert Osterhaus, Claude Hannoun o Desmond O’Toole (8)–, el verdadero riesgo de las gripes recientemente salidas del “crisol asiático” (es decir, de una vasta región del mundo donde la población rural vive en promiscuidad con los criaderos porcinos y aviares) reside en una combinación de rasgos genéticos del H1N1 (gran contagiosidad/débil mortalidad) y el H5N1 (débil contagiosidad/fuerte mortalidad). Esa probabilidad es pequeña pero, si ocurriera, existiría el peligro –aunque no es seguro– de ligar los dos caracteres típicos y obtener una fuerte mortalidad en un gran número de personas, sobre todo para las poblaciones del Sudeste de Asia.

Es posible entonces entender la creciente agitación de los Estados, cuyo primer deber es proteger a sus poblaciones, y el tono cada vez más enérgico de las instituciones internacionales, preocupadas por la circulación rápida de las enfermedades (5.000 aviones de línea en vuelo permanente; centenas de millones de niños reunidos en las escuelas, etcétera).

No obstante, aunque se debe reconocer una mayor aceptación de las responsabilidades compartidas, también podemos considerar sus aspectos inevitablemente problemáticos. En la actualidad, para ser capaz de frenar la epidemia de una bacteria, una gripe o un resfrío que se ha vuelto peligroso, sin duda hay que implementar un conjunto de obligaciones: cuarentenas y cierre de fronteras, prohibición de reuniones, “confinamientos” domiciliarios, tratamientos obligatorios, etc. Las poblaciones occidentales perdieron el hábito de las medidas coercitivas de masas, como las movilizaciones generales, y se sienten inclinadas a percibir las regulaciones colectivas del comportamiento como atentados a las libertades individuales.

Otra dimensión del problema: las autoridades parecen menos capaces de frenar la aparición de situaciones favorables a la emergencia de nuevas enfermedades que de intervenir a posteriori, obligando a las personas a efectuar controles o campañas de vacunación sobre la base del voluntariado o la obligación. Esta relativa impotencia para tratar el problema desde la raíz no es nuevo: las autoridades europeas o estadounidenses no dominaban las técnicas de preparación de los productos de transfusión sanguínea que –hoy lo sabemos– contribuyeron al desencadenamiento del sida. No lo hicieron mejor cuando se trató de hacer más segura la fabricación de harinas animales; su ingesta por parte de los bovinos favoreció el pasaje de los priones, que posiblemente venían de animales de otras especies.

Las tres últimas grandes alertas cuestionaron la extensión de la crianza industrial deslocalizada de las aves y los cerdos, sin que por ello hicieran progresar la profilaxis (9) tanto en China como en México o en Malasia, e incluso en los países llamados “desarrollados”. Ocurre que el cerdo (o el jabalí, de enorme presencia en Francia) dispone de receptores de los virus aviares y humanos, y puede servir de crisol para combinar ambos: un millón y medio de muertes les fueron imputadas a estos animales durante las pandemias de origen aviar de 1957 (A/H2N2) y 1968 (A/H3N2, que, aunque no se habló de ella, produjo 32.000 muertes en Francia, o sea el doble que la canícula de 2003) (10). No puede descartarse que la brecha entre el bajo nivel de prevención general y la mayor presión ejercida en el comportamiento del público haya podido verse facilitada por la concepción liberal y el laissez-faire que prevalecieron en el mundo desde los ochenta.

Especialista en enfermedades infecciosas y miembro de la Academia de Medicina, el profesor Marc Gentilini se indigna: “El peso que se atribuye a la gripe A es indecente si se lo compara con la situación sanitaria mundial en su conjunto. Es una pandemia de la indecencia. Cuando observo la situación del planeta, siento vergüenza de ver todo lo que se emprende para evitar esta gripe de la que tan poco se sabe” (11), mientras el paludismo mata a un millón de personas “en la indiferencia cuasi general”. Por no hablar de enfermedades como la diabetes, ejemplo canónico en “riesgología”, para mencionar un peligro mayor y casi ignorado por el gran público; del orden de los 4 millones de decesos anuales, su letalidad aumenta constantemente y es atribuible sobre todo a los modos de vida “modernos”.

En el balance de las fobias, no todas las patologías son equivalentes (y tampoco, sobre todo, las poblaciones que las padecen). ¿Por qué la gripe aviar o la gripe porcina conllevaron a una movilización de los responsables sanitarios, cuando la simple gastroenteritis (bacteriana y sobre todo viral) mata a casi un millón de niños y a 600.000 personas por año en los países pobres, sin que ello parezca preocupar a los amantes de las grandes inquietudes? Relativamente benigna en Francia, la enfermedad pasó el umbral epidémico incluso en ese país, ya que algunas formas han sido inducidas por bacterias resistentes y otras por virus que podrían mutar…

Desplegar los discursos de la ciencia y de la responsabilidad política en materia de salud en un registro del miedo, para movilizar mejor a las poblaciones contra peligros aún potenciales, comporta consecuencias negativas. Repetidos por todos los medios “pedagógicos”, terminan combinándose con un conjunto de orientaciones ansiogénicas que no resultan ajenas a la explosión de las expresiones directamente… “paranogénicas”. Quienes ganan con el miedo están presentes en ese derrotero: “¡Socorro, la gripe aviar!”, clamaba Santé Magazine el 12 de diciembre de 2008. O el fabricante de barbijos para la gripe cuyo eslogan publicitario en internet es “¡No espere a que sea demasiado tarde!”.

Ahora bien: hacer demasiado hincapié en los peligros presentados como apocalípticos refuerza la inquietud de los más manipulables (las encuestas indican que las categorías modestas tienen más miedo de la gripe A que los cuadros superiores) (12) y favorece el imaginario de lo peor: los discursos de enloquecimiento se multiplican, transmitidos sobre todo por grupos sectarios que, con la cara más o menos descubierta, acusan a los “amos del mundo” de querer enfermarnos a propósito, con el pretexto de curarnos (13). Es así como, en la página de internet www.solari.com, Catherine Austin Fitts (subsecretaria de Vivienda de Estados Unidos durante el primer mandato de George W. Bush) prevé con tristeza y horror que la gripe y sus vacunas serán utilizadas para disminuir la población humana que está “fuera de control” (14).

El tema de la vacunación, libre u obligatoria, fue objeto de miedos populares desde principios del siglo XIX. Aunque es innegable que la vacuna salvó o prolongó millones de vidas, también existieron los efectos “iatrógenos” (15), como ocurre con todas las técnicas de cura. Hoy, esos efectos tienden a combinarse con un rechazo cultural global de las intervenciones colectivas sobre el cuerpo humano: el implante subcutáneo de los microchips electrónicos se erige como “marca del diablo” cuando en realidad es de utilización infrecuente (y reprobada) (16). Eso no impide que pueda encontrarse en internet la combinación sistemática del rechazo a la vacuna y el microchip, en una reacción exaltada a un “gobierno mundial” satanizado, que supuestamente quiere reducir y esclavizar a la población del planeta, todo en referencia al apocalipsis bíblico (17).

En ambos casos, el núcleo de la fantasía está representado por la penetración de la piel (el antibiótico, quizá porque a menudo se lo administra por vía oral, no despierta esta reacción). Como si el descubrimiento de Pasteur de nuestra condición de especie sometida como tal a la contaminación entre todos sus miembros fuera más insoportable en la medida en que es reafirmada por la sociedad, permitiéndose perseguir los organismos patógenos “por efracción” en el cuerpo de cualquiera.

A fin de cuentas, el mayor riesgo no es siempre aquél en el que más se piensa. La deriva de nuestras sociedades hacia la obsesión securitaria puede ser uno –y de los más graves–, sobre todo porque impide toda política sanitaria razonable y concertada. Un clima de desconfianza generalizado explica en parte las dificultades de dar información franca sobre las realidades epidemiológicas y sobre las soluciones terapéuticas o las campañas de policía sanitaria. El hecho de que estas dificultades alimenten a su vez rumores absurdos forma parte del problema. De igual modo, una interpenetración creciente en las cuestiones de salud pública, las políticas sociales y económicas, e incluso los desafíos estratégicos y geopolíticos, favorece la puesta en orden autoritaria y el recurso al secreto.

Es de suma urgencia ofrecerle al público los medios para que éste establezca sus propias opiniones sobre bases serias, comprendiendo y respetando las emociones y las angustias que nunca carecen de fundamento. Pues los partidarios de que la ciencia “se abra paso a la fuerza” podrán tener razón en términos de urgencia, incluso de democracia sanitaria, pero no podrán negar el hecho de que esas fantasías tienen cierta porción de verdad. Cuanto más se comporte la sociedad humana como un recipiente único de las pandemias, ellas mismas multiplicadas, más nos enfrentaremos a una autoridad que pretenda representar a esta especie: un biopoder universal, en un sentido más preciso que el que señaló Michel Foucault (18).

He aquí, pues, una contradicción irreducible con la cual debemos vivir: aceptar nuestra realidad biológica exigiendo al mismo tiempo ser respetados como sujetos políticos y privados, como seres singulares. La necesidad de proceder a arbitrajes entre esos dos aspectos contrarios conducirá a tolerar sus consecuencias (que a veces son mortales). Así, en tanto pueblos, podemos decidir preferir cierto nivel de muertos en la ruta a la inclusión de detectores electrónicos en nuestros autos, o enfrentar valientemente tal o cual epidemia de gripe invernal antes que vernos obligados a la vacunación.

Pero sería una lástima e incluso estúpido que, como en Nigeria, debamos sufrir una reactivación fulgurante de la poliomielitis entre los niños, sólo por haber desarrollado una desconfianza paranoica respecto de los “vacunadores envenenadores” (19). Sería igualmente poco razonable esperar pasivamente que se produzca un eventual “casamiento” de los virus H5N1 y H1N1, corriendo el riesgo de ver cómo cae buena parte de nuestra población en la flor de la edad. El derecho a cuestionar la obligación de vacunación podría admitirse, en cambio, en el caso de patologías mal delimitadas, o en el de técnicas que son objeto de polémicas entre los expertos.

Finalmente, es importante señalar, acerca de la denuncia de las intenciones de manipulación de los virus con el objeto de hacerlos aun más mortales (por ejemplo, en el marco de un “bioterrorismo” privado o estatal), primero, su carácter poco realista: no es que el armado de virus patógenos sea técnicamente imposible de realizar en laboratorio (se hace todos los días, con fines terapéuticos o experimentales), sino que esas manipulaciones no tendrían muchas posibilidades de obtener la eficacia de una mutación natural.

En general, por otra parte, las diseminaciones accidentales de organismos modificados se “apagan” en contextos que casi siempre les son desfavorables. Además, para tener éxito en la fabricación de la enfermedad exactamente adecuada a los intereses de tal o cual grupo o de tal o cual Estado terrorista, primero habría que padecer fracasos de experimentos en tamaño natural, lo cual atraería la atención de todos los servicios de inteligencia del mundo. En suma, si se alimentan las intenciones más oscuras respecto de nuestra especie, más vale remitirse a la naturaleza, en un contexto de superpoblación, que abocarse a intentos azarosos.

Adjudicarles a los funcionarios nacionales o internacionales intenciones oscuras, e incluso criminales, pensando que hasta pueden llegar a preparar –en connivencia con los laboratorios farmacéuticos– un genocidio mundial con vistas a disminuir la población “excedente”, no sólo es un perfecto absurdo, sino además una incitación al odio, y hasta un llamado al linchamiento. Los médicos, investigadores y funcionarios de la salud que trabajan en el difícil ámbito de las epidemias actuales, y que pueden intervenir en procesos de policía sanitaria, son en su inmensa mayoría personas consagradas a la causa que honra a sus profesiones: proteger y salvar. Saben también que cuando el miedo irracional se apodera de la población, son los primeros en ver comprometida su seguridad.


El fantasma de una purga demográfica
Así pues, sería un error abordar las fantasías solamente como miedos que enmascaran dudas útiles, inquietudes legítimas o resentimientos admisibles. También hay que considerarlos a veces como deseos innombrables, mucho más fácilmente atribuibles al “enemigo”. Tal es el caso de la indignada denuncia, en ciertos blogs, de una supuesta intención genocida respecto de un “sobrante demográfico” (20). Hay allí no tanto un objeto de espanto como un deseo muy extendido, aunque disfrazado e hipócritamente atribuido a un mítico personaje malhechor. Admitamos por un momento, para citar a Claude Lévi-Strauss, ese sordo deseo “como el agua corrompida de una humanidad saturada de su propio número y de la complejidad cada vez mayor de los problemas, como si se le hubiera irritado la epidermis por el frotamiento que resulta de los intercambios materiales e intelectuales aumentados por la intensidad de las comunicaciones” (21). ¿Es por ello lícito imaginar que una vasta “purga demográfica”, que por fin solucionaría la interminable crisis económica, resultaría más deseable por ser naturalmente el efecto de una “buena gripe”?

Pueden “oírse” los argumentos en este sentido: en efecto, la Inglaterra democrática moderna, “madre de los Parlamentos”, nació de las condiciones sociales radicalmente mejoradas por la gran peste de 1350 (suba de los salarios de los sobrevivientes, retroceso de la servidumbre, baja de la renta hipotecaria, etcétera). Sin embargo, ese tipo de razonamiento está sujeto a caución en más de un sentido, incluso más allá del cinismo inhumano que implica: una disminución brutal de la población tendría hoy como efecto inmediato el considerable agravamiento de la crisis económica en curso, la caída de la producción, los empleos y sus ingresos, la imposición de regímenes drásticos. De modo que puede parecer absurdo imputar ese fin a los “horrendos capitalistas” cuyo objetivo es, por el contrario, alimentarse de todo tipo de crecimiento y aspirar a una “reactivación” cada vez mayor.

Pero el apetito por la enfermedad mortal “salvadora” nunca se presenta francamente como lo que es: parece rechazarse con un santo horror a la imagen caricaturizada de la elite internacional o los “Illuminati”, esos nuevos monstruos y asesinos seriales imaginarios de la historia globalizada. Así fue como la periodista austríaca Jane Burgermeister presentó una denuncia en la oficina del Fiscal de Viena, el 8 de abril de 2009, contra las empresas Baxter AG, Baxter International y Avir Green Hill Biotechnology AG “por haber desarrollado, manufacturado, diseminado y extendido un arma biológica de destrucción masiva en suelo austríaco entre diciembre de 2008 y febrero de 2009, con la intención de provocar una pandemia mundial de gripe aviar, y con el objetivo de extraer ganancias de esta pandemia, violando las leyes sobre el crimen organizado y el genocidio”. A continuación, Burgermeister declara haber perseguido a una cantidad de responsables internacionales y dirigentes políticos, pero también a los “Illuminati” y al Grupo de Bilderberg (22), “por consentir, a sabiendas, una campaña de vacunación que en realidad permitía inocular a la gente una ‘mezcla’ de virus aviares y porcinos, con el fin de matar a un gran número de personas” (23).

La propagación de los rumores más infundados y más locos que acusan a la OMS, Barack Obama, David Rockefeller o George Soros, todos mezclados –acelerada y extendida por internet–, moviliza el deseo mortífero que hoy en día atormenta a todos los sujetos de esta sociedad mundial opresiva y peligrosa, incierta y desorientada. A su vez, reanuda fenómenos de agitación demográfica (que a veces se vinculan con las epidemias de las que antes se acusaba a los extranjeros o a los judíos) y renueva, en la escala de internet, la capacidad embotada de los medios de comunicación tradicionales para precipitar la opinión pública hacia el entusiasmo o la desconfianza.

Como recuerda Pascal Froissart a propósito de las teorías conspirativas (24), “el derecho a la duda” es importante e incluso “sano”; pero cuando se transforma en la obligación de un ser aterrorizado, entonces entramos en otra lógica: la de los períodos oscuros de la historia.

1 Parecida a la enfermedad de Creutzfeld-Jacob.

2 En Francia, “el caso de la sangre contaminada” reveló que, en 1984-1985, las instituciones de transfusión de sangre habían distribuido a hemofílicos productos contaminados por el HIV, cuando ya se sabía cómo eliminar el virus. En 1999, Laurent Fabius (entonces primer Ministro) y Georgina Dufoix (ministra de Asuntos Sociales) fueron declarados inocentes de la acusación de “homicidio involuntario”. Otros casos de contaminación masiva tuvieron lugar en otros países, en particular en China.

3 Presidente de Médicos Sin Fronteras de Francia entre 1982 y 1994. Véase Rony Brauman, “Mission civilisatrice, ingérence humanitaire”, Le Monde diplomatique, París, septiembre de 2005.

4 Discurso de Jacques Diouf, director de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), en la Cumbre Mundial de la Alimentación, 3-6-08.

5 Entrevista a Patrick Zylberman, “Grippe: 2009 n’est pas 1918”, Le Monde, París, 9-5-08.

6 Fuentes: National Nosocomial Infections Surveillance System (NNIS; un departamento de los Centers for Disease Control, Atlanta); Informe de la Oficina Parlamentaria de Evaluación de Políticas de Salud (OPEPS), París, 2006; Informe Raisin (red de alerta, investigación y vigilancia de las infecciones nosocomiales), Saint Maurice, 2006.

7 Así, aparecen resistencias al Tamiflu, un medicamento que limita eficazmente la diseminación del virus gripal. Por otra parte, un estudio holandés sobre 1.500 personas infectadas por el HIV mostró en 2003 que aparecían resistencias a cada clase de tratamiento, antes incluso de su aplicación: las personas eran portadoras de cepas ya resistentes.

8 Respectivamente: colaborador de la OMS sobre contacto animal/humano de las gripes (Webster); virólogo de la universidad de Wisconsin (Kawaoka); director del instituto Erasmus, de Rotterdam, que en 1997 demostró que el H5N1 podía transmitirse al hombre (Osterhaus); creador, en Francia, de los Grupos Regionales de Observación de la Gripe (GROG), ampliamente imitados en otros países (Hannoun); biólogo de la universidad de Hong-Kong (O’Toole).

9 Cualquier acción que previniera la aparición de una patología. Por ejemplo, el hecho de lavarse las manos adecuadamente pudo reducir en un 50% las infecciones contraídas en los hospitales.

10 Según el epidemiólogo Antoine Flahart, Libération, París, 7-12-05.

11 Le Monde, París, 6-8-09.

12 Encuesta IFOP-Dimanche Ouest France (citada en L’Express, París, 1-8-09).

13 Un tema agitado sobre todo por el sitio Spread the Truth (véase: www.spreadthetruth.fr) y ampliamente transmitido.

14 Pero también afirma que una economía mundial estabilizada implica la reducción de la población humana a 500 millones de habitantes.

15 Patología generada por la actividad médica (iatros: “médico” en griego).

16 Según sus promotores, el microchip implantado bajo la piel podría ser útil, en caso de internación, para identificar a la persona, disponer de su historia clínica, determinar sus alergias, los medicamentos que toma, etc. Inútil decir que esa fantasía “utilitaria” es el espejo a quien esto espanta tanto como para perder cualquier confianza en la sensatez de la gente.

17 Ver los sitios: onnouscachetout.com; conspiration.ca; dak-ministries.com; bethel-fr.com; bugbrother.com; spreadthetruth.fr; singularityhub.com (para no hablar de la constelación de “tags” (etiquetas) que vinculan estos temas con la “conspiración del 11 de septiembre”, el cuestionamiento de dirigentes “criminales”, la acusación de Israel, etcétera).

18 La voluntad de saber, Siglo XXI Editores, México, 1977.

19 La teoría de la transmisión del HIV al hombre durante la preparación de vacunas de la poliomielitis en el Congo es objeto de una controversia no cerrada entre el periodista británico Edward Hooper y la mayoría de los especialistas.

20 Mondialisation.ca; Spread the Truth; Eva R-Sistons, Solari, etc.

21 Claude Lévi-Strauss, Tristes trópicos, Eudeba, Buenos Aires, 1970.

22 Red de influencia, el Grupo de Bilderberg reúne a personalidades de todos los países –dirigentes de la política, la economía, las finanzas, los medios, jefes del ejército o de los servicios de inteligencia–, así como a algunos científicos y universitarios.

23 Rumor propagado sobre todo por Barbara Minton, “Journalist Files Charges against WHO and UN for Bioterrorism and Intent to Commit Mass Murder”, www.naturalnews.com, 25-6-09.

24 Docente investigador en la universidad de París VIII, autor de La rumeur. Histoire et fantasmes, Belin, París, 2002.

Denis Duclos (*)
Le Monde Diplomatique

(*) Antropólogo, director de investigaciones en el Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS). Trabaja especialmente sobre los “grandes miedos” de la sociedad.

Traducción: Mariana Saúl

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