SEGURIDADES

Por el nivel de los debates, estos encuentros deberían ser de visión
obligatoria para los congresistas de cada país, dado que la calidad de
los órganos legislativos, en cuanto al interés que despiertan sus
polémicas, tienen escasa repercusión no sólo en el público masivo,
sino en los círculos más estrechos de las militancias políticas y
sociales. Cómo podría el Congreso atraer la atención de nadie si el
mayor éxito de la oposición actual se debió a la negligencia de los
oficialistas que no leyeron la ley que votaron por unanimidad, sin
advertir que anulaban la retención a las exportaciones agropecuarias
en tres docenas de partidos bonaerenses. El autor de la picardía, De
Narváez, le ganó a Kirchner en Buenos Aires el 28 de junio y aspira a
ser el gobernador de la provincia a partir de 2011. Con esta clase de
defensores, la “mesa de enlace” podrá seguir en huelga hasta que la
población salga a desalambrar y se sirva por mano propia.

Con frecuencia repetida, hombres y mujeres del Poder Legislativo
suelen desengañar a sus votantes por la frivolidad con que encaran
temas de cierta importancia o por la indiferencia que les provocan los
encuentros de Unasur. Por lo general, suelen hacerse eco de la agenda
que les presenta el sistema mediático, como si el sensacionalismo que
los medios buscan fuera equivalente a las preocupaciones verdaderas de
los ciudadanos. Esta manipulación da por resultado que los
representantes del pueblo coincidan más veces con la TV o cualquier
otro medio que con sus votantes. El último objeto de atención de este
sistema es el intento oficial de reemplazar las normas heredadas del
dictador Videla con toda la retahíla de enmiendas que los gobiernos le
fueron emparchando, sin que ninguno tuviera la fuerza o la decisión de
aprobar algo nuevo.

La irritación de algunas empresas privadas de prensa debido al
proyecto oficial de ley para un nuevo sistema de comunicaciones
audiovisuales reproduce los malos humores de los mismos grupos de
intereses de los años ’60 y ’70 mientras se debatía lo que entonces se
llamó “nuevo orden mundial de comunicación e información” (Nomic), con
la Unesco como principal escenario de confrontación. En aquellos años
los intentos de revisar y democratizar el sistema mediático
internacional, en nombre del derecho a la comunicación Sur-Sur que
conplementaría al flujo informativo Norte-Sur, derivó en una
crispación ideológica exacerbada por los argumentos del conflicto
Este-Oeste de la época, cuando Occidente estaba convencido de que
sólo la derrota del comunismo en el mundo entero podía salvar los
valores de la libertad. El pleito se extendió a todos los puntos
cardinales.

El ideologismo extremo al que llegaron las discusiones terminó por
confundirlo todo. Estados Unidos, Gran Bretaña y Alemania encabezaron
la oposición argumentando que el proyecto de “amordazar a la prensa”
era típico de la mentalidad soviética, en tanto que la URSS sospechó
durante años que se trataba de un ataque organizado por las usinas
occidentales contra la prensa comunista. En 1980 la Unesco formó una
comisión de personalidades independientes (por América latina
participaron García Márquez y el chileno Juan Somavía, actual director
de la OIT) que produjo un voluminoso informe titulado “Un solo mundo,
múltiples voces” que, en la práctica, clausuró la polémica. La
revolución científico-tecnológica de esos años que modificó tan
profundamente los soportes para la circulación de noticias terminó por
neutralizar los términos de esa puja que fue irreconciliable mientras
duró.

Hoy, diecinueve años después, la mayor parte de los argumentos de
ambas partes han sido superados por el tiempo, pero los adjetivos que
se cruzan ahora son los mismos que se usaban más de dos décadas atrás.
Hay algunos protagonistas que mudaron de posición: es el ejemplo de
los radicales que durante el gobierno de Alfonsín consideraron por lo
menos dos docenas de proyectos sin llegar a nada y ahora se oponen
como doncellas vírgenes, que nunca tuvieron la intención de
reorganizar los medios como tampoco los sindicatos peronistas. Por
distintas razones, no pudieron con ninguno de ellos y terminaron
rindiéndose como se advierte ahora.

Los que se preocupan porque la nueva ley pueda sancionarse en
septiembre o en marzo, con esta o aquella mayoría, deberían
reflexionar sobre la pasada experiencia cultural y la rapidez con que
el tiempo deshizo los discursos que parecían escritos en piedra, de
una vez y para siempre. Deberían ser capaces, además, de juzgar el
proyecto por sus valores endógenos más que por sus efectos sobre tal o
cual corporación. En la crisis de Wall Street se vinieron abajo
empresas más antiguas y poderosas que cualquiera de las nacionales,
pero el mundo no se detuvo por esos derrumbes.

El tema de los medios no es ideológico, sino cultural, de manera que
toda la palabrería sobre las mordazas y la libertad es pura retórica.
El argumento más consistente para considerar la reforma que propone el
oficialismo es la funcionalidad del nuevo organigrama para el país
pensado a futuro, en lugar de hacer gárgaras sobre la cantidad
gubernamental de demagogia y populismo o ventilar acusaciones de
“chavismo” tropical con el único fin de asegurarse buena prensa en el
día a día. Argentina no es Venezuela ni Cuba, mucho menos la tierra de
la libertad después de dos siglos de antinomias con sangre derramada.
Para no ir muy atrás basta recordar el final del año 2001 y del
gobierno de la Alianza.

Por lo tanto, no vale la pena asustarse por palabras escritas o
dichas, por muy graves o pomposas que parezcan. Por otra parte, desde
la época del Imperio Romano se usaron los “pasquines” (volantes
injuriosos contra el emperador que se pegaban frente a su residencia
alrededor del busto de Pasquino) para las batallas políticas, pero
ningún palacio cayó por obra de los folletines. En cambio, hay más de
un gobierno en la región tumbado por campañas de la prensa libre y
“seria” en nombre de sus propios intereses editoriales o de sus
alianzas con grupos golpistas.

En el país hay una fuerte tradición en los grupos de poder según la
cual sus intereses privados son presentados como beneficios
colectivos y patrióticos. Todo el poder de difusión se dedica a
demonizar a sus enemigos y a extorsionar a los políticos con el temor
de ser ignorado por esos medios, justo en esta época cuando los
políticos existen en las pantallas más que en la realidad. A lo mejor,
si la política fuera capaz de recuperar sus brigadas militantes, el
verdadero poder regresaría a los que, en democracia, pueden decidir el
futuro de todos los aspirantes a líderes, los mismos que coquetean más
con la prensa que con los votantes, ilusionados tal vez con que en
algún set de televisión recibirán el óleo mágico que los dioses de la
época de Pasquino untaban en la frente de los consagrados.

José María Pasquini Durán
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