Noventa y Nueve Monedas de Oro.

El pobre monarca tenía que lidiar con las guerras de expansión, con la defensa del imperio plagado de ladrones, con las intrigas palaciegas del clero, con las traiciones militares internas, con la infiltración externa que ahora se llama Deuda Eterna, con quilombos de su propia familia y tantos otros conflictos derivados de la disputa por el poder y quilombos de alcoba, así que siempre estuvo en la más angustiosa soledad, preso de la amargura y la frustración. El tío Theodore (Sam) Roosevelt, el bandido pirata que legalizó “El Rapto de Panamá” decía: “Por eso el símbolo de la democracia es el águila, el ave rapaz que está en la cumbre de las predadoras, aunque él quería otro mejor como el oso pardo, porque…

 

“…El oso pardo americano a nada le teme, ni al fusil ni a la muerte, es el símbolo del carácter americano (del Norte, no de Sub América), de la fuerza, inteligencia, ferocidad, algo ciego y temerario a veces (quiso decir siempre). Un oso vive toda su vida al acecho, indomable, invencible, pero siempre solo, no tiene aliados, sino enemigos, pero ninguno de ellos es tan grande ni poderoso como él. El mundo jamás nos amará, pero nos respetará, incluso podrán llegar a temernos, pero nunca nos querrán, ya que tenemos demasiada audacia, y a veces también somos ciegos y temerarios (es decir guerreros invasores). El Oso pardo americano (no el ruso), personifica el espíritu de América, debería ser nuestro símbolo y no esa ridícula águila que no es más que un buitre con pretensiones, ¡con pretensiones!” (“El Viento y el León” de John Milins).

 

Enfurruñado en su telaraña íntima el desgraciado Rey Lear se exasperaba, se aturdía tanto por la insolente silbatina y los alegres canturreos de su barbero que un día decidió ejecutar una trágica venganza contra este enemigo y le hizo un regalo insólito: Noventa y Nueve Monedas de Oro, asegurándose de no redondear la cifra. En cuanto pudo, el alegre barbero, tan exaltado como estaba tomó la bolsa cargada con sus monedas que ni atinó a contarlas, salió corriendo del palacio hacia su modesta cabaña, donde llegó disimulando serenidad todo lo que pudo ante su familia que lo recibió festiva y amorosamente, porque esta vez volvió temprano “del trabajo”, al “dulce hogar”. Para ser más preciso, la felicidad del barbero emanaba de esa vida apacible en aquella campiña bucólica, con arroyito de aguas cristalinas canturreando entre las piedras y bajo la sombra amable de un bosque adornado con el concierto de alegres pajarillos, uno de los cuales era su propia hija, quien solía internarse en él cantando su melodía favorita.

 

Con el mayor disimulo el feliz barbero escondió apresuradamente la bolsa bajo la cama, pero a media noche se dirigió al establo y guardó la bolsa en el mejor escondrijo posible. Esa noche despertó sobresaltado por una pesadilla en la cual su mujer encontraba las monedas por casualidad, se levantó en la madrugada para trasladarlas a un lugar más seguro y las escondió en algún recoveco del pequeño granero, pero en la medianoche siguiente consideró otro lugar más seguro, así que las enterró en el jardincito de enfrente.

 

Mientras estaba en el palacio, recordó angustiado que sus hijas trabajan el jardín y con cualquier excusa volvió a su cabaña regañando porque todavía no existían bancos ni cajas de seguridad donde acorralar su fortuna. El barbero era un visionario y se puso furioso porque “en este mundo faltan los bancos para asegurar el bienestar del ciudadano”, pensaba. La casualidad le favoreció porque toda su familia estaba lejos en la granja, trabajando para asegurar el diezmo a los santos oficios, su parte al ejército y otra al monarca, y todavía sobraba algo para ellos. Desenterró la bolsa y la llevó al bosque, se sentó a meditar angustiosamente dónde carajo escondo el más valioso tesoro de mi vida? ….

 

¿Pero… pero… a propósito, cuan grande es mi tesoro? Ansiosamente, y dominado por la ansiedad volcó en el piso el contenido de la bolsa y se puso a contar sus monedas de oro, mientras pensaba ¡qué generoso es mi Señor!, y contó hasta noventa y nueve. ¡Entonces me falta una! ¿Por qué mi Rey habría de darme noventa y nueve y no cien? Angustiado volvió a contar varias veces, pero seguía teniendo solo noventa y nueve, el pobre barbero tenía solo noventa y nueve monedas de oro. Ahora empezó a crecer en su pobre corazón un torbellino de rencores. ¿Quién me robó, quien es el ladrón en mi familia? Mi mujer fue siempre fiel, noble compañera y honesta trabajadora de toda la vida, ¿cómo pudo haber sido ella? Mi hijo está en la guerra, mis hijas también fueron siempre doncellas inocentes, bondadosas y honorables: ¿Podría haber sido alguna de ellas la ladrona, o las dos? ¡Quizá mi vecino vio mis movimientos cuando guardaba en el jardín! ¡Pero siempre fue buen vecino y me ayudó al levantar el granero! Enfurruñado en su telaraña íntima y secreta, el desgraciado se exasperaba, se aturdía por la frustración del tesoro faltante, y principalmente por la impotencia comenzó a urdir su maléfico plan; ¡La venganza será terrible! ¡Quién sea el ladrón, será muerto por mis propias manos!

 

Desde entonces el pobre barbero ya no cantaba ni silbaba con la inspiración de la alegría como antes, no durmió tranquilo, comenzó a enflacar y mascullaba; subrepticiamente espiaba a su vecino y a toda su familia, su irritación secreta se puso evidente, ardieron las relaciones, afloraron las acusaciones por minucias domésticas y se magnificaron los conflictos, entre todos se recelaban y acusaban a los gritos sin comprender qué pasaba. Casi ardió Troya.

 

Un día cualquiera el barbero se recluyó sigiloso en la tranquilidad del bosque a pensar, donde el murmullo amable del arroyuelo y el concierto de los pajarillos le aclararon las ideas. ¡Siempre había sido feliz, el culpable de mi desdicha es el Rey! El barbero tomó la bolsa con las noventa y nueve monedas de oro enfilando presurosa y decididamente al palacio por el sendero junto al arroyuelo, cuando encontró al Rey extendió la bolsa ante su vista y le dijo: mi Señor, la que falta habrá quedado muy sola y noventa y nueve monedas de oro no bastan para ser una fortuna, le ruego que al menos reúna a la familia.

 

Feliz, cantando y silbando el barbero volvió a su hogar con la suya, la saludó con sorprendente afabilidad y después del amable almuerzo se dirigió al bosque, como hizo a partir de entonces todos los días, se acostó sobre la hierba fragante y bajo la sombra fresca de los árboles mirando al límpido cielo, se deleitó con las melodías más puras de toda la vida y quedó apaciblemente dormido.

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